El Correo de Burgos

Disneyland, el bebé y los agujeros

Las historias encajan unas con otras como un puzle en la plaza Santa María

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Burgos

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A.S.R. / Aranda

Mayores, jóvenes, con más o menos apuros, más o menos entusiasmo... Las historias encajan unas con otras como un puzle a la puerta de la sede de la Peña El Chilindrón. Desde la chica que salta como la que más y dice no haberle tocado nada pero se alegra por la revitalización económica que supondrá, hasta el caballero que se emociona hasta la lágrima porque ve solucionada la vida de sus dos hijos discapacitados. Esta vez la alegría no va por barrios. Toda Aranda, y el resto de la comarca ribereña, se siente tocada por la varita de la diosa Fortuna (aunque alguna se tomara el café amargo).

José Félix Rojas, El Botones, es un histórico de la Peña, ha sido tesorero más de veinte años, lo había dejado hace poco por la edad pero todavía seguía más que ligado a ella. Él ha sido el que ha vendido la suerte a muchos de sus compañeros de la Michelín. Pero sobre todo, sobre todo, se le enturbian los ojos cuando se acuerda de sus dos hijos discapacitados, Víctor y Sergio, a los que la lluvia de euros los llevará hasta Disneyland. Lo suelta a vuela pluma su padre, que vislumbra una jubilación más dorada de lo que había pensado y antes de recibir un señor beso de su hija, otra afortunada.

El Botones no puede enlazar dos frases seguidas. Cuando no le interrumpe uno para abrazarle como si al día siguiente se acabara el mundo, llega otro al que le vendió un décimo u otro para hacer chinchín con el botellín. «Cacho cabrón, te di uno...», suelta por ahí.

Lo suyo es un no parar. Es uno de los más mentados. Precisamente, vía El Botones llegó el décimo hasta Esther Hernando, que pasea como si tal cosa por la calle Santa Lucía. Se ha enterado mientras planchaba y ya no ha podido domar más arrugas. ¡Y qué le importaba! Cuando ha oído el nombre de Aranda por la tele, ha cogido su baraja de décimos y participaciones, ha comprobado los números, los ha vuelto a comprobar y... ¡Martín, que nos ha tocado la lotería! Entonces se ha lanzado a la calle y ya vería qué hacer con los 125.000 euros. Se dará algún capricho, seguro, y el resto será, no podía ser de otra manera, para tapar agujeros. «Está muy bien porque se va a mover el dinero y eso es lo que hace falta ahora», dice nerviosa y sin saber poner palabras a lo que siente.

Esther se aleja del bullicio, pero Eva Martínez lo busca. Blande la fotocopia de color con el 42.260 como si fuera el mayor de sus tesoros. Y lo es. «Es una ilusión muy grande, impresionante, viene muy bien el dinero en la familia». El décimo es de su padre pero tiene claro que lo que toca en casa es de todos. El aludido, Ignacio, lo confirma cuando se suma a la fiesta con su mujer, María Isabel, a la que planta un beso que para qué. Tampoco él puede pintar lo que siente. «Es una cosa que no se puede describir, como cuando uno tiene un hijo, es la misma sensación, aunque distinta a la vez, claro».

Cerca, Antonio, El gitano de Villanueva, afirma tener un nudo en el estómago que no sabe desanudar desde que le ha llamado un amigo que trabaja en la Administración de Lotería. «He empezado a saltar por casa, no me he matado de milagro, pero de puta madre», sostiene. ¿Qué va a hacer con esos 125.000 euros? Lo tiene claro: «De momento, convencer a la chavala para ver si vamos preparando una niña e invertirlo en ella». Ahí lo deja.

Precisamente para sus hijos serán los euros que le han tocado a Rosa. En cuanto uno de ellos, Antonio, vaso en mano y muy contento, ve un micrófono se acerca a su madre y ella, que se deja querer, le dice, socarrona, que le subirá la paga, pero él pide un coche, y, por qué no, un piso. Ella contraataca y lo deja en el viaje de fin de estudios y un traje. Para su hija, que está en Galicia y es quien le ha dado la buena nueva, también quedará algo.

Más tímido se muestra Mikel Tudanca. Lo celebra con un cachi de cerveza en la mano. Él es de la Peña La Capea e intercambia todos los años un décimo con su hermano, de El Chilindrón. «Todo irá para el banco, para pagar la hipoteca».

A lo lejos, suena la charanga. A todos sus músicos les tocará algo. Y Rebeca Cuadrado baila la jota sola, no necesita a nadie. Está que lo tira, aunque no le ha tocado. A ella no, pero sí a sus padres, primos, tíos... «A mis padres les hacía muchísima falta y para mí es un desahogo por ellos. Mi padre es pintor y la construcción en Aranda se ha nota muchísimo. A mí me tocó en septiembre con un trabajo. Estoy feliz, feliz, feliz por toda mi familia», espeta. «Somos la familia Pisos Pagados», bromea. Unos apellidos que desde ayer se multiplican en la comarca.

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