El Correo de Burgos

SOCIEDAD

Aulas que carecen de fronteras

Alumnos de distintas nacionalidades aprenden castellano gracias a más de 200 voluntarios de la Asociación Atalaya para mejorar su estancia en España y conseguir legalizar su situación

Inicio del curso para inmigrantes en la asociación Atalaya.-ICAL

Inicio del curso para inmigrantes en la asociación Atalaya.-ICAL

Burgos

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Cada año, septiembre marca el arranque del curso escolar para miles de alumnos. También lo hace para los pupilos que el pasado día 12 retomaron o iniciaron sus enseñanzas en las clases que la Asociación Atalaya tiene ubicadas en un céntrico edificio de la capital burgalesa. A diferencia de los escolares de Primaria del resto del país, estos alumnos carecen de mochilas de cuatro ruedas y de flamantes estuches aún con el etiquetado. Su sonrisa y sus ganas de aprender son lo único que portan en una imaginaria mochila que portan desde que dejaron sus países de origen para iniciar en España un futuro que para muchos no es del todo certero, informa Ical.

A las once en punto comienzan a llenarse las aulas. Iván tiene 65 años y es el más puntual. Reconoce en un tímido balbuceo del castellano que le gusta «mucho» asistir a las clases porque «ahora está jubilado y puede hacer lo que quiera». «Vengo para mejorar mi idioma. Llevo más de 10 años en España y todavía me cuesta mucho escribir y comunicarme con algunas personas». Rumano de nacimiento y de corazón, reconoce que «hay que ser constante» para aprender la lengua de Cervantes. Máxime cuando uno «no tuvo la suerte de ir a la escuela ni de pequeño».

La Asociación Atalaya alfabetiza cada año a más de 300 inmigrantes. Una cifra que aumenta si se tiene en cuenta a los menores a los que se les aportan clases de apoyo gratuitas para favorecer su rendimiento académico. «Aquí no hacemos milagros pero en algunos casos se parece. Para nosotros es muy importante ayudar a personas que llegan sin papeles y sin recursos después de hacer una travesía, que a menudo se produce en una patera, y sin saber nada de castellano», apunta Isabel Olazagoitia, responsable del Programa de Mediación Laboral de Atalaya.

“Son personas que no tienen ningún apoyo familiar y que siempre empiezan de cero”, añade la responsable del centro, que ayuda a cada uno de sus alumnos a iniciar ese viaje “desde el que se parte de cero hasta conseguir que las personas consigan un empleo” y se sientan como en casa. Una tarea para la que son necesarios “al menos tres años”, el tiempo que marca la Ley de Extranjería para poder resolver de forma satisfactoria la tramitación de la estancia legal en España.

La primera palabra que aprenden muchos de los que llegan a las aulas de Atalaya es «papeles». «Saben que es lo que necesitan y por eso se esfuerzan tanto y luchan para aprender bien el castellano y conseguir un empleo», destaca uno de los más de 200 voluntarios que cada semana ayudan a personas de distintos países a conocer un poco mejor los entresijos del lenguaje que hablan en el mundo millones de personas.

Jaminu tiene 35 años y es de Ghana. Mantiene la ilusión del primer día porque es consciente de que ya le queda menos para conseguir su objetivo: «aprender a hablar para trabajar». Llegó hace dos años a Burgos desde Atenas y, como el resto, vive bajo el amparo y la ayuda de los responsables de la asociación. Son los mismos que le animaron a unirse al programa de alfabetización del castellano y a coger un cuaderno y un bolígrafo para aprender cosas como «¿Cómo te llamas? y ¿De dónde eres?». «Ahora lo hago mejor», bromea, ansioso por cumplir los tres años en España y «conseguir papeles». Este curso ha comenzado fuerte para la treintena de alumnos que pasa a diario por las aulas de la asociación. Divididos en seis niveles de aprendizaje, los más aventajados asisten a las explicaciones del subjuntivo mientras que los de nivel medio escuchan de su profesor las diferencias entre las palabras ‘¡Ay! y ‘Hay’. Al fondo del pasillo los de primer curso aprenden vocabulario relacionado con la metereología. «En una ciudad como en Burgos es bueno saber decir hace mucho frío», bromea uno de los alumnos. Las clases se acaban y los alumnos salen del aula con sus carpetas y cuadernos. Saben que es el momento de poner en práctica lo aprendido. Todos son conscientes de que su examen lo hacen día a día en la calle aunque todos esperan que en junio les den un certificado que ponga de manifiesto que han superado el curso sin problemas.

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