Las malas madres
EL QUE UN adulto no se hable con su madre es algo que nos deja sin palabras. Es un auténtico tabú decir que tu madre es una mala persona; y, salvando las distancias, me recuerda al silencio de las víctimas que han sufrido abusos sexuales, pues casi siempre el abusador suele ser una persona cercana, incluso familiar y, cuando la víctima cuenta lo ocurrido, nadie la cree.
La israelí Orna Donath publicó su trabajo bajo el título de Madres arrepentidas. En el libro entrevistaba a madres que, pese a reconocer querer a sus hijos, afirmaban con pertinaz contundencia que se arrepentían de haberlos tenido. Madres que no soportan ese papel, que no quisieron ser madres, pero cara a los demás sonríen en una especie de felicidad ficticia. Un libro que muestra el imperativo de la sociedad de ser madre y, además, buena madre. Si no tienes hijos será un desastre, serás una egoísta -dicen-.
Ahora bien, habría que retroceder algo más para encontramos autores como Bowlby y Freud, que definieron con singular precisión la importancia del apego y las muchas consecuencias emocionales que tiene en nuestra vida adulta esas primeras relaciones. Sin embargo, el tener hijos por obligación, por presión, genera muchas desagradables consecuencias a largo plazo; no pocas veces esa impotencia, incluso rabia es dirigida contra los propios hijos, hasta reconocer en público no haber querido tenerlos.
Decía la psicóloga Olga Carmona sobre las madres tóxicas: se trata en la mayoría de los casos de mujeres muy narcisistas o infantilizadas, que nunca asumieron el papel de madre y que siguen filtrando el mundo a través de su necesidad y su deseo. Otras son mujeres amargadas, cuya vida no se parece en nada a la que esperaban, profundamente infelices, que usan como chivo expiatorio a sus hijas proyectando en ellas el foco de su insatisfacción. Hay diferentes tipos de madres tóxicas, pero todas incluyen la culpa, la manipulación, la crítica cruel, la humillación, la falta de empatía, el egocentrismo puro.
Estando muy de acuerdo con esta autora, hay dos cuestiones que bien podríamos matizar: la primera, no creo que se pueda considerar un síndrome como propone la autora; y la otra, no se trata sólo de madres que odian a sus hijas, son madres que pueden odiar tanto a unos como a otros.
Como solución nos comenta que es imprescindible hacer un duelo: despedirnos definitivamente de la madre que no tuvimos, que ya no vamos a tener y no seguir buscando con manotazos de ahogado maneras infructuosas de compensar ese oscuro hueco.
En definitiva, en nuestra sociedad, cuando hay un conflicto entre padres e hijos, la gente se suele poner de parte de los padres, pero tener hijos no debe ser reconocido per se, ni constituye una garantía de responsabilidad, ni mucho menos de madurez. En las consultas de psicología nos encontramos con muchas personas que tuvieron madres de este tipo y su sufrimiento y su angustia son muy grandes y duraderos. Celebremos la caída de este tabú.