CIENCIA
La verdura del antecessor era dura y correosa y la carne, cruda
Los habitantes de Atapuerca tenían una dieta diferente a otras poblaciones del pleistoceno
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El primer europeo, cuyos restos aparecieron en Atapuerca, tenía una dieta dura y correosa. El Homo antecessor, una especie que habitó la península ibérica hace unos 800.000 años, habría tenido un patrón alimentario mecánicamente más exigente que el de otras especies de homininos de Europa y el continente africano. Este patrón único, que se caracterizaría por el consumo de alimentos duros y abrasivos, podría explicarse por las diferencias en el procesamiento de los alimentos en un entorno muy exigente con fluctuaciones en el clima y en los recursos alimentarios, según un estudio publicado por la revista Scientific Reports y coliderado por un equipo de la Universidad de Barcelona, el Instituto Catalán de Paleoecología Humana y Evolución Social (IPHES) y la Universidad de Alicante.
Hasta la realización de esta investigación, la dieta de los homininos del Pleistoceno inferior europeo de Atapuerca (Burgos, España), uno de nuestros antepasados más remotos, se ha inferido a partir de los restos de animales encontrados en los mismos niveles en los que se hallaron los restos humanos: una gran variedad de mamíferos de gran tamaño e incluso tortugas. También se ha sugerido la presencia de indicios de canibalismo en algunos de estos fósiles.
Huella en los dientes
El estudio se basa en el análisis del patrón de las pequeñas marcas en la cara lateral externa de los dientes de los fósiles de la Sima del Elefante y de la Gran Dolina del yacimiento de Atapuerca, cuya densidad y longitud dependen del tipo de alimentos masticados. Los fósiles de Atapuerca se han comparado con muestras de otras poblaciones de homínidos del Pleistoceno inferior y estudio muestra que los dientes del antecessor tienen más densidad de microestrías que el resto de especies analizadas.
«Nuestros hallazgos no nos permiten decir exactamente qué alimentos ingerían, ya que el material abrasivo que provoca las marcas en los dientes puede tener distintos orígenes; pero sí nos permiten señalar que el antecessor tendría una alimentación basada en gran medida en alimentos duros y abrasivos, como por ejemplo vegetales que contengan fitolitos (partículas de sílice producidas por los vegetales que son tan duras como el esmalte), tubérculos con restos de partículas de tierra, colágeno o tejido conectivo y hueso o carne cruda», explica el investigador.
Los científicos sugieren que las diferencias en el patrón de microestriación entre los restos de la Gran Dolina y las muestras comparadas podrían reflejar variaciones culturales en la forma de procesar los alimentos. «La recolección y la caza es consistente con el patrón de desgaste dental altamente abrasivo que hemos encontrado, pero es muy difícil pensar que el alimento disponible en la zona de Atapuerca fuera muy diferente del disponible para otros homininos también cazadores-recolectores. Por tanto, serían las distintas maneras de procesar el alimento las que darían lugar a estas diferencias en los patrones de microestriación dental. Es decir, obtenían, procesaban y consumían el alimento de forma diferente», explica Alejandro Pérez-Pérez, que lidera un equipo que también ha aplicado esta metodología al estudio de la alimentación de los homininos del Pleistoceno del este de África.
Industria más primitiva
Este patrón de gran abrasividad de los dientes detectado en la Gran Dolina contrasta con lo que se ha observado en las especies comparadas en el estudio. «A diferencia de las de Homo neanderthalensis, que tenía una industria lítica más avanzada (denominada Modo 3 o Musteriense), las herramientas que se han encontrado en el entorno del Homo antecessor son primitivas (Modo 1). Estos materiales no facilitarían el procesamiento de los alimentos, como también sugieren las evidencias que indican que utilizaban los dientes para masticar los huesos. Además —continúa el investigador— la falta de evidencias de uso del fuego en Atapuerca apunta a que seguramente se lo comían todo crudo —tanto alimentos vegetales como carne, tendones o pieles—, lo que causaba un mayor desgaste dental».
Para los investigadores, una dieta con un elevado consumo de carne podría tener implicaciones evolutivas. «La carne en la dieta podría haber contribuido a ganar la energía necesaria para sostener un cerebro grande como el del Homo antecessor, con un volumen cerebral de aproximadamente 1.000 centímetros cúbicos en comparación con los 764 del Homo ergaster; pero también representaría una fuente de alimento importante en un ambiente altamente exigente donde los alimentos preferidos, como frutas maduras y vegetales tiernos, fluctuarían estacionalmente», concluye el investigador.
La investigación contribuye a mejorar el conocimiento de las adaptaciones alimentarias de nuestros ancestros y evidencia la importancia de los factores ecológicos y culturales que condicionan la evolución.