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ELLA SE frota la barriga. Está preocupada. Él la mira y sonríe. Eso la calma. Quedan tres semanas para el gran momento, más o menos. ¿Podrán con ello? ¿Cambiará mucho su vida? ¿Sabrán atender a su hija? Su hija... ¿Cómo será? ¿Ganarán lo suficiente para los pañales y los potitos? ¿Volverá a caer la producción en la fábrica? Ojalá que no, medio año en blanco les obligaría a estrecharse el cinto hasta casi la asfixia... Menos mal que ella siempre puede volver a la hostelería. Será por contratos, hasta cinco llegó a encadenar antes del embarazo. Se frota de nuevo la barriga.

Tras ellos, en el autobús, un rostro nublado apunta a pensamientos opuestos... Cero esperanza. Las pruebas no dejan lugar a dudas y morirá, en poco tiempo. Casi mejor, menos sufrimiento. ¿Y quién se lo dice? Su padre, ese que todo lo podía, se enfrenta a una batalla perdida. No será sin que le arropemos y agarremos fuerte su mano.

Junto a él, un joven mira la pantalla de su móvil. Se encamina a su primer día. Está contento. Es una sustitución pero algo es algo. A ratos se lamenta de haberse lanzado, cuando el miedo escénico le puede. Pero no, hay que intentarlo, alguna vez debe ser la primera. Y además no ha tenido que irse fuera, como su primo.

Hoy el viaje era gratuito y se nota, hay más gente de lo habitual en esta línea. El conductor sube la radio. Suenan idiotas por doquier, discursos teñidos de colores, trapos enarbolados que sirven de excusa para todo, señores y señoras que se ponen muy serios y muy dignos jaleados por otros, más airados, a ras de suelo o en la nube, que, entre santos y demonios, ignoran que están donde están por casualidad, a uno u otro lado de fronteras imaginarias cuya utilidad -positiva- aún espero que alguien me explique.

Y mientras la vida y la muerte siguen su camino, el de la pura realidad -a veces delicia, a veces veneno, a veces nada-, el del día a día de las personas, que eso somos todos, absolutamente todos, despojados del resto: carne, miedo y lugares comunes. Que hartazgo y que pena. Que cansinos todos. Sí, todos, afirmo con insolente equidistancia. Ellos, todos, la alimentan cada minuto, con cada paso y con cada palabra pronunciada en nombre de conceptos tan intangibles como deformables que, de tanto estirar, sirven para tapar cualquier miseria, menos las cotidianas de los particulares que los colocaron -solo algunos, conste- en los púlpitos desde los que hoy vociferan.

Última parada, fin de trayecto. Todos bajan. La radio se ha quedado encendida.