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Tecnología que huele el peligro

Un equipo de la Universidad de Burgos ha desarrollado un robot capaz de detectar trazas del explosivo TATP. Gracias a la combinación de sensores ópticos, química avanzada y robótica, el dispositivo identifica el compuesto en el aire con gran precisión y sin intervención humana directa

Imagen de los integrantes del grupo que dirige el profesor Tomás Torroba.

Imagen de los integrantes del grupo que dirige el profesor Tomás Torroba.TOMAS ALONSO

Publicado por
María Merino
Burgos

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Detectar lo indetectable. Esa es la hazaña tecnológica que hay detrás del robot desarrollado en la Universidad de Burgos para identificar trazas de TATP, uno de los explosivos más inestables y difíciles de detectar que existen y que ha sido utilizado en varios atentados terroristas por su facilidad de fabricación y devastador potencial.

Para hacer frente a este reto, el equipo liderado por el profesor Tomás Torroba ha logrado integrar química avanzada y robótica en un sistema autónomo que puede recorrer espacios cerrados analizando el aire en busca de este compuesto. Si detecta trazas, lanza una alerta inmediata, incluso antes de que el explosivo haya sido localizado.

Además, trabaja con una precisión asombrosa: identifica cantidades minúsculas en el aire, sin confundirse con otras sustancias. La clave está en un compuesto fluorescente patentado que reacciona al TATP. El resto del sistema se apoya en una tecnología precisa y bien integrada: luz ultravioleta, sensores ópticos y un sistema de alerta en remoto que avisa en tiempo real.

Un prototipo que, aunque aún no está en el mercado, ya ha despertado el interés de empresas del sector defensa. Porque, aunque pequeño al lado de tanques o drones, ocupa un espacio donde hoy no hay nadie más: el de anticiparse al desastre sin margen de error.

El profesor y catedrático de la Universidad de Burgos (UBU), Tomás Torroba, ha sido el responsable de dirigir este proyecto. Especializado en química orgánica, al comenzar su carrera investigadora se centró en el estudio de heterociclos orgánicos. Más adelante, amplió su investigación hacia los cristales líquidos, y actualmente se dedica al desarrollo de nuevos sensores químicos para detectar toxinas medioambientales y explosivos.

Torroba explica que la idea de desarrollar este robot surgió en el marco de un proyecto nacional de Prueba de Concepto, en el que recibieron una subvención para el trabajo. Actualmente no hay nada parecido en el mercado y detectaron en este nicho un potencial importante: la búsqueda de dispositivos explosivos improvisados de los que a veces utilizan los terroristas para realizar atentados.

Concretamente, se centraron el TATP, triperóxido de triacetona, un material muy volátil pero que no tiene olor, los perros adiestrados no lo detectan bien porque no tiene un aroma característico, tampoco sirven los sistemas del «algodón mágico», ni las tiras de prueba que pasan en los aeropuertos sobre las personas y los equipajes, ya que ese método está diseñado específicamente para detectar los explosivos normales; los llamados explosivos nitrados, como el trinitrotolueno (la llamada trilita), un componente de la dinamita que se usa para todo lo que sea minería o movimiento de tierras, y cuya manipulación es más simple. En cambio, el TATP no se puede utilizar de forma tan sencilla, ya sea en minería o en armamento, porque es demasiado inestable y explota por golpes o cambios de temperatura. Debido a estas características, se ha ganado el apodo de La Madre de Satán porque quienes lo utilizan, pero no son muy expertos, suelen «ver al diablo antes de tiempo» asevera Torroba.

Bajo estas premisas y gracias a la subvención, se centraron en crear una tecnología que permitiera detectar artefactos explosivos improvisados que estuvieran escondidos en un lugar cerrado antes de que pudieran explotar, por ejemplo, si alguien envía una maleta llena del explosivo al maletero de un avión, el robot podría detectar trazas del compuesto en el aire de la sala de almacenamiento o la bodega del avión. Incluso puede emitir una alerta antes de que el artefacto haya sido localizado físicamente, de tal forma que el avión quedaría bloqueado hasta encontrar la maleta en cuestión, y se podría evitar una catástrofe.

En este proyecto, la robótica ha desempeñado un papel clave al transformar un sistema de detección química en una solución autónoma y operativa a distancia. Gracias a esta integración, el dispositivo puede funcionar de forma prolongada sin intervención humana directa, y frente a los métodos convencionales, el robot no se cansa ni pierde la atención. La señal generada por el sistema se transmite de forma remota, lo que permite a un operador supervisar y controlar el proceso desde su oficina, sin necesidad de estar físicamente presente. Esta colaboración multidisciplinar entre los equipos de química y robótica ha sido fundamental para lograr un sistema eficiente, autónomo y seguro.

La base de la detección es un compuesto químico fluorescente, que aumenta la intensidad de la fluorescencia en presencia de trazas del explosivo en el aire, ese aumento de fluorescencia se mide con un fluorímetro, y requiere una fuente de luz para que emita la fluorescencia. La técnica en este caso es sencilla, integraron en el robot un LED emisor de ultravioleta, y un detector de luz con fibra óptica, que se encarga de contar los fotones que se emiten.

El manejo de este autómata no requiere una formación técnica avanzada. Su control se realiza a través de una consola, un sistema cada vez más común en la vida cotidiana. Además, el software es intuitivo: funciona con una interfaz similar a la de un ordenador convencional y una hoja de cálculo tipo Excel, accesible desde un teléfono móvil. En resumen, cualquier persona familiarizada con el uso habitual de tecnología doméstica podría utilizarlo sin dificultad.

Allí donde se ha presentado, este robot ha despertado un notable interés. Un ejemplo reciente fue su paso por la FEINDEF 25 en Madrid, la feria internacional de defensa y seguridad más importante del país, considerada el principal escaparate para mostrar las capacidades tecnológicas tanto de la industria como de las Fuerzas Armadas.

En definitiva, Torroba subraya que este robot representa una oportunidad real en el ámbito tecnológico y comercial, ya que responde a una necesidad concreta aún no cubierta por otras soluciones existentes. Su capacidad para detectar explosivos extremadamente difíciles de identificar, combinada con su autonomía operativa y precisión, lo sitúa en un nicho de mercado muy específico, donde actualmente no tiene competencia directa. Esta singularidad convierte al prototipo en una herramienta con un alto potencial de aplicación, especialmente en sectores como la seguridad aeroportuaria, la defensa y la protección civil.

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