Música
«No soy de los que levantan castillos en el aire»
El tenor mexicano Javier Camarena repasa su carrera, sus sacrificios y sus éxitos, y habla del futuro antes del concierto en el patio de la Casa del Cordón junto al pianista Ángel Rodríguez
El patio de la Casa del Cordón enmarcó el concierto del tenor Javier Camarena y el pianista Ángel Rodríguez con alrededor de 460 testigos.-Raúl Ochoa
Los fantasmagóricos claroscuros que se dibujan en el patio de la Casa del Cordón bailan con las notas de piano del cubano Ángel Rodríguez y la voz del tenor mexicano Javier Camarena. Alrededor de 460 personas son testigos de la exclusiva cita con el artista que ha agitado al mundo de la ópera tras conseguir dos bises consecutivos en el Metropolitan de Nueva York, un hito inédito hasta ahora. Estas hazañas le dibujan como una divinidad inalcanzable sobre el escenario. Fuera de él, sus palabras, su risa franca y la ternura con la que se dirige a sus hijos le alejan de cualquier Olimpo para acercarle a la tierra. Aquí, dice, le gusta tener siempre los pies.Unas horas antes de esa actuación orquestada por la Fundación Caja de Burgos y la Obra Social de La Caixa, Javier Camarena llega a la Casa del Cordón acompañado por su familia, su mujer, Marisol, y sus hijos, Diana Lizet, de doce años, y Braulio, de seis. Se cruza con dos afortunados que han pillados dos localidades devueltas y ya en el patio saluda a su pianista. Apenas unos gorgoritos. Apenas unas anotaciones. El mismo día del concierto prefiere estar tranquilo. «Me gusta proyectar eso». Desde que llegó el jueves a Burgos desde San Sebastián ya ha preparado el repertorio, compuesto por arias de importantes óperas y piezas de Carlos Guastavino, Pablo Sorozábal o Agustín Lara.Hoy espera visitar la Catedral. Luego viajará a Madrid, donde pasará dos días antes de trasladarse a Londres. Allí actúa el jueves. Después volará a México. A la tierra que dejó hace diez años para afianzar su carrera en Suiza y de la que tanto extraña la comida. «Los sazones de la abuela y los de mi mamá, unos frijoles recocidos, carne asada... Esa comida tan sencilla, de casa, de calle». Allí presentará un disco con música de Francisco Gabilondo Soler, «minicuentos hechos canción», que ahora canta con sus hijos cuando no está estudiando ni en el escenario ni en un avión rumbo a otro.¿Cómo fue el flechazo entre Javier Camarena y la ópera?Sonríe -sonríe y se ríe mucho Javier Camarena- y recuerda que fue tardío. La banda sonora de su infancia fueron las canciones de Parchís y las de Camilo Sesto que escuchaba su hermana. Pero también le gustaba la música clásica. Esa, dice, sí venía con él. «Esto de la ópera ya fue bastante tardío, ya estaba en tercero de la escuela de música, estudiando canto. Tenía un maestro italiano que tuvo la idea de decirnos que debíamos saber cómo se canta en italiano, porque es distinto a cómo se habla, y nos puso un video de Plácido Domingo y Eva Marton cantando Turandot en el Metropolitan. Ese momento fue el flechazo. Y mis estudios de canto tuvieron sentido».Y sí, en ese momento, soñó que él algún día también llegaría al Metropolitan. Sí, pero. «No soy de los que construyen castillos en el aire. Me gusta caminar a paso firme y muy consciente de mi realidad», sostiene.Le gusta ver su carrera como si sube por una escalera desde una barda. Tras el primer peldaño, dice, solo ves la pared. Otro peldaño. Y se vislumbra un poco de horizonte. Uno más y este se ensancha.
Y, paso a paso, el joven que primero se conformaba con ser cantante de música católica, luego persiguió una plaza en el coro de la universidad para tener un sueldo y vivir tranquilo y después pensó en hacer una maestría y ver qué pasaba, y cada escalón era un desafío nuevo, y su maestro le instó a cambiar de ciudad para trabajar todas las posibilidades de su voz, y llegó a su primer concurso de canto -«canté un aria y me dijeron gracias»-, y cada paso se ponía un reto más difícil. Hasta que ganó el Concurso Nacional de Canto de México.Corría el año 2004 y a Javier Camarena le preguntaron cómo se veía dentro de diez años. Y él se veía felizmente casado, con tres hijos -se ha quedado en dos- y habiendo debutado en el Met (Metropolitan), la Scala, Covent Garden... En 2014 ya lo había hecho en la Ópera de París, en muchísimos teatros de Alemania -Munich, Berlín, Dusseldorf, Hamburgo, Dresden...-, en España y también en el Metropolitan... Todo se había realizado.«Se sueña sí. Hay una frase que dice ‘si se puede imaginar, se puede hacer’, el caso es si estás dispuesto a pagar el precio. Mucha gente no acaba de entender el trabajo que requiere hacer bien una carrera musical», asegura.¿Cuál es el precio más alto que ha tenido que pagar para alcanzar estos sueños?Camarena, que se piensa mucho cada respuesta, aquí no duda: «El tiempo con mi familia. Desde el inicio de mi carrera. Estás mucho tiempo fuera de casa. Y cuando decido irme de México a seguir preparándome en Suiza fue dejar mi país, toda mi familia, mis amigos, mis raíces, que siguen bien plantadas, pero también es adaptarte a una nueva cultura, a una nueva forma de ver la vida, de enfrentarla, y todo eso lejos de la familia. Eso es lo más difícil. Pero te tienes que hacer a la idea, y forjar ese carácter, y abrazar la soledad y disfrutarla, porque de otra manera se sufre mucho».
El precio es alto, pero sí se ve recompensando con el éxito. El aplauso es dulce. Y no solo para él.
«Aunque mis padres en un principio no estaban nada felices con que hubiera dejado la ingeniería para dedicarme a la música y al canto, hoy día puedo decir que están un tanto orgullosos de lo que hago. Mi familia siempre está apoyándome. Es un trabajo conjunto. A mí me toca viajar, cantar, teniendo siempre en mente que trabajo para mis hijos. Y ellos hacen su parte sabiendo que estoy lejos. Es un sacrificio compartido».¿Y cómo se ve Javier Camarena dentro de diez años? ¿Ha conseguido ya todos sus sueños?Confiesa que el sueño más grande que tenía era cantar en el Metropolitan y ahora que lo ha alcanzado se da cuenta de que «lo difícil no es llegar, es mantenerse y que te sigan invitando». «Es uno de los escenarios más importantes. Y afortunadamente las cosas han ido muy bien y tengo invitaciones para cada temporada de aquí a dentro de cinco años. Esa permanencia me gustaría que se alargará hasta los diez años».Conquistados los escenarios, su próxima batalla le llevará a los estudios de grabación «para tener una proyección internacional más sólida». Sabedor de que hoy se le conoce por su hacer en el directo y por el eco que de ello se hacen los medios de comunicación, cree que ha llegado el momento de «dejar esos testimonios de lo que puedo hacer con mi voz, con mi instrumento, y que sean para las nuevas generaciones un referente como lo han sido para mí los discos de Plácido, Pavarotti, Kraus, Gigli, Wunderlich, Gedda...». «Sería muy bonito», apostilla el tenor que se ríe abiertamente cuando le preguntan por lo que se siente cuando se refieren a uno como el nuevo Pavarotti.«Es un halago muy lindo, pero pues cada quien en esta vida trata de dejar su propia huella. Se trata de ser único y original dejando tu sello. Pero es muy lindo. Además, ¡de quién estamos hablando! Pavarotti es Pavarotti, será Pavarotti por la eternidad y son zapatos que nadie va a poder llenar. Es gracioso. Siempre digo que los fans de la ópera son los más celosos, aman a sus cantantes, los idolatran, y cuando realmente están clavados con uno no hay nadie más. Aquí nadie intenta copiar a nadie. La ópera como cualquier otro arte es totalmente subjetivo y nadie es monedita de oro para que todo el mundo te quiera», se explaya y concluye deseando que algún día a alguien le denominen el ‘nuevo Camarena’ «y a quien se lo llamen diga exactamente lo mismo que yo ahora».El tenor mexicano que abandonó la manía de meterse una moneda en cada bolsillo antes de salir al escenario por eso de que dinero llama a dinero cuando vio que «realmente no servía» y que es adorado como un nuevo dios en el mundo de la ópera, saca su vena más terrenal con sus hijos.
Tras media hora hablando de música en un sitio donde habitualmente se hace de fondos de inversión, Braulio y Diana Lizet se abrazan a sus piernas como si hubiera pasado una vida entera.
Con ellos, cuenta minutos antes de esta escena, canta Cri cri, esas canciones infantiles de Gabilondo Soler. Y como un niño se deja llevar y se arranca con una, la que más le gusta a su hijo. «Al perrito le duele la muela -e imita al perrito en su lloro-, le dolió por morder la cazuela, ya ves por ser guerrista te la tienen que sacar, a la casa del dentista ahora mismo vas a dar...». He ahí el galáctico de la ópera.