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SILENCIO Y devoción en muchos casos; respeto y admiración por el patrimonio artístico e histórico que recorre las calles de las ciudades en la mayoría de los presentes. Miles de personas participan en estos días en las procesiones que a lo largo y ancho de la provincia y del resto de la geografía española se desarrollan.

Más allá de la cuestión religiosa, lo cierto es que la Semana Santa se ha convertido en un producto turístico que crea retornos económicos de primer orden en las ciudades y pueblos. Las procesiones de Burgos son seguidas por cientos, miles, de personas. En los pueblos, tenemos como muestras las pasiones viventes de Lerma, Villalbilla de Burgos; la Bajada del Ángel que se celebra hoy en Aranda; la pasión de Covarrubias; la Quema del Judas en Villadiego...; cientos de manifestaciones culturales que provocan el interés de personas que buscan vivir experiencias diferentes, más allá de la emoción religiosa.

Reconozco que pocas veces he acudido a una procesión, o la he visto en su totalidad, hasta el pasado viernes.

Se respiraba silencio y respeto al paso de las bandas que entonaban sus músicas a golpe de tambor y soplo de trompeta. Marcaban el paso a la exquisita imaginería cargada de simbolismo, sí, pero también de historia viva de nuestra cultura. Cargada de arte. Esculturas que recorren la ciudad y que la convierten en museos al aire libre por espacio de unas horas, de unos días. Creaciones magníficas de personas que un día se dejaron los dedos bordando los mantos de la Dolorosa o de la Virgen de la Soledad. El intenso trabajo de cientos de personas para que en el día señalado dirijan el paso con solemnidad, al unísono como si fueran uno sólo.

Silencio roto por los tambores. Roto después por los aplausos del respetable que valoran el trabajo de las bandas y de los miembros de la Cofradía. Silencio y respeto ante una cultura que nos ha conformado como sociedad a lo largo de los siglos.

Y yo, me sumé a ese silencio, a ese respeto, por un patrimonio que forma parte del legado que heredarán nuestros hijos. E insisto, dejando a un lado la connotación religiosa que también merece el respeto y el silencio para aquellos que siguen estas procesiones guiados por su fe.

Y ese es el quid de la cuestión. En todo, en la vida misma se necesita respeto, tolerancia y silencio para escuchar las voces calladas de los que tenemos a nuestro lado, con independencia de su pensamiento. Y ya ven, respeté con silencio y me emocioné ante tanta cultura. Quizá me lo hubiera perdido si no hubiera sucumbido al silencio.