Sonorama Ribera 20

La vida es un festival

Miembros de la Asociación Art de Troya hablan del pasado, presente y futuro del encuentro ribereño a menos de una semana de su inicio y mientras los operarios trabajan para transformar la fisonomía del recinto ferial de Aranda de Duero

Laura Tobes, César Quero, Juan Carlos de la Fuente, Ismael San Miguel y Javier del Pozo ‘Jato’, de i. a d., el pasado jueves en el recinto ferial de Aranda.-

Publicado por
A.S.R.
Burgos

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Jueves 3 de agosto. A las diez de la mañana, el sol ya pega con rabia en el recinto ferial de Aranda. El movimiento es trepidante. El ruido de martillos y máquinas es la música con la que arranca el Sonorama Ribera 20. Mientras unos operarios se encaraman para encajar el tetris del escenario principal, los técnicos del Circo Holiday levantan una carpa. Allí solo están quietos, y sin que sirva de precedente, Juan Carlos de la Fuente, Laura Tobes y Javier del Pozo Jato. Son miembros de la Asociación Art de Troya. Con ellos empezó todo.Y todo empezó en 1998. Chucho, Mercromina y Dr. Explosion componían aquel primer cartel y la antigua plaza de toros arandina, La Chata, acogió el escenario. La entrada anticipada costaba 700 pesetas, 1.000 en taquilla. Los recuerdos se amontonan en la mente de Laura Tobes. Cuenta que la iniciativa fue de Javier Ajenjo y Susana Vicario. «Los amigos los echamos una mano en lo que pudimos. Había muchas expectativas y gastos y muy pocos ingresos. Hasta tuvieron que pedir un préstamo».Aun así, se sabía que la apuesta era buena y decidieron continuar. «Pero todos juntos. No solo con el capital de ellos. Y se creó la asociación». Art de Troya está detrás del Sonorama desde 1999.«Mirando para atrás veinte años después, ninguno nos imaginábamos que íbamos a llegar dónde lo hemos hecho. Ni de lejos», señala Laura y asienten los demás.Unas 300 personas bailaron sobre el albero aquel sábado 25 de julio de 1998. Una cifra que no está nada mal aunque quede lejos de las 20.000 que la gozan cada noche en la actualidad.«Hablamos del inicio del indie cuando no había pasado de Somosierra. Estábamos en la estepa castellana. Lo oías por la radio y pensabas que eso iba a ser de gran tirón», anota Juan Carlos.

Ya en aquella primera edición vino gente de Burgos, Valladolid e incluso Madrid. Y para de contar. «Internet era un cuarto cerrado en las universidades», dice divertido Jato.Se pone más serio Juan Carlos y advierte que veinte años pueden ser pocos para la historia de la humanidad, pero da para que pasen muchas cosas. Y en Sonorama han ocurrido. «El mundo de la música ha cambiado tanto sobre todo por las posibilidades de comunicación que permite internet», sostiene.

Y es que en aquellas primeras ediciones, apunta Jato, tenían que tener cerrados los carteles antes del fin de curso de las universidades para empapelar los campus y atraer la atención de los estudiantes. «Ya no se hacen pegadas de carteles, pero antes contratábamos empresas o íbamos nosotros personalmente a un sitio u otro. Y eso ha desaparecido completamente», añade Jato y le interrumpe Juan Carlos. «O la venta de entradas. Internet ahora supone más del 90% y antes había puntos de venta en Palencia, Burgos, Valladolid... y se iba de ruta, de bar en bar, recogiendo el dinero», se ríen.Veinte años son

Para el famoso tango veinte años no son nada, pero veinte sonoramas son muchos y pasan cosas. Hasta el infinito y más allá. Juan Carlos, Jato y Laura tenían veintipocos años cuando iniciaron este tinglado. «Teníamos una energía, teníamos una energía...».La mantienen. No podría ser de otra manera. Pero con otra alegría.«Sustituye energía por experiencia», propone Jato y continúa Juan Carlos. «Estoy convencido de que este modelo de festival exige mucha más energía que entonces. Lo tengo claro», concluye y le da la razón Laura: «Yo antes me curraba muchísimas cosas, hacía horarios, tenía turno de barra, de tiques, estaba con los grupos... Y ahora es imposible».La criatura ha crecido en la misma medida que la responsabilidad. «Cómo no vamos a estar tensos. La semana que viene vamos a tener 20.000 personas y 150 bandas, estaremos en todos los telediarios de España... Esa energía la seguimos teniendo, pero más focalizada. Y lo que antes era jijiji ahora es responsabilidad máxima y hay que estar hiperdespiertos», analiza Juan Carlos y agradece la ayuda profesionalizada que los respalda. Incontable. Un botón: hay 70 personas de seguridad privada.

A pesar de todo, aún hay 400 voluntarios y un miembro de Art de Troya, que también arrima el hombro por amor al arte, coordina y supervisa cada área.Un trabajo que no se limita a la semana que dura el festival. Ni a un mes antes. Ni a dos. Cada Sonorama se empieza a preparar incluso antes de que haya terminado el de ese año.En este punto se une al grupo Ismael San Miguel, que, como encargado que es de ellas, trastea por las barras. Claro que nada es como antaño. «Hemos crecido, hemos tenido hijos, los esfuerzos se tienen que planear de otra manera... Recuerdo que una de las frases míticas del festival era ‘necesito a veinte’. Se movía a mano lo que hiciera falta. Ahora las máquinas están aquí», señala y muestra la nave en la que se produce la charla. Cree que estos últimos años todo se ha disparado «por la moda de festivales que hay en España».En la cresta

Una ola en la que Sonorama está en la cresta. Ahora ocupa los primeros puestos en cualquier lista que evalúe la calidad de los festivales. Pero ellos sacan pecho con aquella que hoy igual que ayer los coloca en el top en cuanto a valoración de los usuarios. Los encantaba verse en la que sacaba el Mondo Sonoro a final de año.«Eso está muy bien porque evidentemente está el FIB y el BBK con sus súper grandes cabezas de cartel, pero luego te dabas cuenta de que la experiencia global del festival, de trato más directo, hacía que la gente quisiera volver», aplaude Juan Carlos y señala como un acierto el que nunca se hayan vuelto locos con querer contar con casi imposibles artistas internacionales y sí han sido constantes en su línea de reivindicar la música española hasta el detalle de poner su nombre en el cartel tan grande como el del invitado internacional.Y, sobre todo, tratar bien a la gente. El Sonorama, señala Ismael, tiene clientes -así los llama él porque les pone las cañas- que llevan catorce, quince o más años con esta cita marcada en rojo en el calendario. «Algunos se conocieron en la zona de acampada y se acabaron casando, a chavalitos que viste crecer año tras año los ves a mediados de julio que vienen con la familia... Ese es el rollo que hemos buscado. Que la gente se sintiera como en casa dentro del festival y del pueblo. Esto es lo que hemos intentado todos estos años», reitera y apostilla Juan Carlos: «Y es lo que nos ha hecho diferentes. Esa activación del pueblo que iniciamos no sé si por necesidad o por encontrar algo distinto es lo que nos hizo distintos y ahora todo el mundo copia».Por sus palabras, ese impulso se debe más a lo primero que a lo segundo. A primeros de los años dos mil, no se ponen de acuerdo en la fecha exacta, un drama removió todos los cimientos de Sonorama. Iban a contar con un patrocinio muy gordo, al final desapareció pero el cartel ya estaba cerrado. Había que tirar p’alante.«Si encima te viene un fin de semana con mal tiempo y la gente se echa para atrás. No se venden entradas, no se bebe, no se consume... Tuvimos muchas pérdidas. Y había que seguir haciéndolo para pagar la deuda del año anterior», rememora Laura.La calle se ha convertido en un escenario esencial para Sonorama. La famosa plaza del Trigo no fue la primera. Aquella edición que activó la simbiosis con el pueblo tuvo a la plaza del Rollo, la del Santo Cristo y el aparcamiento del Sabeco como centros de operaciones. «Fue una auténtica locura», ilustra Jato. «Lo fue, pero también el germen de que viéramos lo bonito que era integrar el festival dentro del casco urbano con ese ambiente, la implicación de los vecinos...», destaca Ismael que vio ahí su sueño hecho realidad.

A Juan Carlos no le gusta el regodeo en tantos agujeros negros, pero Ismael cree necesario acabar con esa leyenda urbana de que nadan en oro. «En realidad, es todo lo contrario», dice y le apoya Laura: «Ha costado mucho llegar aquí y seguimos con los pies en la tierra, sabiendo lo que cuestan las cosas y donde hemos llegado a estar para no volver ahí».Desde los Chucho, Mercromina y Dr. Explosion de la primera edición a los Amaral, Loquillo o Santiago Auserón de la actual mucho han cambiado los carteles.«La edad hace que dejes de ser un integrista. Cuando eres joven eres de un género de música y no sales de ahí, pero según vas escuchando cosas dejas los prejuicios», explica Jato. «Siempre ha sido un festival muy ecléctico. Somos indies pero ya hace muchos años estuvo Bebe, Molotov o La Excepción», se une Juan Carlos y recuerda que el primer festival en el que intervino Fangoria fue el Sonorama.Ismael se ve compartiendo mesa con Alaska en el Virgen de las Viñas, escenario de Sonorama durante varias ediciones. Él tomaba una caña, ella estudiaba Historia.Y como esa, miles de anécdotas como la primera vez que vino Second y se tuvo que alojar en la casa de Ismael. O la que lio El Langui con La Excepción en la plaza del Santo Cristo. O la odisea en que se convirtió el concierto de Rinôçérôse, desde que les fueron a buscar a Barajas con un microbús que tuvieron que cambiar por una furgoneta porque no entraba el equipo, que llegó hasta Aranda conducida por el guitarrista, hasta que el mánager se negó a que el grupo saliera al escenario si no se mejoraban unos detalles pasando por el masajista especial que tuvieron que buscar para la cantante.«Los artistas aquí vienen a pasárselo bien, a otros festivales van a trabajar», remata un Ismael orgulloso de haber mantenido el buen ambiente siempre. «No es lo normal, somos un rara avis en el mundo del evento», amplía. «Los artistas agradecen que los mimes, que estés pendiente, no que les des el horario, el camerino y venga», sopesa Laura.«Son aventuras que contaremos cuando seamos abuelos». Ismael dixit antes de salir pitando a seguir vigilando el montaje de las barras.Y entre esas historietas que contarán estarán las muchas risas que se echan entre drama y drama. Léase la palabra entre comillas. Porque las incidencias han sido pocas en estas dos décadas. «Nunca ha pasado nada. Hasta desde el hospital nos dicen que no se nota. ¡Y vienen 20.000 personas de fuera!», llama la atención Juan Carlos y toca madera consciente del verano complicado que están viviendo los festivales.

El público también ha experimentado una evolución. Siguen llegando veinteañeros, muchos, pero también los que antaño tuvieron esa edad y hoy son treintañeros, cuarentones y subiendo. «Hay muchos fieles». Y algunos cruzan las puertas con sus hijos de la mano -este año se crea un minifestival en el mismo recinto ferial-.Personalmente, ellos también han cambiado.Jato, que lleva una camiseta del Sonorama, se quita la gorra y bromea con el pelo que ha perdido en este tiempo. Luego se pone en serio: «Madurar significa resignarse a saber que no todo es posible. A mí sí me hubiera gustado hacer más cosas con Art de Troya, pero está el trabajo, las familias...».

Juan Carlos, por ejemplo, trabaja en la promotora de espectáculos Planeta Sonoro, nacida a partir de Sonorama. Se cogió una excedencia en su trabajo, salió bien, y ahora se dedica profesionalmente a este mundo.Laura se emociona cuando cuenta que su hijo, Telmo, que está a punto de cumplir siete años, nació en pleno Sonorama. «Me puse de parto el día que empezaba y, aunque iba a tener mi niño y estaba contenta, lloraba porque no podía estar con todos».Se ríen al unísono cuando se les pregunta por qué pasará mañana. Pero es que el futuro ya es presente. Apunta Juan Carlos que el Sonorama 21 ya ha nacido, aunque todo el mundo esté entregado al 20. «El festival ha durado veinte años y tiene una gran salud. Si no se hiciese, sería un drama absoluto con mayúsculas», aventura mientras sus compañeros le miran espantados solo de imaginarse qué sería de ellos sin la adrenalina que los da este festival que es su vida.

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