Diego y las sombras
SALGO EN LUNES Y tendré la suerte de contar de lo que pase el próximo domingo en las urnas repetidas. De nada sirve anticipar y apostar por caballo ganador ni hacer caso a encuestas, soy de los que creo que la mitad de los españoles nos lo pensaremos media hora antes. Por eso, dejemos pasar esta semana en salvas y fuegos de artificio político. Fue ayer otro domingo irrepetible donde los turistas y los de aquí, salimos al centro a dar una vuelta de verano, olfateando los San Pedros de los que aún no hay programa colgado de la web municipal. Que por cierto, no se sabe a qué estarán esperando. Si Burgos tuviese buen tiempo, seríamos más abiertos y nuestro carácter seco sería guasón como en el sur. Una vuelta por Sombrerería al medio día entre charangas y aceite refrito. Como las bravas del Mesón Burgos no hay, aunque las de la Mejillonera recuerdan el sabor de barrio cuando uno fue niño. Con Diego y sin querer, me tropiezo con la catedral a la que para entrar a ver o mirar, hay que pagar. Di que con lo de familia numerosa se queda en la mitad. Hacía mucho que no entraba dentro con mirada atenta a las capillas como hacen los de afuera. Ser de aquí y estar dormido a lo que tenemos es, casi lo mismo. De casualidad, el Papamoscas rompía su boca de sonido amartillado. La luz de mediodía entraba por los muros de piedra dibujados con vidrieras emplomadas. Llenas de brillos y sombras, las capillas están como en origen fueron esculpidas. Desde el trascoro a la Capilla de Santa Tecla con la fuerza de Churriguera. Luego en la de Santa Ana donde el Arquitecto Padre, Juan de Colonia dejó que la terminase su hijo Simón, en momentos de Gil de Siloé. Algo tiene la arquitectura que une a padres e hijos. El tiempo ha corrido muy de prisa desde el XV. Por la trasera de Fernán González, sellada a cal y canto, la puerta de Coronería y su escalera dorada la terminó el arquitecto Diego de Siloé en 1.523. Un juego visual donde al encontrarse de frente a ella, pierdes la noción del espacio y tiempo. Los monjes leyeron los neumas desde sus 59 más 44 escaños tallados por Vigarny el Borgoñón. Todavía resuena su aliento. Retablo Mayor, Capilla de la Natividad, Sacristía Mayor. En el epicentro de la cruz se siente el peso ingrávido del Cimborrio imposible de construir. Linterna gigante de piedra y cristal que flota entre ángeles. No son trompas, sino cuatro pechinas las que cambian el ritmo geométrico del ocho a cuatro. Prueba de examen para un estudiante de arquitectura en Pamplona como mi hijo, por culpa de quien me he reencontrado con las marcas de cantero. Los Colonia lo hicieron y sólo ellos sabrían repetirlo. Sin palabras para la Capilla de los Condestables, mecenas. Sin palabras para los dos claustros de silencio. Gracias, hijo. Gracias, Diego.