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Nuestro Arzobispo se jubila, bien ganado lo tiene. Una despedida cordial con eco de piedras calizas de Hontoria. Para notar el invierno de Burgos hay que asistir a una misa dentro de la Catedral en el altar mayor. Se marcha con un abrazo fraternal al viejo estilo de la Cátedra de San Pedro. Siempre imaginé un hombre joven que pilotase la Iglesia, como hace dos mil años lo hizo el Nazareno. Se saltó reglas y las leyes de tal manera que hasta hoy llega su mensaje de humanidad y rebeldía. Nada que se parezca a la Iglesia de los hombres que conocemos en nuestros días. Ahora sólo los viejos doctos tienen oportunidad de presidir las cátedras e interpretar los evangelios. Reconoce Gil Hellín que es duro rezar en tiempos como estos donde el hambre pica los estómagos y el fracaso nubla nuestros sentidos. No hay vocaciones en el seminario en número suficiente para relevar a curas de pueblo que lo dejan. Se quedarán las sacristías congeladas con la casulla doblada en los cajones pesados de madera. Olor a naftalina. Cada vez más, curas y militares sudamericanos aprenden la gramática en academias y seminarios, lejos de sus países. Deja vacante su plaza y a ella viene D. Fidel Herráez, curtido en la Vicaría Madrileña donde nada se movía sin que Rouco lo dispusiera. Burgos es sitio de rezo porque el clima ayuda a rosarios en casa. Urbe pacífica y de inconfesables pecados que se perdonan más cuantos más relevantes son los personajes que confiesan. Una fotografía al lado de un Prior es la mayor indulgencia que otorga el Santísimo. Y de estas se hacen ver muchas y cada vez más en la prensa. Y al igual que los malos columnistas, los curas recurren a las parábolas para explicar lo que con una prosa regular, resulta difícil. El evangelio está lleno de ellas. Fue la comparación de los hombres con las encinas viejas en el bosque sometido a fuerte poda. Solo los arboles con buena raíz la soportan y florecen en primavera. Viene a decirnos que a perro flaco todo son pulgas pero hay que aguantar. Que otros tiempos mejores vendrán. Los curas que yo conozco son de buena madera, me atrevo con ellos y les llevo a lo mundano. Perdí el confesor hace años, D. Félix Bringas y desde entonces mis pecados pesan y hasta a veces creo que no tienen perdón. El hombre necesita un confesor que le entienda y sea benévolo. Que escriba la penitencia con un café de puchero y una copa de 1866. El mío se llevó mis secretos para negociarlos con San Pedro. Se va un Arzobispo viejo y sabio para que otro venga. Perdemos la oportunidad de tener a Berzosa el arandino que apuntaba carrera meteórica hasta que su hermana gustó más a los ojos de Dios. Las monjas siempre han sido el espejo de los clérigos.