El baile de la eterna sonrisa
La Escuela Paso Triple, que desde octubre da clases de swing en Burgos, acerca este ritmo al gran público con un pasacalles en San Lorenzo
Raúl García es uno de los cuarenta entusiastas burgaleses de este ritmo y ayer lo dio todo en la calle San Lorenzo a la hora del vermú.-Raúl Ochoa
El termómetro se las veía y deseaba para alcanzar el grado positivo, pero en la calle San Lorenzo los domingueros sacaban su marianito y su gilda a la calle como si la primavera acabara de llegar a las gélidas tierras del Cid. Sin descuidar la copa, ni la bufanda, seguían el sonido de la música hasta toparse con un grupo de parejas que bailaban con alegría y sin miedo a tropezar las notas swing que salían de un altavoz. A la una y cuarto apenas eran cuatro gatos. Al filo de las dos casi se podía hablar de multitud, tanto de bailarines como de espectadores.
El responsable de este jaleo se llama Donca y es fundador de la Escuela Paso Triple, que empezó su andadura en Vitoria y quince años después ha extendido su actividad a Pamplona, Bilbao, Madrid... y Burgos. Desde octubre da clases de iniciación y nivel intermedio los domingos en el Centro Cultural de la Barriada Illera (precio al mes por persona: 35 euros, información en www.pasotriple.com).
El swing, cuenta Donca sin abandonar la sonrisa de la cara y mientras las parejas con sus vaivenes ayudan a subir la temperatura, es un estilo musical que se desarrolla a finales de los años 20 y 30 en Nueva York y el resto de Estados Unidos, con su correspondiente baile. Resurgió hace dos décadas y de un tiempo a esta parte se ha puesto de moda. ¿Por qué? Reuniendo conjeturas de aquí y allá, Donca sugiere que igual que nació al arrullo de las grandes crisis de los primeros años del siglo XX, ha resucitado con la que azota actualmente a la sociedad.
El swing es un ritmo sin prejuicios, sin edad y fácilmente contagiable. Cualquiera sin haber dado un paso antes de baile puede engancharse. Tanta es la alegría que irradia. «Lo único que hace falta es ganas de pasarlo bien y no dejar de sonreír. No es un baile técnico, no hace falta tener mucha condición física ni tan siquiera ser muy hábil. Solo complicidad con la pareja y proponer los movimientos. Cuando no salen es lo divertido. Te ríes y lo sigues intentando», observa Donca e insiste en la sonrisa que siempre, siempre se dibuja en sus bailarines.
Caín Santamaría da fe. Se mueve con una graciosa torpeza, pero sin borrar esa línea de la cara. Él dio el primer paso a través de un amigo de Vitoria. Los vio allí en un clandestino -bailar en la calle con un equipo de música como ayer en San Lorenzo-, los siguió hasta un par de fiestas y flipó. «Me veo todavía muy verde, me queda mucho, hay gente que hace cosas muy molonas», señala, incide en esa perenne sonrisa y da una pista más para acabar de convencer a los indecisos: «Es un baile muy promiscuo. Estás continuamente cambiando de pareja».
A Raúl García se le ve una soltura envidiable al lado de Judith Rivas, una de las profesoras que se traslada de Vitoria. La primera vez que él vio bailar lindy hop, la manera más espontánea y la que enseña Paso Triple, fue en una plaza de Lisboa. Ya en Burgos se topó un día con un cartel que anunciaba una clase gratuita y se enganchó sin remedio. Es uno de los cuarenta entusiastas que se entregan al swing los domingos y que puede comparar con otros bailes como el de salón, salsa o merengue, en los que hizo sus pinitos: «Aquí no hace falta que estés tan concentrado. Hay más libertad de movimientos, no es nada técnico, es más divertido, estás todo el rato sonriendo».
No hay dos sin tres y Eduardo Sainz, que tiene el pelo blanco y le declaró amor eterno desde hace dos años, recalca ese carácter dicharachero. «Nunca he visto a nadie bailando con la cara triste».
Confirmado queda: el swing es el baile de la eterna sonrisa.