Doscientos cuatro meses
TODO COMENZÓ antes incluso de las 40 semanas previas al primer llanto. Desde mis algo más de cien centímetros de soberana altura, confiado aún en los viajes desde París paquete en pico, dejé clara mi postura. Jugar solo no era para mí. Y te quería conmigo. Y con prontitud. Que las cigüeñas recorren miles de kilómetros en sus migraciones estacionales y la Galia no estaba tan lejos. Confesaré, ahora, que pensé que te quería a mi lado, cuando la realidad era que te necesitaba conmigo, aunque eso yo entonces lo ignoraba. No sabes cuánto te necesitaba. También estaba fuera del alcance de mi imaginación -y te aseguro que no porque fuera escasa y limitada- lo que significarías. Que volatilizarías mis expectativas. Que te esperaba para jugar, y cambiarías las reglas del juego de mi vida.
Traigo a mi corazón a Mamá cuando lucía esa preciosa ‘tripita’, la indescriptible sensación de sentir esas pataditas, la irrevocable determinación de que te llamarías según mi decisión para toda la vida. Yo te esperaba con ilusión. Con inquietud. Con el corazón lleno de algarabía. Pensaba en enseñarte, en hacer de hermano mayor, en ser tu guía. Con el tiempo fui comprendiendo que representaría ese papel, pero que quizá fuera yo quien, en esta relación, más aprendería.
Era impresionante como aceleraba el tic tac cuando me fijaba en tus progresos. Implacables, tanto él como tú habéis seguido el ritmo sin que nada os frenase. Hoy te miro y sonrío con la envidia sana del que sabe que el peso de la aguja del reloj es el único obstáculo para que, primero, me alcances y, después, me rebases. Orgulloso como no puedo escribir en palabras, sólo aguardo estar cerca de ti para, cuando llegue la hora, felicitarte. Porque sabes que tus límites sólo se esconden en el reflejo del espejo. Porque tienes la capacidad y la tenacidad necesarias para dar cada paso que se requiera hasta alcanzar la siguiente meta que tengas mente.
El discípulo se viste de maestro a pasos veloces y gigantes. No es fácil ser tan bueno siendo uno mismo. Es poco factible ser tan pequeño y, a la vez, tan grande. La determinación de un Titán bajo la sonrisa de un niño, que deja de serlo como el Sol abandona el ocaso. Felices diecisiete. Felices doscientos cuatro meses.