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NADIE HA INVITADO a ningún bodorrio a Ortega Cano ni esto será una crónica rosa. Los hados se conjuraron ayer para pintar una mañana caótica. Sirenas ululando por la noche como si alguien estuviera escribiendo una novela y necesitara inspiración, la Policía Nacional a la entrada del aparcamiento subterráneo de la Plaza Mayor mirando los bajos de los coches con espejos y registrando los maleteros ante conductores resignados, agentes con una metralleta frente al tiovivo obligando casi a cuadrarse hasta al último caballito, militares desfilando por El Espolón con sus tambores y cornetas, escritores saltando vallas como si estuvieran en una carrera de obstáculos… Había un guirigay en el centro de la ciudad que, unido al bochorno de la mañana, nada bueno presagiaba. Y, sin embargo, hubo alguien que sí pudo obviar este caos. Acurrucado en su propia burbuja. Sentado en un rincón. A la sombra. Chico listo. Ensimismado. Con una media sonrisa en la cara. Tendría diez, once o doce años. Yfácilmente podría estar a millas del Arlanzón surcando mares lejanos en un viejo galeote, o descubriendo los poderes de un niño como él con una cicatriz en la frente, o persiguiendo monstruos en el sótano de una casa abandonada. Tan a gustito o más que aquel famoso torero tocando palmas.

El día antes vi una imagen semejante. Una peregrina, descalza, recostada en un banco frente a la Biblioteca Pública, la mochila a un lado, y un libro -no atisbé ni el título ni la lengua en la que estaba escrito- entre las manos. Leía ajena al acordeón que tocaba un bolero en una esquina, a la gente que pasaba por su lado, a los que la miraban entre la curiosidad y la envidia… El mundo se había detenido a su alrededor. Ella ya formaba parte de otro. Quizás seguía los pasos a un irónico inspector en busca del asesino de un deseado actor, tal vez intentaba comprender por qué ese chico se había acostado con una mujer que podría ser su madre o se había metido en la piel de ese hombre atormentado que un día se integró en un comando terrorista convencido de que con cada bomba lapa que estallaba se acercaba la salvación de su pueblo.

¡Son tantas las posibilidades! ¡Tantos comienzos! ¡Tantos nudos! ¡Tantos desenlaces! ¡Tantas maneras de contar! ¡Tantas de rimar! ¡Tantas y tantas páginas por las que perderse! Con un libro entre las manos siempre se está muy a gustito. Y la Feria del Libro, que convierte El Espolón en una fiesta hasta el próximo domingo, lo pone muy, muy fácil. Y con descuento.