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SE ENTRENA a diario aunque no comparta ducha ni se llame runner. Roba horas al sueño para jugar el partido de su vida. Reza en busca de una ayuda divina que relance su carrera aunque su dios no se llame Maradona, ni Messi ni Ronaldo. Desgasta zapatilla persiguiendo su oportunidad aunque esté complicado que se tope con ella en el césped. Ruega a la luna que lo guíe hasta su musa aunque, también en su caso, será difícil que tenga unas medidas de 90-60-90. Se caerá y se levantará, se volverá a caer y de nuevo se levantará. Y no será por culpa de unos cordones desatados. Contará con el ferviente aliento de sus padres. O no. Sentirá unos ojos escrutadores, aunque no serán los de ningún ojeador de un club de primera. Verá en sus pupilas la decepción. Y la duda. También el placer y la admiración. Por qué no. Puede ser que sí, tal vez llegue lejos, quizás se ajuste a lo que buscamos. Esperará impaciente a un hada, o a una bruja, con su varita mágica y la promesa de que sus deseos se cumplirán. Y sigue entrenando, y robando horas al sueño. Escucha cantos de sirena a través de las rendijas de las mil puertas a las que ha llamado y nunca se han abierto. Agudiza el oído. Entonan versos de abandono. La instan a colgar las botas que nunca se ha puesto. Se tapa las orejas. Trabaja, corre, salta, entrena, busca, suda, se emociona, se desespera, percibe el aliento de un público entregado, se bloquea, se hunde… Los cantos de sirena regresan. Desgarradores. Se empeñan en que sus virguerías ni siquiera sean recordadas por aquellos parados de larga duración que fueron testigos de sus pinitos cuando apenas levantaba dos palmos del suelo. La soledad la corteja cansina. Se abalanza sobre su ser como lo hace la noche sobre el protagonista fracasado en medio de uno de esos grandes estadios de las películas americanas. Los focos se encienden. Uno a uno. Todos la ilumina. A ella. A él. Y otra vez siente que su gran oportunidad está cerca. No le importa si es pequeña. Quiere empezar desde abajo y ascender hasta tocar el cielo. Saber qué es jugar en Tercera Regional aunque jamás haya echado la Quiniela y conocer el sabor de los once aciertos antes de gozar con el pleno al quince. El día que el teléfono suena sabe que su fichaje no será galáctico, que no habrá ninguna oferta millonaria, que nunca será jaleado, jaleada, que ninguna muchedumbre la parará por la calle para hacerse un selfi ni tendrá su club de fans. No es ninguna joven promesa del fútbol. Ella solo quiere emocionar con su pintura, su escultura, sus versos... Es una artista. Nada. Y todo.