Un señor con principios
SOÑABA CON estar rodeado de un enjambre de periodistas y fotógrafos. A veces hasta creía que no le importaría descubrir detrás de la farola frente a su casa a un paparazzi que diera a conocer su lado más humano. Nada le gustaría más que llegar a la barra de un bar y sentir las miradas del resto de parroquianos clavados en su chepa. Incluso se imaginaba peleando con el camarero para pagar el café, aunque finalmente siempre tuviera que aceptar la invitación. Tampoco le disgustaría que interrumpieran su bocado de tortilla para pedirle un selfi o un autógrafo garabateado en una servilleta para una suegra declarada fan absoluta suya. Le encantaría ir a comprar al mercado y escuchar al charcutero un buena suerte y al panadero, un enhorabuena, ver a la carnicera guiñarle un ojo cómplice, recoger una rosa regalada por la florista… E incluso, incluso, dispuesto estaba a verse obligado a abandonar esas rutinas para evitar ser reconocido y adoptar la actitud misteriosa de las grandes estrellas. Una visera exagerada por aquí, unas gafas de sol escandalosas por allá. Alguna vez hasta se veía ensayando frente al espejo una cara de cabreo para cincelarse una fama de personaje maldito.
Lo tenía difícil. Y según pasaban los años, más. De cuando en cuando, ponía todos sus principios sobre la mesa. Los miraba. Los repasaba. Y se preguntaba por qué no podía seguirlos. ¿Qué clase de bloqueo sufría? ¿Qué patología padecía? ¿Qué trastorno genético había heredado? ¿Quién le había echado ese terrible mal de ojo?
Por más que se formulara estas cuestiones nunca hallaba respuesta que le consolara. Ninguna musa ni ningún hado salían en su auxilio. Y siempre llegaba el momento de poner los pies en el suelo. Resignarse a ser un tipo mediocre, un negado, limitado para ir más allá de sus principios, sin capacidad para continuar ningún cuento. Jamás despertarían del sueño de los justos. El ejecutivo que tenía en una pisoteada servilleta a la chica de sus sueños, la abuela que acudía todas las mañanas al puente de los enamorados para ver si su Sabiniano había sellado su amor con un candado, el parado de larga duración que cada noche esperaba poder fotografiar a Marte en el firmamento... Era, definitivamente, un escritor frustrado.