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FUGA DEPERSONAS, más que de cerebros. Porque si es bien cierto que nuestras más privilegiadas mentes, esas en las que se sustenta la investigación que abrirá las puertas del futuro, curará enfermedades, aumentará exponencialmente nuestro desarrollo científico y tecnológico, nos hará incluso llegar a vivir en otros planetas o incrementar en varios años nuestra esperanza de vida, están huyendo como si España se tratara del escenario de su crimen, no son los únicos. Miles de jóvenes -con estudios superiores o sin ellos, pero todos con mucho valor y espíritu de supervivencia-, han cruzado nuestras fronteras hacia otros destinos.

Y puede que esos lugares no sean una maravilla pero al menos ofrecen esperanza. Porque Londres puede ser un pequeño infierno para alguien que se decide, con coraje y a por todas, a viajar hasta las islas sin un nivel alto de inglés y sin un conocimiento específico de las costumbres o el funcionamiento de la british society. Pero, por ejemplo Javier, coge las maletas y se marcha allí como quien se hubiera ido a Cuenca, a Jerez o a Teruel. Simple y llanamente porque esta opción deja encendidas las brasas de su ilusión por labrarse un porvenir.

O pongámonos en el caso de Blanca, con un título superior y muchas horas de trabajos que nada tienen que ver con su vocacional arquitectura a las espaldas, trabajando dos tercios de cada día, aprendiendo lecciones de inglés como quien come sin masticar y enfrentándose cada día a infinidad de situaciones que adquieren una complejidad inimaginable para los que no tenemos que expresarnos en un idioma, una cultura y forma de vida que no son las nuestras. La fortaleza de dejarlo todo atrás y empezar desde cero, de arrancar del suelo las raíces sin saber cuándo o ni siquiera si alguna vez podrán volver a su tierra, alejándose de su zona de confort, de las personas con las que comparten sus días, de su familias y de sus costumbres, de su habitación, de su cama y de su mascota. De todos esos pequeños detalles que a todos nos hacen sonreír, y que en la conversión en emigrante se pierden por el camino sin saber muy bien ni cómo, ni cuándo, ni dónde.

Por eso les invito a la reflexión. A valorar. A ocupar su lugar. Por eso invitaría, si creyera lo más mínimo que va a servir de algo, a los políticos a que lo hicieran. A que imaginasen que desde que salieran de sus protectoras y calientes sábanas, encarasen un mundo que les habla y no comprenden. Que les obliga a asimilar rápido, a ser fuertes y a hacerse grandes. El aguante del emigrante.