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SIN NECESIDAD de ponerse nostálgico, unas gotas de sensibilidad para quizás, la palabra más bella que hayamos dicho. Madre. Mamá. La olvidamos al emparejarnos y hacer nuestras vidas, día a día. Hijos y las esposas nos hace verlas como abuelas o suegras. Extraña condición de quien nos sacó del mundo de los sueños, al real donde hay penas y alegrías. Se hacen niñas de pelo blanco y por no molestar, dicen preferir, recluirse en el asilo donde los hijos aparecen por turnos rotativos. Madres del mundo, la vida os devora como una mantis religiosa. Pero tienen esa singularidad especial que no existe en ningún otro género ni especie. Son el reloj del tiempo y de ellas para atrás y adelante, todos somos aves de paso. Desde la buhardilla donde escribo esta columna a última hora de la tarde de ayer, se escuchan mirlos revolotear y entra el fresco que apaga el sol de mayo. Tarde sincera de familia, donde abuelos hijos y nietos gracias a Dios, hemos llenado una de las salas de un conocido restaurante a la entrada del Polígono Industrial de Villalonquéjar. El abuelo se acerca a los noventa y ella, diez menos. Ya llegamos a veinticinco de familia por culpa de mi madre, de quien he heredado la hipertensión, fiebre del heno e intuición para adivinar lo invisible. Leonesa del Valle de Valdeón donde sólo hace sesenta años se atrevían a entrar los osos y osados como mi padre. Abrió carreteras donde había sendas. Cuando aún la tienes, te permites el lujo de que te llame hijo. Y si eres padre y tus hijos vuelan de casa, aprendes rápido la primera lección de la vida, volver donde tus padres a menudo. Les alegra el corazón tanto más que si tus hijos vuelven a la tuya. Difícil hacer la pregunta a la mujer que no ha sido madre por mil razones respetables. Difícil hacer la pregunta a quienes teniéndola, no han sabido ser hijos. Difícil preguntar a una madre lo que se siente cuando el contador del tiempo se rompe y pierde un hijo y no, al revés. Recuerdos de olor de Vicks Vaporup y polvos de talco. Chocolate a la taza. Sábanas recién planchadas. Lejía en el suelo. Domingos de misa. Es la única persona en el mundo que me llama como siempre me llamó desde niño, ‘tino’. Es quien desde los doce años que escribo en el Correo de Burgos - El Mundo, lee cuanto digo. A veces, no me entiende. Recorta esta tira y la guarda. Tuvo cuatro chicazos y al final, mi hermana. A todos nos quiere lo mismo y a ninguno nos engaña. A cada uno de nosotros nos contó esos cuentos de su aldea donde se escuchan lobos de verdad, hasta la madrugada.