Fracaso colectivo
SI ACOSTUMBRAN a asomarse a las páginas del periódico que ahora mismo tienen entre manos se habrán percatado del hecho que inspira estas líneas. Dos titulares vinculados con la economía han compartido protagonismo esta semana. Dos titulares que, a priori, parecen contrarios pero no lo son, tristemente. Dos titulares que dibujan a la perfección la nueva realidad amanecida tras la violenta crisis que, cual tormenta, ha modificado el paisaje. Ese que se asemeja al que resulta del paso de un huracán: calma tensa, tranquilidad entre los destrozos y de fondo, el dolor.
Cáritas difundía el martes los datos de su actividad en 2015. El balance es realmente demoledor: más casos atendidos, más intervenciones y una miseria que se cronifica y, ojo, se hereda. El concepto asusta. Y aún más cuando se explica que ya existe toda una «generación de la crisis» que ha crecido acompañando a sus padres a pedir ayuda a las organizaciones sociales para subsistir y ahora, al borde de la emancipación, se ve empujada a hacer lo mismo ante la falta de oportunidades.
El sucinto informe que la entidad diocesana repartía a los medios de comunicación incluía una sentencia turbadora: «Se detecta un aumento de jóvenes sin expectativas de futuro». ¿Tienen hijos? Duele aún más, ¿verdad?
48 horas después de trasladar este panorama, afortunadamente acompañado con la respuesta que quienes trabajan en primera línea tratan de cambiar, caían en mis manos los datos del paro del mes de mayo. La noticia es la noticia, claro, y el descenso de las cifras resultaba obvio. Hechas las cuentas más inmediatas salía a relucir la ‘cara B’ de lo que, en principio, parecía un avance positivo. El desempleo cae, sí. A cambio, la precariedad ha llegado para quedarse.
Y hay quien aplaude su consolidación y se permite el lujo de aconsejar que nos acostumbremos, que se ha acabado el chollo del empleo estable. Ese que, no lo olviden señores patronos, ha producido los beneficios que han pagado los estudios de sus hijos para que tengan expectativas de futuro y no vivan pendientes de ‘cazar’ un currito de unos pocos días en verano para ir tirando. Porque sus negocios, no lo olviden señores patronos, funcionan gracias a la fuerza de trabajo de quien cada día abre las puertas y se enfunda el buzo, enciende las máquinas, limpia o maneja el ordenador.
Me dirán que eso es así y lo será al margen de la naturaleza de los contratos, incluso de la dignidad de los salarios que perciban los empleados. Y claro, tienen razón. A la realidad nos remitimos, ¿no? Pero eso que subrayan es sencillamente una prueba del fracaso colectivo que la pregonada recuperación macroeconómica no alcanza a ocultar.