Obituario
Un poeta (y más) para la eternidad
Tino Barriuso fallece repentinamente a los 69 años y deja un importante legado en la vida cultural burgalesa tanto en el mundo literario como en otros campos en los que volcó su inquietud creativa y su apasionada curiosidad por la vida
Tino Barriuso, en una entrevista en el año 2014.-Israel L. Murillo
«Me ha gustado tanto la vida, me gusta tanto, que sería un crimen, una indecencia, tenerle miedo a la muerte. Esto se va a acabar, cuando llegue, bienvenida, la invitaré a un café, intentaré engañarla un poquito, no se dejará, es más lista que yo, pero coquetearé un poco y finalmente me dirá, ‘ale, venga, Tino’». Esa maldita parca, caprichosa, sorprendió ayer a Tino Barriuso de una manera tan repentina que ni tiempo le dio a guiñarle un ojo como aseguraba que haría cuando se acercara con su guadaña. El poeta convencido, el novelista entregado, el certero articulista, el comprometido profesor, el maestro de jóvenes autores, el agitador cultural, el orgulloso padre, el feliz abuelo... falleció ayer a los 69 años. Familiares, amigos, colegas y lectores le despedirán hoy (18.30 horas) en la capilla del tanatorio de San José.Tino Barriuso (Burgos, 1948) tenía nueve años cuando escribió su primer poema. Un soneto al Cristo ensangrentado que su padre siempre llevaba en su cartera. «Eso era vocación», recordaba en una entrevista hace tres años con motivo de la publicación de la antología poética Noticia de un antiguo paraíso (Ediciones Tansonville), con treinta y tres poemas seleccionados por él mismo. Versos por los que corrían los niños, los ancianos, el amor y el instante, «los temas centrales de este poeta».
Fue ese su último poemario publicado. Antes tendrían que ocurrir muchas cosas en la vida de aquel niño que ya imitaba a quienes leía. Pasarían unos años más hasta ver escrito su nombre en las páginas de la revista Artesa, la publicación que puso a Burgos en el mapa de la vanguardia literaria a finales de los sesenta, y ya en los años ochenta ganó un premio convocado por la Diputación, del que fue jurado Torrente Ballester, con su libro Pie quebrado para una estrofa rota.Ya entonces su poesía estaba marcada por Antonio Machado, «siempre, desde el principio hasta el final, desde los 14 años que compré su primer libro», pero también por los versos de Bécquer, Cernuda, Borges, Gil de Biedma, Quevedo... ¡Tantos!Discípulo de Luis Martín Santos en el López de Mendoza, estudió Ciencias Físicas en Valladolid y pronto se convirtió en un joven profesor que pasó por las aulas de Aranda de Duero antes de recalara en el López de Mendoza, donde se jubiló hace unos años. La poesía siempre estuvo ahí. Y en los noventa, con la editorial Hiperión, publicaría Paloma sin alas (1991), Que asedia el mar (1999) y Una súbita esquina (2007). Tres títulos para una trilogía. Para el poeta definitivo.Tentó a la novela con la publicación de Signo de interrogación (Gran Vía, 2009) y fue columnista y colaborador de distintos medios de comunicación, incluido El Mundo-El Correo de Burgos.
Su inquietud creativa era tan grande como su curiosidad vital. Su rostro se hizo popular en los noventa a raíz de su participación en el longevo concurso televisivo Saber y Ganar, participó de forma asidua en el Mes del Barroco de Lerma y entonó con emoción los poemas que escribió para el disco De dónde la palabra si no del agua, musicados por el guitarrista Mariano Mangas.Su compromiso con el hombre le llevó a zambullirse en el mundo de la política. Fue cabeza de lista de Izquierda Unida a la alcaldía de Burgos en los años ochenta y ya en los dos mil intentó llegar al Senado de la mano del extinto partido Unión, Progreso y Democracia. Desengañado de los políticos, nunca renunció a su compromiso con el hombre. «Nos conseguimos dar una herramienta diferente a la dictadura para resolver nuestras viejas querellas y nuestros nuevos problemas, se llama democracia y de esa soy fanático», señalaba con la pasión con la que afrontaba cada una de las aventuras en las que se embarcaba. Grandes o pequeñas.Tino Barriuso será siempre el poeta, el novelista ocasional, el articulista deseoso de que una sonrisa se convirtiera en noticia, el buscador que esperaba encontrar un lector al otro lado, el padre que aplaudía con lágrimas en los ojos al hijo artista, el abuelo feliz, el maestro que alentaba a los nuevos poetas a no desistir en su empeño, el que bailaba un bolero con una chica en El Patillas, el disfrutón de la vida... el eterno seductor.