Tres generaciones de Gigantones burgaleses «hasta la médula»
Rubén y Pedro Bujedo, padre e hijo, mantienen viva la tradición familiar que inició hace décadas el abuelo Martín. «Representar a la ciudad de esta manera es súper bonito»

Pedro y Rubén Bujedo, padre e hijo y portadores de Gigatones.
Tiene tanto de arte como de oficio. Y mucho mérito, sobre todo cuando el calor aprieta. Meterse bajo la piel de un Gigantón, cargar su peso y representar a Burgos se asume con gusto aunque uno sude la gota gorda. «Que nadie pretenda aprender esto en una tarde», advierte Pedro Bujedo, porteador desde hace 15 años y segundo eslabón de una cadena que ya suma su tercera generación. Su padre, Martín, abrió la veda allá por los años 80 y su hijo, Pedro, tuvo claro desde niño que quería seguir el legado familiar.
Pertenecer a la Asociación Cultural Gigantillos y Gigantones de Burgos supone, para ambos, un «orgullo». No hay mejor manera de expresar lo que sus ojos reflejan antes, durante y después de afrontar su misión. En realidad, tal y como apunta Rubén, «es el corazón quien lo mueve». Como mínimo, en un «70 u 80%». El resto, obviamente, es cuestión de maña y resistencia física.

Pedro y Rubén Bujedo, con la Gigantona china.
Criado desde niño con estos personajes míticos de la escenografía burgalesa, Pedro se decidió a dar el paso con 17 primaveras. Quería «dar algún tironcillo y aprender» de cara al año siguiente para rotarse con su padre en la Gigantona china. Estaba entusiasmado, pero se lesionó la rodilla jugando al fútbol.
No pudo ser. Tampoco un año después porque tuvo problemas con el codo. Por suerte, a la tercera fue la vencida y tomó la alternativa como porteador recién estrenada la veintena. Ahora, ya curtido en estas lides, se encarga de llevar al mismísimo fundador de su ciudad, Diego Porcelos.
Como bien dice Rubén, ser Gigantón o Gigantillo no es tarea sencilla. «Hay que saber acompasar bien los movimientos». Cuestión de «técnica» y paciencia, «mucha más práctica que fuerza». Hay que entrenar, dejarse guiar por los veteranos y ponerle empeño. Solo así, advierte, «al cabo de los años le coges el truco y consigues que no se te vaya hacia delante o hacia atrás».
Se nota la influencia del maestro sobre el pupilo porque Pedro se maneja con soltura. Incluso con una temperatura de treinta y pico grados celebrando la Octava del Corpus mientras todo el mundo busca sombra como agua de mayo. Según confiesa, acabó dejando el fútbol por las dichosas lesiones, ya que «si de normal pesa (el Gigantón) y encima lo llevas con molestias, es más complicado».

Celebración de la Octava del Corpus en la Plaza Mayor.
«Aparte de lo familiar, me siento híper burgalés. Burgalés hasta la médula», proclama este joven porteador al que se le ponen «los pelos de punta» cada vez que escucha el himno de Rafael Calleja y Marciano Zurita. Para él, al igual que para su padre, «representar a la ciudad de esta manera es súper bonito». Y el abuelo Martín, que en paz descanse, seguro que se enorgullece de sus herederos.
El futuro no está escrito, desde luego, pero Pedro lo tiene claro. «Si Dios quiere y tengo un niño, me encantaría que lleve uno el día de mañana». Mientras tanto, los Bujedo siguen al pie del cañón dentro de esta «familia» que celebra cada encuentro. A fin de cuentas, como bien dice Rubén, «es como el primo de Cádiz al que no ves nunca» y al que tanto se echa en falta.