La clase
Como en los cuentos de hadas, cuando el amor casa extremos opuestos con historias de odio y pasión en las que alguna vez nos vimos reflejados. Amores imposibles, deseados y ocultos donde el secreto es la manta que lo tapa todo. La bella y la bestia han dado mucho juego en libretos de ópera y guiones de película. King Kong. Un delicado velo que separa la realidad de la ficción y el sueño del despertar. Disney supo jugar mejor que nadie con el inconsciente de los niños que miraban el conquistar de los imposibles, cuando la luna dibujada fue capturada por la NASA. Los sueños, una vez más, podían hacerse realidad. Las niñas cenicientas piensan hoy en su príncipe azul y miran por su futuro en contra de consejos de madres y abuelas resabiadas. Nuestra Reina Leticia, despertó del sueño periodístico con el beso real, autorizado por Doña Sofía y Don Juan Carlos. A otras princesas que salieron del pueblo, les fue peor y terminaron en túneles oscuros y paparazis. Pero hay una historia sublime que escapa de los cánones clásicos en estas cosas de hombres y mujeres. Belleza, poder y dinero cubren la cintura de la Preysler desde el primer día que pisó España, aunque tuve la suerte de conocer la versión creíble de la boca de su primo Miguel, con quien vino de la mano a explorar nuestras tierras. Me contaba sus orígenes y cómo te empuja el hambre a cruzar el mar. Él se quedó entre Cádiz y Málaga, jugando al golf en Valderrama y Sotogrande. Un gran vendedor de parcelas para ricos, cuando su prima ya hipnotizaba con su piel a Julio Iglesias. En la transición encontró después de ser despechada, un Miguel Boyer que significaba el icono de aterriza como puedas en lo económico y social. Una cazadora de símbolos. Toda una dama con sonrisa de niña, cintura de avispa y picadura de áspide. La belleza y el poder son mezcla explosiva. El efecto Boyer caló en empresarios de pro muy maduros, que paseaban bellezas en sus descapotables. Se abrió la veda al emparejamiento de la dulzura y la rudeza. Puede decirse que el deseo de todo hombre que ha hecho su vida y está de vuelta, alcanzados los setenta y cinco, bien puede emprender una nueva vida con alguien como Isabel. Hoy es la Scherezade y musa de Vargas Llosa, quien a partir de ya, cuelga las botas de escritor y provoca envidia a todos sus amigos que llegan a los ochenta. Modosa o vampira. Lista o inteligente. Quizás solo sea, una superviviente. Pero no me atrevo a desvelar lo que pienso de quien para lucir esa mirada, seguramente pacta con el diablo. Qué tiene la clase de Isabel, que gusta tanto señoras como mi mujer.