El Correo de Burgos

Refugiados: el drama de un viaje de ida y vuelta

La burgalesa Sara Peña narra su experiencia como voluntaria en el Centro de Refugiados de Canicarao (Italia)

Un partido de fútbol que permitió a los usuarios del centro volver a jugar al deporte que todos adoraban.-

Un partido de fútbol que permitió a los usuarios del centro volver a jugar al deporte que todos adoraban.-

Burgos

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El sueño de Sara Peña Velasco es ser enfermera cooperante. Sus visitas a países como voluntaria no son nuevas. Pero este verano, gracias al programa de voluntariado europeo Comunidad Vida Cristiana (CVX), en vez de viajar a algún país de África eligió Italia. Recaló en Ragusa, un pueblo costero de Italia donde se produce la llegada masiva de refugiados procedentes de la ruta más dura, la de Libia. Así que volvió a estar en contacto con senegaleses, visitó este país el año pasado en un programa de la UBU donde el pasado curso terminó Enfermería. También había refugiados de Bangladesh, Egipto, Gambia, Guinea Conacri, Mali o Chad. «Esta experiencia me ha cambiado la vida, me han enseñado más de lo que yo he podido aportarles a ellos».

Durante los meses de verano formaba parte del grupo de voluntarios que trabajaban por llenar de ocio el día a día de 40 chavales con historias «duras, muy duras» a sus espaldas. El trabajo se realizaba en el Centro de Atención a Refugiados de Canicarao. «Es tal la afluencia de personas a estas costas que en este puerto hay tres centros de atención a refugiados, todos llenos». Después de su experiencia con este grupo de personas que «han padecido miseria, hambre, han visto morir a compañeros de viaje en el mar, han padecido incluso la esclavitud y te das cuenta que la crueldad existe, es real». Esa necesidad de sus compañeros de sobreponerse es lo que más ha impresionado a Sara que, hoy, es una inmigrante más en Brighton (Inglaterra). Allí se ha tenido que ir, como sus compañeros de Canicarao, en busca de un futuro que su tierra no le da. «La diferencia es que yo voy en avión, con contrato de trabajo en un hospital pero al final soy igual que ellos como siempre les decía».

Con sus cinco compañeros (de Venezuela, Austria e Italia) se encargaban de organizar actividades educativas y lúdicas para los internos. Por las mañanas tocaba clase de italiano «el idioma es muy importante para lograr su objetivo, encontrar trabajo». En su caso enseñaba el alfabeto latino ya que la mayoría hablaban árabe. Comían con los internos y después tocaban actividades con las que «intentar que se evadieran de lo que habían vivido». Era difícil. «Sus historias ponen los pelos de punta, allí aprendí que la ruta de emigración más cruel es la de Libia donde pasan más de un año trabajando para poder pagar el viaje (600 euros) en una barca inestable hasta Europa. Estan allí un año y las mafias campan a sus anchas», relata.

Por eso uno de los primeros objetivos de todos ellos era llamar por teléfono a sus familias para decirles llegué, estoy vivo. «Cuando nos incorporamos habían llegado siete personas nuevas, el centro está lejos del pueblo, a media hora andando, aún así fuimos a buscar una cabina para que llamaran. Tardamos casi dos horas y media pero mereció la pena solo con ver sus caras y la emoción que nos embargó a todos».

Al estar en un entorno rural las rutas eran habituales y el ejercicio físico también. «Muchas veces nos decían que tenían la cabeza llena de tanto sufrimiento que habían visto, que no podían aprender nada pero un simple partido de fútbol les hizo sentirse los hombres más felices». Poco a poco los voluntarios empezaron a ganarse la confianza de los refugiados pero el agradecimiento era mutuo. «Hacíamos actividades lúdicas, para entretenerles y divertirnos juntos limpiamos un campo de voleibol, jugamos aunque mi equipo perdió, pintamos camisetas y nos propusimos un proyecto, hacer un cesto para la ropa». Esa fue una gran historia. «Se sienten incapaces de lograr algo y teníamos que empezar por pequeños retos, el del cesto fue grande cogimos bambú que había por la zona, con parte de una silla y lo logramos... necesitan pequeños retos que aquí no parecen nada pero les ayuda a recuperar su autoestima».

Vuelve de allí con pena. Le dicen los trabajadores del centro que la mitad no logrará su objetivo, ser refugiado y encontrar un trabajo. Tendrán que volver. «No quiero pensar en su frustración, volver ¿a donde? ¿A su país? Será un fracasado. ¿Al desierto? Los matarán.... Son algo más que un número y Europa está tardando en dar respuesta».

Sara sigue en contacto con algunos de los usuarios del centro. El teléfono y las redes sociales unen distancias. Sabe que muchos llaman cada poco a su familia para decirles «no vengáis, no merece la pena». Una experiencia traumática y occidente sigue mirando a otro lado.. «Los trabajadores del centro decían que ellos tenían suerte de que estuviéramos allí pero te puedo asegurar que la suerte ha sido mía».

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