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AGACHAR LA CABEZA y esconderla bajo el ala ha dejado de ser una opción en ciertas circunstancias. Sabes que te vas a llevar una colleja, pero si metes la barbilla en el pecho se lo vas a poner mucho más fácil a tu oponente. Conviene que sepan que no eres tonto. Nada va a cambiar, ya que la línea ha sido ya trazada con anterioridad por sujetos que viven en su particular ‘Matrix’ y a los que los recortes, la crisis y llegar con lo puesto a fin de mes les suena a chascarrillo. Cuando te pinchan, lo humano es saltar y pedir explicaciones. Asumir lo ocurrido como algo que ha pasado porque tenía que pasar no es la opción más lógica.

El temor a lo que pueda ocurrir o a las consecuencias que pueda tener tu reacción no debe hacerte pasar por un conejo que espera su turno para que le asesten un golpe en la nuca que le convierta en la comida del próximo domingo. Cuando todo se tuerce no es bueno centrarte en tu ombligo y cruzar los dedos para evitar ser la próxima víctima. La actitud es otra. Las explicaciones se piden a los que toman las decisiones, no a los que están tan jodidos como tú.

En ciertas cuestiones no tenemos voto, pero sí voz, por lo que debemos usarla para por lo menos hacernos oír. Al final acabará ocurriendo lo mismo, aunque mentalmente estarás mucho más limpio. No queda otra que ser fieles a nuestros principios y leales con los que están de nuestro lado. Tragar y encajar todo lo que nos lancen no va a cambiar el final. Ni la auto compasión va a hacer que nos sintamos mejor. Es más, en muchas ocasiones va a provocar el cabreo de el de al lado.

En la mayor parte de los casos, no vamos a hacer de la apocalipsis un final feliz cual película de Walt Disney, por lo que atormentarse no es el camino más recomendable cuando los acontecimientos se desvían de la senda adecuada.

Como insisten algunos entrenadores de fútbol, cada uno debe defender su parcelita de la mejor forma posible, sin dejar que te la pisoteen o lo que es peor, que pasen por encima tuyo. Cada uno debe tener claro con qué equipo juega y saber quiénes son los suyos. Los que cambian de bando por despiste, interés o complacencia con el de enfrente, generalmente más poderoso, no suelen llegar muy lejos y acaban devorados por su propio colectivo.

Levantemos la cabeza y miremos a los ojos a los que nos sacuden. «Si te pegan defiéndete», me decían de pequeño y a algunos hay que recordárselo pese a que peinen canas. Lo de agachar la cabeza y maldecir en el café ya no vale.