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SIEMPRE había sido su rincón favorito. Su abuelo tenía una biblioteca gigante, con libros antiguos, nuevos, grandes, pequeños, bonitos, feos, con tapas de cuero... Cuando era un niño la miraba y se inventaba historias como si todos esos volúmenes fueran sus amigos. Alguna vez había intentado coger alguno, pero a su madre no le gustaba que leyera esos libros que a él le fascinaban. Cuando se convirtió en adolescente le daba lo mismo lo que dijera y aguantaba su cara de pocos amigos. No había sabido darle ninguna explicación coherente sobre esa prohibición. A punto de cumplir los 18, en las expediciones que se montaba por esa sala como si fuera la jungla, descubrió una pequeña cerradura en lo que siempre le había parecido un simple panel de madera, un descanso en esas hileras de aventuras. Encontró la llave sin dificultad. Su abuelo era un viejo militar de costumbres más que fijas y una vida más que ordenada. El misterio se acabó pronto. Había más tomos, muy descuidados, algunos chamuscados, otros mutilados. Machacados. Se olvidó de ellos.

Cuando sus abuelos murieron dejó de ir por aquella casa con tanta asiduidad, solo veía a sus dos tías solteras en sus cumpleaños y en Navidad, siempre con el tiempo justo y con un guirigay de niños de mil demonios que apenas le permitían mirar con nostalgia aquel cuarto de juegos.

Años después, no sabe qué extraño cable se accionó en su cabeza, pero se le presentó aquel misterioso armario tras leer un artículo en el periódico. Hablaba de la reedición de un libro sobre el general al mando de la Junta de Defensa de Madrid, escrito durante la Guerra Civil, del que solo se conservaba el ejemplar para el encausamiento de su autor ya que las tropas franquistas habían quemado los demás, hallados en los almacenes de la editorial en Barcelona antes de que salieran a la luz…

Esa noche, para sorpresa y cuasi infarto de sus tías, poco acostumbradas a recibir visitas nocturnas, se presentó en la vieja casa y después de un saludo rápido viajó a la infancia. La biblioteca olía a cerrado. Ansioso cogió la llave del escritorio, ansioso la metió en la cerradura y ansioso recorrió uno a uno esos volúmenes ajados. Allí estaba. La portada estaba desencajada, las puntas de algunas páginas, negras, pero no había duda. Cuartel general. La vida del General Miaja en 30 capítulos, de Eduardo deOntañón.

Nunca se había hecho preguntas sobre la vida de su abuelo, sabía de su pasado franquista, conocía su retiro anticipado, no las circunstancias, y que era un gran lector. Creía que prefería quedarse ahí.