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Fue esa primera vez cuando Juanjo entró en mi pequeña oficina con un prisma envuelto en tela bajo el brazo. Ahora se habla de clonar viejos libros y entonces lo llamaban facsímil. Esperaba un comercial refinado con afán de meterme por los ojos algo irreverentemente invendible para la gente de a pie. Me contó cosas que no podía imaginar, porque conoce su profesión mejor que nadie y sobre todo, le apasiona. Corría el año 92 y supe de su boca que en Santo Toribio de Liébana, también había un Beato que le daba nombre. El de Fernando y Sancha que aún abro de vez en cuando y me hace imaginar al monje que lo minió y escribió con caligrafía perfecta. Me habló del papel vitela de cordero no nato usado para fabricar las hojas sabiamente encuadernadas. Del Apocalipsis contado en el árbol genealógico que llegaba hasta Adán y Eva con dibujos en perspectiva que se adelantaron seis siglos al Renacimiento. Burgos ha sido tierra de buenos libreros medievales y le toca a Mr. Juan José García de Editorial Siloé, cantar al mundo global que desde Burgos se mira al futuro, leyendo el pasado. Le ha echado el ojo al manuscrito Voynich y como un ladrón de guante blanco, usando la llave maestra de su currículum irrepetible como orfebre de la reproducción de incunables, le han abierto la bóveda de la biblioteca Beinecke de la universidad de Yale. Será el único que tenga la magia de repetir 898 veces, el misterio de ese libro medieval. Después, romperá las planchas y las réplicas autentificadas ante notario, no se reproducirá en decenas de años. Y todo esto sin ayudas institucionales de aquí o de allá. Un ejemplo de empresario que con poco hace mucho y se revela ante la tontería de la burocracia y escoge con lupa a sus amigos. La esquina escondida en la espalda de nuestra Plaza Mayor, cuenta desde su Museo del Libro, la historia en la trasmisión del conocimiento con el pergamino y la invisible red social. La información, investigación, pasiones y la historia necesitan un soporte para perdurar en el tiempo y no está nada claro que los discos duros y la nube digital, ofrezcan estas garantías. Por eso nos gusta tocar la letra y sentir su olor a tinta fresca. No creo que nuestros datos pasen a generaciones futuras sin que los guardemos en finas láminas de platino y las enterremos en las bodegas. Unos pocos privilegiados pondrán comprar los clones del manuscrito más raro de la historia, donde los secretos dibujados se traducen en un una lengua desconocida. Emoticonos alienígenas o Esperanto del s. XV. Quién sabe. Enhorabuena, testarudo Juanjo.