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A VECES, cuando tienes un momento para respirar en el agitado mundo del devenir diario y las poleas mentales se ponen a funcionar por derroteros extraños, te preguntas sobre el sentido de la vida y empiezas a divagar a lo largo de un camino de pensamientos pseudo metafísicos que te hacen preguntarte para qué estamos aquí, a qué hemos venido y si merece la pena el viaje. Pero quizá las respuestas no sean tan complicadas como nos empeñamos en demostrar. Yo, por ejemplo, tengo un remedio infalible al que recurro de vez en cuando para no olvidarlo: aferrarme a las pequeñas cosas que hacen que la vida valga la pena. Con ese motivo, hace un tiempo inicié una lista a la que trato de añadir a la menor ocasión pequeños actos cotidianos que me ayudan a recordar que en cualquier fragmento de segundo podemos encontrar algo que, si no es la felicidad, puede que se le parezca mucho. Algunas de estas ‘pequeñeces’ son inconfesables, el resto, las que son comunes a la mayor parte de los mortales, son las que siguen.

Hundir los pies descalzos en la hierba fresca tras un largo paseo. Sentir agujetas en el estómago pero seguir riendo. Una llamada inesperada de alguien que está lejos. Un largo baño caliente con sales y aceites. Sus manos entre mi pelo. Un viaje con amigos. Esa mirada intensa que no puedes olvidar. Dormir la siesta en una hamaca en la playa. Una sonrisa cómplice. Un café caliente al final de un frío día. Llegar a la primera fila de un concierto y que tu cantante preferido te mire a los ojos. Hacer manitas en un cine de verano. Chatear con alguien hasta las tantas aunque al día siguiente haya que madrugar. Meter la mano en un saco de arena y que los granitos se deslicen entre tus dedos. Encender la tele justo cuando empieza tu película favorita. Tener a alguien que te dice que eres bonita. Cantar a gritos en la ducha. Que alguien a quien quieres te grabe su propia versión de tu canción favorita. Ver el atardecer perfecto mientras vuelves a casa en coche Tumbarte sobre la nieve. Caminar bajo la refrescante lluvia una calurosa tarde de verano. Tomar cañas en una terracita y en buena compañía. El mensaje que te indica que alguien está pensando en ti. Caminar temprano, sola por la ciudad, cuando el sol todavía es suave y parece que te abraza. La contagiosa carcajada de un niño. El olor eléctrico del aire justo antes de una tormenta. Reunirte con viejos amigos y que parezca que no ha pasado el tiempo. La cara de orgullo de tu madre cuando te dan un premio. Quitarse los zapatos cuando llegas a casa. Cazar una buena noticia en el informativo. Que susurren tu nombre en tu oído. Cocinar un postre una tarde lluviosa. O terminar una columna de opinión con la esperanza de haber robado alguna sonrisa.