Caramelos Pinedo. El regusto dulce de la memoria
La familia Juez adquirió en 2009 las patentes de la afamada marca burgalesa y aún hoy mantiene un catálogo repleto de tesoros para el paladar como los Cuba Libre, las Violetas o los Menta Se Respira

José y Diego Juez, padre e hijo responsables de mantener en el mercado los caramelos Pinedo.
Un portón metálico junto al número 21 de la calle Cervantes esconde el tesoro. Da poca pista de custodiar algo más que lo que su cartel anuncia, sin secretos: frutos secos y caramelos. Pero estos últimos son algo más. Funcionan, de hecho, como píldoras de nostalgia que, al momento, activan la memoria de quien siquiera las mira o escucha la marca que las consagró. Porque Pinedo marcó la infancia de muchos que todavía se reconocen devotos de aquellos sabores. Quién no recuerda el bote de violetas que reposaba en la cómoda de la casa de los abuelos, las bolitas de anís que la matriarca guardaba siempre en el bolsillo, el alivio provocado por el Menta Se Respira o la impresión de revolución en el paladar que le produjo su primer Cuba-Libre.
Igual que perviven estos recuerdos lo hace el legado de Pinedo que se esconde tras el mencionado portón. Los Juez ejercen como custodios orgullosos, responsables sin remordimiento de surtir hoy a los fieles de tan dulce tradición.
José tuvo la culpa. Una combinación de romanticismo y buen ojo para los negocios lo llevó en 2009 a hacerse, junto a un compañero ya fallecido, con la famosa marca, a la que entregó sus primeros años laborales y de la que recibió algo más que un salario y formación práctica. En la fábrica de la calle Miranda, donde se elaboraban, además de caramelos, galletas, chocolates, bombones y pasteles, conoció a Juani González, la que hoy es su mujer y madre de Diego, el heredero de Comercial Juez, la firma propia que alumbró su padre tras curtirse en el sector para otros.
José ya no trabajaba en Pinedo cuando la compañía nacida en 1950 (tras un periodo previo de gestación en un despacho de la céntrica calle San Lorenzo y el auge alimentado por la obtención de una codiciada concesión de azúcar tras la guerra) daba el salto al polígono industrial de Villalonquéjar en 1992, ni mucho menos cuando la sociedad Defriva adquirió la fábrica para tirar la toalla en 2005 al no obtener los resultados esperados. Mantenía, sin embargo, ese regusto, un vínculo invisible con el lugar en el que dio sus primeros pasos profesionales, donde comenzó como repartidor con apenas 18 años y llegó a jefe de ventas, y en 2009 adquirió las marcas y patentes de la empresa ya extinta. Con cabeza y corazón tomó una decisión que, en la práctica, suponía rescatar ese patrimonio inmaterial que en la actualidad aprecian sobre todo los mayores de 40 -o más-, principales consumidores de su evocador catálogo: Menta Se Respira, Cuba Libre, Triácidos, Bolas de Anís, Moras, Violetas, Rocks, Malvavisco (muy apreciado en el País Vasco) y caramelos sin azúcar.
La intención era mantener el producto, que nada cambiara. Para ello, tocaba adaptarse a la realidad de un mercado particular, sitiado además por constantes cambios de normativas y exigencias crecientes. La primera medida fue externalizar la fabricación. Con la receta en propiedad bastaba. «La maquinaria es realmente cara, casi toda viene de Italia, y el proceso requiere unos conocimientos y unos materiales artesanales que están en extinción», explica José Juez, para detallar que apenas quedan ocho instalaciones en España dedicadas a esta labor y una o dos personas que dominen la elaboración de los moldes dobles de bronce que dan forma y vida al caramelo, hasta el punto de ser clave su ‘tallado’ manual para fabricar algunas referencias como las Violetas y las Moras.
Tampoco el cliente actual es el mismo que el que llevó en volandas a Pinedo durante la segunda mitad del siglo XX. Las gominolas ‘mandan’, ayudadas en gran medida por «la percepción errónea de que los caramelos son peores para la salud, cuando sus componentes son similares». Quedan, pues, reservados para el público talludo, gustoso además de lo artesanal. Porque solo así puede considerarse el proceso de dar forma a una bola de anís, capa a capa, a partir de un solo grano de azúcar, «para que conserve su forma hasta el final». Es ese factor diferencial la cara y la cruz de estos productos, algunos ya retirados por la imposibilidad de fabricarlos a un precio razonable dada la complejidad técnica. Ocurrió, cuenta Juez, con los rellenos de fruta: «Estaban hechos con ingredientes frescos. Se pelaban las calabazas y se cocían para hacer el cabello de ángel», rememora.
Una de las referencias estrella, sin duda, es el Cuba-Libre inventado por Pinedo, que pasó a posicionarse gracias a él como uno de los líderes de ventas del sector. Aún hoy se percibe la autenticidad de la receta: «Cuando alguien lo prueba, sabe que es algo único. Por mucho que intenten imitarlo, nuestra esencia cuesta 20 o 30 veces más que la que usan en las copias».
Y así ha de ser, sostiene la familia Juez, que ejerce un control estricto del proceso de fabricación de todos sus caramelos. Las firmas que los producen «deben respetar al 100% las elaboraciones originales, los ingredientes y los procesos» para que, aunque ya no sea Pinedo quien los da forma, su identidad, símbolo de resistencia, permanezca intacta.
Por ello batalla José y, aunque jubilado, siempre saca un rato para echar una mano a Diego, que recoge con gusto este testigo de su padre, más por rentabilidad emocional que por la económica, confiesa, que esa la asume el negocio de los aperitivos.
La encomienda, no obstante, es sugerente. Porque despertar la memoria de cientos es mucho más que dejar un buen sabor de boca.