Confundir términos
CAPACIDAD humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas. Eso que acaban de leer es la definición de resiliencia, palabra de moda, según me comentaban esta semana. Tras consultar su significado exacto el término ronda mi mente como esa mosca que nadie vio entrar y pelea con el cristal de la ventana por regresar a la calle, libre de manotazos inesperados. Resiliencia. Mientras escribo estas líneas cuya deriva desconozco releo una y otra vez la sucinta explicación de la Real Academia y mis temores crecen. Indago un poco más y veo que textos más nutridos sobre el tema la equiparan a la entereza de afrontar un golpe emocional sin derrumbarse. Me relajo. Pienso que mi mosqueo con tal sustantivo, qué culpa tendrá el pobre, no tiene sentido. ¿Por qué entonces le dedico estas líneas? ¿Tan acaloradas tengo las meninges que ni puedo pensar otro asunto de interés al que consagrar este hueco? Cambio de ocupación para despejarme y leo titulares en la red en busca de inspiración. Un temita polémico sobre el que opinar sin saber cual tertuliana nunca viene mal en estos casos de bloqueo.
Echo un ojo a Twitter y nada. La resiliencia sigue sonando tanto o más fuerte. Veo que arrecian las críticas a la inminente ley mordaza, que a pesar de que dicen que todo va estupendo los desahucios continúan, que aún se despide en nombre de la crisis que otros se jactan de haber vencido, que los avisos de cobro se acumulan en hogares donde nadie puede pagar, que el diálogo por el bien común no es una opción, que ande yo caliente y ríase la gente o que sombra aquí, sombra allá, es mi Scattergories, yo soy bueno, el resto es malo y desde el plasma –léase trono, despacho o tribuna de cualquier pelaje- os digo que hago con él lo que quiero... Veo cosas que no me gustan y ocurre: la resiliencia me provoca una sonora carcajada.
Ya está, ahora lo veo. La situación obliga, que suele decirse. No es que la resiliencia esté de moda es que la tendencia dramática de los acontecimientos la hace necesaria para que nuestras cabezas no exploten. El riesgo, que lo hay y no es pequeño, es confundir términos y equiparar la dichosa entereza con la resignación. No hay que hundirse, no, pero tampoco conformarse y a veces pasa, a veces dejamos que pase. Si algo se puede aprender de las crisis es a evitar errores, a extremar la vigilancia y sobre todo a generar nuevos hábitos. Tan simple, tan complejo. Tan concreto, tan genérico. Aplíquenlo a cualquier realidad próxima que se preste y verán, cobra sentido.
Salió la mosca.