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Hacer una escapada a la provincia puede resultar muy agradable. Elegir una ruta y echar la mañana con tiempo justo para volver a la hora de comer con una torta de pan. No es difícil acertar y sea cual sea el lugar de paso, nos encontraremos a gusto. Carretera y manta. En especial, ahora que se intuye el frío y lluvia. El campo espera lo que viene y la gente de pueblo se despide de hijos y nietos que pasaron unos días en verano. El pulso del gigante se mantiene vivo y repite con un latido cada año. Los más de mil pueblos no tienen prisa por envejecer pero lo hacen sin darse cuenta. No es porque los tejados de las casas se vengan abajo y se desmoronen las tapias de piedra en la huertas. Tampoco porque en las cubiertas de las iglesias, asomen canes podridos de madera y aleros desdentados. Poco importan los baches, la fuente seca y que se cierre para siempre, la taberna. La mayoría son pedanías o entidades locales menores que dependen de otro pueblo mayor donde puede que haya un párroco, aguacil, farmacia, bar y alcalde. Nuestra provincia se hace vieja de verdad al tiempo que los abuelos se vienen a la Capital a curar el reuma o se mueren y dejan las casas vacías para siempre. Ya no volverán los hijos y en quince años, borraremos muchos nombres del mapa y carteles. Diputación lo sabe y le duele aunque por otro lado, a menos pueblos, menos gasto y menos cuentas que rendir. Asfalto en carreteras, lindes que arreglar, planes provinciales y subvenciones que nunca llegan. Obras de urgente necesidad y parches que no hacen más que cubrir el expediente. Diputación y Junta de Castilla y León están al quite en actuaciones más o menos coordinadas pero se tiene la sensación de que incluso haciendo lo que pueden, están lejos en alcanzar expectativas de revitalizar la provincia burgalesa. Y ojo, que sin ella, nuestra ciudad se ahogará en sí misma. Hasta donde conozco y he preguntado, estamos lejos de una visión global de equilibrio entre Capital y Provincia, imprescindible para aupar presente. Ambas van de por libre sin que los que de esto saben y han de dar la cara, dibujen el programa de actuación intuitivo, ambicioso y optimista. Los árboles del día a día no dejan ver el bosque completo a futuro. A veces uno siente que el declive de los pueblos está previsto y deseado con una inconfesable impotencia de las Administraciones responsables. Cuantos menos queden, se tocará a más. Cinco carteles fantasma saludan desde 1.960 al viajero. Se lee, Burgos, Cabeza de Castilla, tierras del Cid. Se caen a cachos y oxidan como nuestra madera burgalesa.