Los abuelos
HOYSE celebra el Día de los Abuelos y ayer sábado se conmemoraba la festividad de Santiago. Confieso que iba a rendirme a la evidencia, pues formo parte de ese círculo afortunado de personas que puede presumir de tener una abuela emperrada en romper todas las estadísticas y ya pensando en festejar su 102 cumpleaños; como también presumo de celebrar el día de Santiago, para homenajear, sobre todo, a mi padre -que también es abuelo- y que cedió el nombre a su estirpe hasta la tercera generación, de momento.
Debiera dejarme llevar por ese sentimiento humano de amor y agradecimiento infinito hacia mis padres que hoy son abuelos de mi hija y hacia esa abuela guerrera que aún nos regala su presencia. Hoy debería hacerles saber que la sombra de Santiago sigue siendo alargada en vida y llena cada rincón de este pequeño corazón. Debería también contarles que la figura de los abuelos se ha hecho imprescindible en la sociedad que nos ha tocado vivir y que sin ellos muchos de nosotros no podríamos acometer ni la mitad de las cosas que abordamos, porque les necesitamos para que cuiden de nuestros hijos como hicieron antaño de nosotros. Hoy debería decirles que la sociedad no ha sabido darles lo que realmente se merecen y les ha cargado con la responsabilidad que el Estado es incapaz de acometer y en su retiro dorado se han visto obligados a llevar, de nuevo, el peso del día a día. Y una efeméride es inútil si no revertimos la situación y les permitimos vivir su edad dorada sin los condicionamientos de esta sociedad.
Todo eso debería contarles y arrancarles esa media sonrisa mientras se sorprenden mirando de reojo y con ternura a sus mayores.
Pero la realidad es tozuda y me obliga una vez más a mirarla de frente. No hablo de paro, de crisis, de corrupción... Hablo de educación con mayúsculas, porque en apenas dos meses comenzará un nuevo curso con una ley impuesta por un ministro cesante que no quiere derogar un Gobierno obtuso.
La educación pasa por el conocimiento y la formación integral de la persona y ambos conceptos quedan sesgados por un imperativo legal donde la ideología impregna cada letra y parece que lo único importante es dotar de consistencia a una asignatura que debería desaparecer del currículo escolar. Sí me refiero a la religión que debería quedarse en el ámbito privado. Sin embargo, los arzobispos se quejan de no darle la importancia que la asignatura tiene, cuando en la práctica ya se la equipara a otras materias como la biología o el francés, minimizando el conocimiento en favor de los rezos. La cordura en la educación hace tiempo que se dejó atrás por mucho que la iglesia enarbole la bandera de la legalidad y se erijan como los únicos que pueden aportar valores a nuestros hijos.
Nada puedo hacer salvo educar yo a mi hija en la tolerancia y la libertad, así que retorno a sentimientos más amables y brindo estas líneas a Santiago padre y abuelo, a la abuela y a la bisa y a todos los abuelos a los que tanto debemos.