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REMOVÍA EL AZÚCAR en el café una y otra vez, una y otra vez, mientras leía aquel reportaje. Hablaban de un grupo de mujeres, las Sinsombrero las habían bautizado, a las que primero un trabajo de los alumnos de un instituto –para que luego dijeran que los estudiantes de ahora no eran como los de antes- y después un libro y un documental habían rescatado del olvido. Pintoras, escritoras, escultoras o filósofas que «salían en las fotos de la Generación del 27 pero no en los pies explicativos. Sus obras, en cualquiera de las disciplinas que escogieron, rezumaban independencia y libertad. Pero igual que ellos volvieron del exilio como héroes, ellas se encontraron con el más profundo de los olvidos», leía sin darse cuenta de que el café se enfriaba, de que su hijo pequeño había empezado a llorar, de que la mayor preguntaba con insistencia dónde estaba el abrigo rojo nuevo y de que el móvil había empezado a vibrar como un loco.

Seguía la historia de esas mujeres que se habían quitado el sombrero en señal de rebeldía, impasibles a los insultos, y pensaba en su cobardía, en cuál sería el gesto que en la actualidad serviría para decir tururú a esas normas establecidas que aún cortaban las alas a las mujeres, en lo que se diría dentro de un siglo de las mujeres de su generación, de esas que, en apariencia, habían nacido en un mundo más libre, más igual, más fraternal. ¿Realmente vivían en absoluta libertad? ¿Habían conseguido la plena igualdad? ¿Quedaban derechos por los que luchar? ¿Eran unas flojas? ¿Tenían las mismas oportunidades que un hombre para acceder a todos los puestos de trabajo? ¿Se podían divertir con el mismo libertinaje que ellos? ¿O eran presas del qué dirán? ¿Las miraban con recelo por ser madres? ¿Y por no serlo? ¿Tenían derecho a quejarse? ¿Hasta qué punto era buena y necesaria la discriminación positiva?...

A ella, desde esa cómoda distancia y con los calcetines puestos, le hubiera encantado vivir en aquellos primeros años del siglo XX, lanzar un sombrero al cielo, demostrarse que podía ser tan valiente como la poeta Concha Méndez y coger carretera y manta o tanto como la pintora Margarita Manso para resistir los años del franquismo ahogada por el silencio, seguir a María Teresa León en su empeño por salvar el arte español de los bombardeos de la Guerra Civil, exprimir la vida con tanta pasión como para terminar sus días en suicidio como había hecho Marga Gil… Pero se sabía cobarde. Y se maldijo por ello. También por haberse dejado enfriar el café.