Entrevista a la actriz Clara Sanchis
«La desigualdad envenena las relaciones»
Teresa de Jesús (‘La lengua en pedazos’), Isabel de Portugal (‘Isabel’)... y ahora encarna a otra gran mujer, Virginia Woolf, en un texto feminista
Clara Sanchis, en 'Una habitación propia', que llega a Cultural Cordón el sábado.-
Noventa años antes de que las calles se tiñeran de violeta, de que el debate sobre la desigualdad entre hombres y mujeres abandonara la poltrona de los despachos para incomodar desde las plazas, noventa años antes de la actual revolución feminista, Virginia Woolf ya ondeaba esa bandera. La voz de esta pionera suena en la de la actriz Clara Sanchis en Una habitación propia, la propuesta teatral que llega a Cultural Cordón este sábado (20.30 horas, 15 euros), un monólogo solo roto por las improvisaciones en directo que la intérprete hace al piano a partir de Bach.Pregunta- Esta obra no puede llegar en mejor momento...
Respuesta- O peor, según se mire.P.- Aborda un tema de completa actualidad, aunque una no sabe si lo ha dejado de estar alguna vez...
R.- Yo creo que no, pero dentro de este momento tan duro que estamos viviendo, hay algo muy bueno y es que la opinión pública, casi por primera vez, se está volcando con estos temas. Asesinatos y violaciones han pasado siempre, pero si de esta situación difícil se puede rescatar algo positivo es que está en primera página de los periódicos.P.- ¿Qué siente al subir al escenario un texto tan revelador en estos momentos?
R.- Tengo la sensación de estar cumpliendo una misión. De esto no tuve tanta conciencia al principio, pero con esta nueva revolución femenina que vivimos siento que llevo una pequeña joya por distintas ciudades, unas palabras que son necesarias y urge escuchar. Nos conectan con ese pasado femenino que explica el presente terrorífico y del que no tenemos conciencia, es como si se nos hubiera hurtado también la historia de nuestro sometimiento.P.- La importancia del relato...
R.- ¡Claro! Y que sepamos cómo vivían nuestras abuelas y bisabuelas. Tenemos muy poca memoria, pasamos por encima de eso. Para mí fue revelador entender de dónde vengo, te da armas para defenderte.P.- ¿Qué ha entendido?
R.- He entendido por qué no hay una mujer Bach, una mujer Shakespeare... Virginia lo explica con pelos y señales. Habla de la pobreza de las mujeres, de la imposibilidad absoluta que han tenido a lo largo de la historia para hacer nada, han sido ciudadanas sin derecho. La forma que tiene de detallarlo te involucra en ese pasado tan doloroso.P.- Woolf habla del maltrato y de la falta de visibilidad de la mujer en el mundo de las artes, una realidad en la que se ha avanzado...
R.- Se ha mejorado, aunque queda muchísimo por conseguir. El gran problema es la lentitud, la inercia del patriarcado y del machismo es enorme. Hay que acelerar el cambio. Hay un menosprecio a la mujer, se considera menos valiosa que el hombre, y eso existe todavía en muchas capas de la sociedad. Hay que dejar de estar por debajo del hombre. Y creo que hay muchos hombres apoyando esto.P.- ¿Cuál es la gran aportación de este texto?
R.- Una cosa maravillosa que hace Virginia Woolf es que no simplifica y no culpa, es un fenómeno de masas, un fenómeno histórico, y hay que verlo en toda su amplitud. Ella lo mira a vista de pájaro, aunque también lo hace al detalle y se fija en cosas muy cotidianas, pero analiza el asunto con mucha amplitud de miras. No podemos hacer bandos.P.- ¿Qué debería aprender el movimiento feminista actual de esa lección de la autora británica?
R.- A ver el asunto en toda su complejidad y no simplificarlo. Una de las cosas fundamentales que debería hacer el movimiento feminista, por un sentido práctico, no por bondad, que también, es involucrar a los hombres y hacerlos entender que es bueno para ellos, que la desigualdad envenena las relaciones. Es un tema polémico porque muchas feministas dicen que ellos no pueden tener el protagonismo y no se trata de eso -tampoco creo que esta sea una historia en la que tenga que haber protagonistas-, sino que hay que organizarse y conseguir una serie de cosas. Es fundamental la educación y el mundo de la ficción, acabar con la imagen de mujer frágil, dedicada al amor y la estética que da la publicidad. El trabajo con los niños y las niñas es importantísimo.P.- Y eso parece que también está cambiando a tenor de la presencia de jóvenes en las cabeceras de las manifestaciones...
R.- Sí, es maravilloso, en ese sentido estamos viviendo un momento muy interesante y lleno de vida. El movimiento feminista tiene una renovación. Nosotros lo vemos en nuestro espectáculo. Hay un público joven al que Virginia Woolf le enciende una luz. Además sus palabras mágicas son dolorosas y se llora con ellas, pero también se ríe mucho. Tiene un sentido del humor maravilloso, aunque bastante desconocido, y acaba insuflándonos energía y ganas de seguir avanzando. Es una función que duele, pero es muy optimista y movilizadora.P.- ¿El sentido del humor es más necesario que nunca cuando se habla de un tema tan dramático como el que trata Una habitación propia?
R.- Necesitamos el sentido del humor para entrar en las cosas más duras y mirarlas desde todos los lados. Nosotras hemos sido muy dañadas y es normal que haya un rechazo a lo masculino, pero eso hay que combatirlo, no nos ayuda.P.- ¿Cuál es el mensaje que se transmite al espectador masculino?
R.- No hay un mensaje. Lo que cuenta Virginia no se puede reducir a un eslogan. Ella es una mente de mucha altura. ¿Qué sacan de aquí los hombres? Salen muy volteados, creo que empiezan a mirarnos de otra manera, ratifican la inteligencia enorme de la mujer y también la injusticia que se ha hecho con nosotras, porque, a pesar de esa inteligencia y sensibilidad incuestionables, no se le ha permitido desarrollarse, se le ha metido en una jaula, se ha encarcelado su talento. Y hay hombres que cuando salen de la función se sienten culpables. Porque además ellos también conocen la desigualdad, que es asquerosamente transversal. Está la del hombre y la mujer, pero también la del hombre con el más poderoso que él, el blanco y el negro, el homosexual y el heterosexual, el rico y el pobre.P.- ¡Qué poderoso el teatro!
R.- Mucho. Nosotros estamos transmitiendo un libro que, junto a Tres guineas, debería leerse en el instituto, pero cuando lo dice una actriz aparece la emoción, que es muy poderosa, y es lo que tiene el escenario. Ya no es que el intelecto recibe unas claves intelectuales, es que el cuerpo se moviliza. Esta función es una experiencia que cambia a mucha gente, de ella no se sale como se entra.P.- ¿Y a la actriz cómo la cambia?
R.- Tengo la suerte de tener un oficio en el que continuamente descubres cosas que no sabes y quiero creer que trabajar con textos de esta calidad me alimentan. Yo, por supuesto, ya era feminista antes de esta función, pero sí me han cambiado las reacciones de desconcierto y asombro que he visto en las espectadoras más jóvenes. Ahí me he dado cuenta de lo necesario que es hacer esta obra porque si no sabemos de dónde venimos, no se le da el valor suficiente a la igualdad que trabajamos por conseguir, hay que conocer aquella cárcel para entender lo importante que es cada paso que avanzamos y que no se puede retroceder. Me hace ver lo importante que es cada pequeña conquista. Es un texto que me hace crecer como persona y ser humano.P.- Y defiende este texto tan complejo sola en el escenario. ¿Cómo se mantiene la tensión durante esa hora larga?
R.- Siento una gran responsabilidad, pero a la vez un inmenso placer de tener en mi disco duro mental un discurso tan absolutamente inteligente y bello. Esa hora y media requiere una concentración máxima, tiene algo de equilibrismo, y aunque estoy sola, dialogo con los espectadores. Cuento con la ventaja del humor, Virginia juega con la ironía y no la abandona en ningún momento, incluso al final, cuando estamos todos llorando, hace un chiste. Me siento muy afortunada llevando estas palabras a la gente.P.- También acaba de terminar un montaje, Consentimiento, de Nina Raine, muy de actualidad, donde una mujer acusa a un hombre de violación y él lo niega acabando el caso en los tribunales.
R.- Habla de cómo la justicia maltrata a las mujeres cuando juzga una violación. La sentencia de La Manada es un maltrato psicológico a todas nosotras, por eso es tan grave. Es seguir abriendo la herida de ese tratamiento despectivo.