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En momentos como el actual, una auténtica encrucijada, se mide la talla de quienes aspiran a dirigir los designios de los españoles. Desde que el pueblo se pronunciara en las urnas hace más de un mes, muchas cosas han quedado claras. Hay candidatos que presumían de capacidad de gestión y han abandonado el barco como las ratas. Cobardes profesionales que sabiéndose perdedores (no ha conseguido el apoyo explícito de ninguno de los más de 10 partidos con representación en el Congreso de los Diputados), se dedican ahora a obstaculizar la formación de un Gobierno de cambio. Como el perro del hortelano. Ni come ni deja comer.

El argumento que esgrimía hasta hace apenas unos días para solicitar para ellos el apoyo que le permitiera seguir anclado en La Moncloa, para salvar al país de una situación de vacío de poder, ya no vale cuando es otro quien lo reclama. Otra lección de ‘decencia’. Una más de un partido que podría formar grupo parlamentario propio en Soto del Real. Pero que se permite el lujo de deslegitimar cualquier otra mayoría que hipotéticamente su pudiera formar en los próximos días por encargo del Jefe del Estado. El mismo que a la vista de la incompetencia del primer grumete tuvo que arrebatarle los galones en busca de alternativas que garanticen la formación de un Ejecutivo de consenso.

No será fácil. Nadie dijo que lo fuera. Es el momento de la valentía y de la amplitud de miras. De llegar a pactos y realizar cesiones. Las líneas rojas tienen su valor, pero únicamente como puntos de partida. Si convierten en barreras infranqueables la voluntad de cambio expresada en las urnas (y ratificada después por los grupos políticos elegidos por los ciudadanos) quedará en agua de borrajas.

Es el momento de renunciar a los egos y a los sillones en pos de un bien mayor: el de la necesidad de cambio de rumbo de las políticas impuestas a golpe de decreto en los últimos cuatro años. De lo contrario, se pondrá una vez más en evidencia que quienes tratan de representarnos no luchan más que por su supervivencia política. Quienes se han erigido como fuerzas del cambio tienen la oportunidad de empuñar el timón y hacerlo efectivo. No nos fallen.