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Nunca sabremos la intención profunda por la que Felipe González dijo a su Rival, aquello de que le cabía todo el Estado en su cabeza, aunque podemos imaginarlo porque fue a Manuel Fraga. Corrían otros tiempos. Buena cabeza sí que tenía y grande en el sentido mejor de la palabra. Al parecer, a los estadistas les entra dentro de su mollera toda la mecánica que mueve su país y al cerrar los ojos, adivinan nuestros miedos, ilusiones y pasiones. Capaces de pensar por todos juntos a la vez y acertar en cada paso que dan. Sus victorias son las nuestras. Sus equivocaciones, también las nuestras. No se cortan un pelo, gigantes que se lo creen y ejercen bajo el palio de haber sido votados por más o menos mayoría. Tiene guasa la cosa, como dice Ignacio del Río enfundado en su abrigo cuando pasea por Calle Santander. Si un estado entero, entra en un recipiente tan pequeño del tamaño un poco mayor a un coco, más fácil será que entre, una ciudad en la testa de un alcalde. O así debería de serlo. Un alcalde en una ciudad de tamaño medio como la nuestra, ha de ser capaz de conocer a todos o casi todos los ciudadanos. Bueno, esto sabemos que no es necesario. Pero sí, a quienes dicen la verdad y no doran la píldora. Porque en esto, todos pecamos cuando tenemos de frente a alguien con poder y algo hay que nos frena a decir toda la verdad. Prudencia, respeto, desidia o miedo. Un alcalde ha de pulsar la opinión de la ciudad a través de gentes que recogen el sentir de la mayoría en los distintos ámbitos. En la calle, sin más, en el comercio, en la industria, entre la gente joven, los viejos, en el arte y la cultura. En el ocio y el deporte. Y sobre todo, en los barrios. Sin embargo, los mensajes de ciudad no llegan a oídos de los alcaldes, todo lo nítidos y veraces que son de esperar. Mediatizados, interpretados o falseados. Hubo un tiempo en que representantes de barrio, conocían a sus convecinos casi como a hermanos. Desde el club de futbol a las baldosas levantadas y el pregón en la fiesta del Santo. Los alcaldes de barrio hacían mucho bien y contaban a bocajarro al alcalde mayor, las verdades. En algunos casos se las dulcificaban cuando se estaba en el mismo lado y se acentuaban, vistas desde la oposición. Desaparecieron estos alcaldillos que como diablos cojuelos o pepitos grillos, se anticipaban y buscaban lo mejor para su trozo de ciudad. Ahora queda el espejismo de aquello en los presidentes de consejos de barrio, asociaciones y plataformas vecinales. De cara ya al futuro, hacer ciudad es vestirse de los pies a la cabeza. Mirar a los ojos de frente, escuchar y creer sólo en la humilde verdad.