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EN PLENO AGOSTO, tirados a la bartola nos sale lo que somos. Mañana es la fiesta de todas las fiestas, las chicharras arden al ritmo de su canto. Invisibles. Quien tenga la suerte de estar ya de vacaciones, que aproveche y cargue pilas, que en nada hay que volver y alimentar la rueda de la fortuna en la que todos jugamos. Aun me queda alguna hora para terminar de llenar la maleta y salir bajo mínimos. Este año, se me escurre entre los dedos con igual velocidad a la del agua en las charcas de Poza de la Sal. Se nos escapan los minutos, las horas y los días sin que seamos demasiado felices que digamos, ni hagamos que lo sea nuestra gente más cercana. Una parte de nosotros estará durante este mes, conectado a la realidad física de chiringuitos, playa y montaña. Otra onírica, dormirá para descansar y dejar nuestras neuronas que se regeneren y reconecten micro eléctricamente. Triste destino el de las especies como la nuestra, que hemos tenido que romper el sueño por accidente, para despertar a la mañana y ganarnos el pan, alimentarnos, defendernos, aprender y olvidar. Conquistar territorios. Nada de esto se puede hacer dormidos. Soñar es el estado natural que la vida necesita. Estar despiertos es una obligación antinatural que ni biología ni razón ni el pensamiento, entienden. Vivir la vida es, sentirla a bocajarro y tal cual viene, trae cosas preciosas y amarguras sin medida. Un valle de lágrimas, dicen los viejos. Lo que digo puede ser verdad porque si algo prospera y avanza como el rayo es, todo aquello que, estando despiertos nos hace soñar sin cerrar los ojos. Imaginar mundos desconocidos, entrar en la vida de otros, y proyectarnos a lugares que nunca llegaremos. Todo, sin cerrar los ojos y muy despiertos. Escapar de la cruda realidad es lo que necesitamos más que nada. Cada clic en el Smartphone o en el pc nos mete en mundos imaginarios tan parecidos a los sueños de niño que vivimos sin dolor ni tentaciones. Dejamos de ser lo que somos y virtualmente viajamos, entramos en dormitorios prohibidos o matamos sin sangre a nuestros eternos enemigos. La red nos enreda como con su gran tela de araña que confunde la real y lo imaginado. Pero no es lo mismo, imaginar que soñar. Esa suerte que tienen los niños de ver en color otros mundos, cuando duermen plácidamente la siesta, se perdemos poco más allá de la adolescencia. Llevo muchos años sin soñar de verdad. Suplantamos artificialmente ese don, por realidades virtuales que se pegan como lapas y cierran la puerta a los sueños. Ojalá podamos soñar algo, estas vacaciones.