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DICEN que la Semana Santa es tiempo de reflexión, de encuentro, contricción y de buenos propósitos y en esas estoy estos días, reflexionando sobre por qué Miranda, una ciudad siempre volcada en la celebración de diferentes eventos, tanto lúdicos como religiosos, siempre tiene una asignatura pendiente con esta fecha, de gran repercusión por otra parte en Castilla y León por sus famosas procesiones en todas las provincias. Pero no consigo encontrar respuesta, ya que no sé si existe falta de interés, poca devoción, o una mezcla de pasotismo y carencia de compromiso que propicia que hasta algunas hermandades demanden cada año voluntarios para portar los pasos antes que renunciar a no sacarlos en procesión por carecer de costaleros.

Puede que Miranda no posea la misma tradición que otras ciudades de la región con respecto a la celebración de la Semana Santa, pero lo cierto es que la imaginería religiosa de la ciudad no tiene nada que envidiar a otras de similar factura.

Aquí, como suele decir mi padre, las ‘estaciones’ se hacen en los diferentes establecimientos de hostelería para probar el zurracapote de cada local, al igual que se procesiona de casa en casa para degustar las tradicionales torrijas y se mantiene –cada vez menos, cierto es-, la costumbre de salir de merendillas el lunes de Pascua aunque ya no sea festivo. Que no son malas maneras de vivir estos días, ojo. Pero lo de las procesiones no termina de suscitar el interés del paisanaje local que, en su mayoría, vive (vivimos) ajenos a la esencia de una fiesta que se ha convertido más en un puente largo para despedir el invierno y tomar fuerzas para el final de curso y la llegada de San Juan del Monte.

Más allá de la devoción religiosa, que cada cual tiene o deja de tener la suya, optaría yo por una apuesta turística que implemente la oferta local uniendo tradición, ocio y gastronomía -que de eso sí sabemos, y mucho, en la ciudad-, para conseguir atraer visitantes que no solo llenen las aceras durante horas contemplando el paso de las procesiones, sino que ya se sumen a la cata del zurra, las torrijas y el resto de peculiaridades culinarias que ofrece este cruce de caminos que, si no nos damos cuenta, se quedará como ese bar de carretera secundaria al que nadie volvió a entrar tras construirse la autopista.