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Puestos a medir el caché de nuestra ciudad y temperatura a la que funciona su maquinaria, bien pudiéramos meterle el termómetro por el “insigne agujero” que lo mide todo. Desde luego que en lo demás seguimos siendo como fuimos hace una década, pero en una cuestión excepcionalmente importante, somos de tercera regional. Hubo un tiempo en el que uno iba a pedir un préstamo personal o de empresa, abajo a la esquina, donde estaba el director de sucursal que conocía nuestras dolencias. Casi como un padre o hermano, nos miraba a los ojos y ya adivinaba cuanto y hasta dónde podía darnos. Todo era discreto, amigable y con un cierto aire de confesión penitente. Con cuatro papeles y poco más, además de un cachete en la mejilla, teníamos el colchón para seguir tirando. Casi todo Burgos rezábamos a los santos de Caja del Círculo Católico de Obreros y de la Caja de Ahorros Municipal. He vivido en tiempos buenos, préstamos otorgados por importe de un millón de euros a empresarios de aquí, de un día para otro. Así, como suena. De un día para otro. Pero el río que arrastra las piedras, arrancó de cuajo esas dos cepas. Fueron nuestras y nosotros de ellas. De nuevo, hubo tiempo para que prohombres clarividentes y de seso avezado, mediasen y de dos hiciesen una mayor y más fuerte. Tenemos lo que merecemos, seguimos saludando y estrechando manos de mediocres que cortan el bacalao burgalés en todos los ámbitos. Ya se encargaron de otear el horizonte, Caixa e Ibercaja. Jugaron lícitamente a la ley de la selva submarina. El grande se come al chico. Así ha sido siempre. Nuestras cajas de ahorros apoyaban proyectos de Burgos y para Burgos donde hiciese falta. Ahora, que necesitamos dinero rápido y seguro, mendigamos en sucursales donde ni siquiera los empleados se conocen, y si lo hacen, juegan a los dados la fecha de su prejubilación. Caixa e Ibercaja han entrado a saco en una ciudad rica como la nuestra, sin heredar el “ statu quo” que al que estábamos acostumbrados y merecíamos. Ahora somos un expediente más, que se resuelve fuera de nuestro término municipal. Ambas han cerrado, a ojo, la mitad de las oficinas de barrio. Han removido de su sitio, empleados y directores a otras ciudades, a otros lugares. O lo coges o lo dejas, esto son, lentejas. Con la perspectiva del tiempo, quizás pueda verse quienes han ganado con esto, porque siempre hay pescadores de río revuelto. Hemos perdido músculo financiero y fuerza para correr más ante otras ciudades. Aún queda algún letrero puesto en lo alto de los tejados que recuerdan esas letras. Municipal y Obrero.