EDUCACIÓN
Érase una vez un colegio sin límites
En pleno corazón de la ciudad, el centro de educación especial Fray Pedro Ponce de León trabaja con 67 alumnos de entre 3 y 21 años con el empeño de potenciar sus capacidades

Domingo, en un taller de trabajo manual con Jairo y Darío..-RAÚL G. OCHOA
Érase una vez un colegio sin límites donde todo se antojaba posible. Un espacio que tras un último estirón multiplicaba las oportunidades de sus ocupantes. Un rincón escondido a plena vista, en el corazón de la ciudad, en el que los obstáculos se derriban a golpe de esfuerzo, ingenio y ganas, muchas ganas. Un mundo pensado para ver con las manos, sentir en colores, aprender con un cocido de garbanzos o transformar la silla de ruedas en trampolín.
Y ese lugar que se era es, de hecho, el centro público de educación especial Fray Pedro Ponce de León. Se cumplen cinco años de la ampliación de unas instalaciones cuyo origen se remonta a 1981. El aniversario se presta a asomarse a su actividad, esa que permite ampliar horizontes.
En la actualidad, 67 alumnos de entre 3 y 21 años ocupan sus aulas en los tres ciclos formativos que imparte: Educación Infantil, Básica y Programas de Transición a la Vida Adulta. Algunos acuden además a centros ordinarios mediante escolarización combinada, con la vista puesta en la inclusión. Este colegio -que cuenta además con residencia para aquellos escolares afincados en otros puntos de la provincia- recibe, a instancias de informes que así lo indiquen, aquellos casos más severos que precisan recursos, continuos o puntuales, que no les pueden ofrecer en otros lugares.
De responder a las necesidades de cada uno de ellos se encarga un equipo multidisciplinar que supera el medio centenar de profesionales: docentes, enfermeras, fisioterapeutas, auxiliares técnicos educativos, logopedas, trabajadora social, orientadora, educadora y personal de servicios. A los mandos desde hace siete años se encuentra Ana Isabel Ojeda, directora entusiasta que como anfitriona se regodea en cada detalle, sobre todo en los que marcan la diferencia, y son la mayoría.
«Aquí se trabaja de forma personalizada y en comunicación permanente con las familias. El objetivo es ajustarse a las necesidades de cada niño y dar una respuesta adaptada para potenciar sus fortalezas», explica. La búsqueda de recursos para alcanzar esta meta es continua. «Y si no los tenemos, los inventamos», apunta Ojeda, orgullosa. Es ahí cuando los muros caen.
«Buscamos programas o adaptaciones técnicas que fomenten la accesibilidad. Contamos además con el apoyo de la Universidad de Burgos para diseñar las herramientas que no existen», relata la directora. No faltan ejemplos.
Algo tan sencillo como el manejo de un ordenador puede resultar una ardua tarea para niños con dificultades motoras. Pues bien, el Fray Pedro Ponce de León siempre encuentra la manera: «Probamos el sistema Iriscom, que permite controlarlo con el movimiento de los ojos pero no todos pueden beneficiarse pues exige un importante control cefálico así que ideamos pulsadores especiales, incluso para manejar con el pie». Y lo imposible se convierte en real.
A lograrlo contribuye «el trabajo en equipo y la mentalidad educativa compartida por todos los profesionales», indica Ojeda. Confiesa que ese aporte mutuo la encandiló cuando aterrizó en el centro y trata de mantenerlo con programas de formación interna que ponen en común los conocimientos. Así, las fisioterapeutas ofrecen las claves para el control postural, las enfermeras enseñan a reaccionar ante una crisis, la orientadora brinda pautas de modificación de la conducta.
Inclusión social
Tal suma de esfuerzos busca elevar la calidad de la atención a los niños y jóvenes, que en este colegio son algo más que estudiantes. La sensibilidad del ‘exterior’ hace el resto. Y es aquí cuando la directora se detiene para alabar la actitud de una ciudad que considera volcada con la discapacidad y que en la actualidad ofrece recursos de todo tipo a los afectados y sus familias, «aunque hay que seguir avanzando».
Los conocen y los aprovechan, empeñados como están en el Fray Pedro Ponce de León por la inclusión social. «Participamos en la vida cultural y social todo lo que podemos», señala la directora.
También ‘visitan’ otros centros educativos para propiciar la convivencia entre alumnos. «Son encuentros muy bonitos y sirven para dar a conocer la realidad de estos niños con naturalidad. Ayudan a romper ese miedo que pueden provocar en otros por prejuicio y se crean situaciones curiosas. Ocurría por ejemplo en una visita alPadre Manjón, donde los chicos se organizaron para subir a los que iban en silla de ruedas por que querían enseñarles su clase. Sin quererlo se logró que fueran conscientes de las barreras a las que otros niños se enfrentan y sin dudarlo sumaron fuerzas para superarlas», explica Ojeda.
La emoción la inunda cuando, de vuelta a sus ‘dominios’, detalla las actividades que realizan dentro y fuera del aula, en el invernadero, en el aula-hogar, la sala multisensorial o los talleres.
El enésimo repaso de las fotos de las sesiones de hidroterapia en la piscina que lograron gracias a la ampliación (además de otros espacios necesarios y una salida adecuada en caso de evacuación de emergencia) hace aflorar las lágrimas en sus ojos. «Esas sonrisas lo dicen todo», musita. Y es verdad.