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ABRIÓ LOS OJOS con el frío del invierno. Partiendo casi en dos a enero, llorando por vez primera en su día decimocuarto. Ese número #14 que tantos secretos esconde, del que se nutren tantas sonrisas, que llena tantos y tantos días. Y cuando echa la vista atrás parece que fue casi ayer, porque el tiempo traicionero cuando se trata de su revisión, y caprichoso cuando está sucediendo. Pasan en segundos los años cuando volvemos a traer al corazón las experiencias, cuando recordamos. Y también ocurre cuando sonreímos, cuando, precisamente, lo que menos importa es el ritmo y el paso del tic tac. Y por el contrario se vuelve tedioso y pesado, convirtiendo su paso en un hartazgo tan irrefrenable que parecen sus manecillas dar dos pasos hacia atrás y sólo uno hacia delante, cuando la tarea que nos ocupa no nos llena ni agrada.

Perdón, porque me perdí en la divagación sobre el compás del reloj, cuando sólo pretendía recordar cómo transcurrió en la vida de mi protagonista. Con ella se portó como un caballero el correr de los segundos, haciendo brillar más su apariencia con cada caída de las hojas en otoño, y cada deshielo de las nieves en primavera.

También fue maestro y mentor, porque a todos deja enseñanzas y lecciones, y ella no iba a ser una excepción. Así, aprendió a ser fuerte a pesar de la dificultad, a mejorar con cada prueba que tuvo que enfrentar, a hacer grande su corazón hasta que alcanzó unas dimensiones sólo proporcionales al tamaño y la belleza de su sonrisa.

Su mirada se endureció en ocasiones. No la dejó la vida, ni quienes en la suya fueron actores -bien de importancia, bien de excepción-, que siempre tuviera ese color verde por el que muchos reyes darían su corona y otros tantos piratas cambiarían su última y preciada botella de ron. Pero la sombra no dura eternamente en los corazones buenos y puros, y la casualidad o la consecuencia devuelven la sonrisa a los lugares en los que nunca debió habitar la desilusión.

Ahora, al paso de unos pocos más de veinte veranos -no quiero determinar el número, pues en cosa de cifras, años, y ella es mejor evitar la concreción-, cambiaron cosas por las que ya casi había perdido la esperanza, y se tornaron mejores de lo que pensaba aquellas por las que, a pesar de los golpes y el dolor, nunca perdió la intención ni la ilusión. El tiempo, juguetón e impredecible, hace ahora de Rey Mago y no descuida en caricias a su corazón. Los días guardan siempre regalos para ella, y prefiere vivir que dormir, porque es mejor lo que siente que lo que sueña. Todo queda por vivir. Felicidades, pequeña.