XLIV Premio de Poesía Ciudad de Burgos
Marcos Díez se coloca la corona en una reñida final
‘Desguace’ convence al jurado presidido por Vicente Molina Foix, que destaca la obra «honda, cuajada y rica en imágenes» del escritor cántabro, que recogerá el galardón el 30
Visor, Molina Foix, De la Fuente, Gutiérrez Román, Doncel y González, antes de anunciar el fallo.-Raúl Ochoa
Desguace, del cántabro Marcos Díez Manrique (Santander, 1976), se impuso por mayoría en el XLIV Premio de Poesía Ciudad de Burgos tras una reñida final, aplaudida por el presidente del jurado, Vicente Molina Foix.«A veces juzgar algo es difícil por la falta de calidad y otras por la mucha y en esta ocasión ha habido una sobreabundancia que ha hecho las lecturas más interesantes y las deliberaciones más vivas, incluso con visiones contrapuestas, que nos han llevado a hablar de los libros más tiempo del previsible», señaló el escritor ilicitano tras anunciar el nombre del ganador acompañado por el resto de implicados en esa pelea, el editor Chus Visor y los poetas José Gutiérrez Román y Diego Doncel (José García Obrero, ganador del año pasado, emitió su voto por carta e intervino por teléfono), además de la concejal de Cultura, Lorena de la Fuente, y el coordinador cultural del IMC, Ignacio González, que actuó de secretario.Molina Foix, que forma parte del jurado del Ciudad de Burgos por segunda vez en su trayectoria, destacó «la poesía honda, cuajada y rica en imágenes» que Marcos Díez vuelca en Desguace y llamó la atención sobre uno de sus poemas, No se llamaba Yorick (monólogo ante una calavera), «en el que hace una reflexión sobre el tiempo, la muerte...».(...) Y me parece poco el tiempo que separa / su vida de la mía. / Y no comprendo el tiempo que vendrá / cuando acabe el tiempo.Al premio, dotado con 7.200 euros y la publicación en Visor, concurrieron 177 poemarios. 19 llegaron al jurado y cinco a la final, que tras cuatro años celebrándose en Madrid volvía a Burgos.«Hemos encontrado libros maduros, pero de una frescura que se agradece mucho en poesía», observó Doncel, ganador del certamen en 2010 con Porno ficción, al tiempo que advirtió el dominio de una línea meditativa. Ahí sitúa Desguace, «aunque en un tono más esencialista, que va abandonando hacia ese reflexivo».MARCOS DÍEZ: «El paso de imaginar que la vida es fugaz a sentirlo te asoma a otra dimensión»
A Marcos Díez la llamada de Vicente Molina Foix le pilló con el teléfono en silencio. Estaba en una reunión diseñando una ceremonia para la entrega de otros galardones, los Gráfica, en Santander. Y es que vivir económicamente de la poesía es complicado. Imposible. Aunque, a estas alturas de la película, el ganador del Ciudad de Burgos duda si esta realidad es buena o mala. «Estaría bien, pero no hacerlo también te da libertad. La poesía ayuda a vivir, sin ella no pudiera imaginarme, pero mantenerse económicamente de ella es imposible», comenta a través de ese móvil con el que devolvió la llamada al presidente del jurado para recibir la buena nueva.«Estoy muy contento porque el Premio Ciudad de Burgos es un galardón que tiene décadas de trayectoria, está muy consolidado y han ganado poetas a los que admiro, algunos amigos personales, como Rafael Fombellida, Jesús Jiménez Domínguez o Alberto Santamaría. Y la posibilidad de publicar en una editorial como Visor es una alegría», apunta el vencedor sabedor de la dificultad de imponerse en estos concursos a los que se presenta tanta gente.Un éxito que, además, en esta ocasión tiene mérito doble por la reñida final. «Siempre está bien saber que había otros libros interesantes en la pugna. Me siento doblemente afortunado. Es un regalo», añade antes de introducirse en Desguace, el poemario con el que ha alcanzado este particular parnaso y que le hará viajar el jueves 30 a la capital burgalesa para recoger su distinción.«El libro pivota en torno a dos grandes temas. Por un lado, la vida como eso que avanza de manera irreparable hacia su propia destrucción, que crece hacia su ruina, y, por otra parte, la vida que aparece ante nuestros ojos cuando somos capaces de ver las cosas desprovistas de significado. Cuando la vida de los nombres se desguaza aparece un mundo distinto, que nos extraña, nos sorprende y es más amplio», condensa el vate cántabro que, una vez más, elige un vocablo del campo de la mecánica para titular su libro. Ya lo hizo en el anterior, Combustión (Visor, 2105), Premio Hermanos Argensola y Ciudad de Alcalá. Es su guiño a una infancia pasada entre talleres.Una niñez que, cumplidos los 41, queda cada vez más lejos y le hace recrearse más si cabe en el paso del tiempo, tema reiterativo en su obra.«El paso de imaginar que la vida es algo fugaz a sentir que lo es porque lo has visto con claridad te asoma a una dimensión diferente y pasa de ser algo vasto e inabarcable a un jardín doméstico», anota Díez, que lleva veinte años coqueteando con los versos. Un idilio que se ha fraguado en el citado Combustión y en Puntos de apoyo (2011), Aprendiendo a ser Clint Eastwood (1999) y Quince pequeños apuntes sobre la longitud de la tristeza (Premio José Hierro 1998).