Comentarios ‘sin malicia’
PENSABA dedicar estas líneas a lo que parece que toca, pero no. He recordado lo que me prometí hace semanas, tras una consulta médica en la que tras contemplar la correcta evolución de la cicatriz de una cirugía a la que se sometía mi hijo el pasado verano, la médica aconsejó a su padre que la mamá -que no estaba presente - le aplicara crema hidratante en la zona. El vaso se colmó y juré, sin dramatismos, que compartiría con quien quisiera escucharme la retahíla de anécdotas que desde que soy madre me han asaltado con el mismo absurdo fondo machista que debiera irritar por igual a hombres y mujeres.
No es que antes ignorara la situación. Sin embargo, llámenme ingenua, he de confesar que creía que estas actitudes pertenecían a otras épocas, que eran restos naturales llamados a extinguirse por obra y gracia de la evolución. Qué equívoco. Como San Pablo, tuve mi particular caída del caballo. Lo recuerdo bien. Fue en una de las clases de preparación al parto. La matrona explicaba qué incluir en la bolsa con la que muertas de miedo nos plantaríamos en el hospital. Nos dijo que no nos preocupáramos por llevar la ropita del bebé, que durante del atuendo se encarga Sacyl durante las 48 horas de ingreso. “Eso sí, explicadles bien a vuestros maridos dónde está cada cosa, para que os lo lleven”, añadió. Yo solo acertaba a mirar de reojo al padre de mi futura criatura -el único varón en la sala- mientras todas las mujeres allí presentes asentían con una sonrisa. Él se contuvo. Aún lo hace cuando casi todas las preguntas sobre los niños y la crianza se dirigen a mí, pese que él sea el que más se ha reducido la jornada para estar con ellos.
Son dos ejemplos –que ambos se hayan dado en territorio sanitario es casual - pero la lista es larga y en ella no faltan tópicos como opiniones llamativas sobre si es adecuado que tengan determinados juguetes. Comentarios ‘sin malicia’ que definen nuestra sociedad y evidencian el arraigo de un sexismo cotidiano que tiene consecuencias. Y todas son negativas.