El Correo de Burgos

Burgos es la segunda provincia de la región que más aporta al Domund

Se recogieron 180.823 euros que van a misiones como la de Carmen Manso salvando a niñas de ser vendidas en Benín o la parroquia de José María Rodríguez en Tailandia

Maite Domínguez (Delegada Domund) y los misioneros José María Rodríguez y Carmen Manso.

Maite Domínguez (Delegada Domund) y los misioneros José María Rodríguez y Carmen Manso.

Publicado por
Burgos

Creado:

Actualizado:

Desde 1922 cada penúltimo domingo del mes de octubre se celebra el Día del Domund. Burgos es la segunda provincia de Castilla y León que más aportó a esta colecta solidaria con los religiosos que dan su vida por arreglar el mundo allí donde se instalan. El año pasado Burgos aportó al Domund 180.823 euros, la segunda provincia tras Valladolid.

Estas donaciones se unen en una especie de hucha común. En Castilla y León se recaudaron 1,3 millones y en todo el país 9,6. «Las ayudas acaban en Roma, donde se deciden los proyectos a financiar, el año pasado 413 proyectos en 26 países», resumió la Delegada del Domund en Burgos, Maite Domínguez.

Un momento en el que los donativos de las parroquias van muy lejos. Acaban en Roma y desde ahí se destinan a las misiones repartidas por todo el mundo. Así, desde una parroquia de Burgos a Tailandia en Asia o a Benín en África. Allí los misioneros realizan su labor pastoral, pero también de auxilio y apoyo a la población local. Esa vocación de servicio que acompaña a los 456 misioneros burgaleses repartidos por el mundo es la que llevó a José María Rodríguez a Tailandia. Allí se quedó por 30 años en una pequeña parroquia en un país eminentemente budista. «Llegué a Tailandia en 1995, no lo conocía, no sabía ni donde estaba y ya llevo 30 años en un lugar donde la iglesia no se vive de la misma manera que en España». Explica que el 92% de la población es budista, solo un 2% católico. Allí se dedica a «ayudar a los pobres, a la oración, pero lo que me sorprenden positivamente es el diálogo interreligioso que allí se respira, en Tailandia es muy importante y en el pueblo hay una vocación de servicio por el bien común», remarca. Asegura que su labor como misionero no llegó de repente. «Vas dando pasos, no es algo inmediato, primero estás en un grupo de jóvenes, luego la catequesis, te apuntas al seminario cuando terminé me decanté por la pastoral gitana y luego me incorporé a las misiones... Con el tiempo entendí que ser misionero no es lo que hago, es lo que soy», sostiene.

Hasta Benín, el país donde se buscaban los esclavos en otros tiempos, se desplazó Carmen Manso en el año 1992. Ingresó como religiosa teatina de la Inmaculada Concepción. Siempre le tiró la misión, pero «como era maestra estuve dando clases y mi primera misión no fue hasta los 40 años». Recuerda cómo su llegada a Benín fue un baño de realidad. «Vivía en la Barcelona del año 1992, de los juegos, la luminosidad y me metí en un avión a Bruselas en un hotel que, en mi vida había visto tanto lujo, cuando llegué a Benin fue un golpe», recuerda.

Llegó para apoyar en el funcionamiento de un hospital, que hoy es referencia en toda la zona, y, después, acabó en una misión donde necesitaban monjas para ayudar a las mujeres y las niñas. Allí ser mujer es convertirte en moneda de cambio. «Visitábamos los pueblos para ver a los enfermos, hacíamos de enlace con el hospital, pero también veíamos y formábamos en tema de higiene, alimentación y si los niños iban a clase y como estaban las niñas, porque allí suelen cambiar las niñas como moneda de cambio», cuenta.

Así fue como pusieron en marcha una casa de acogida para niñas que huyen de ser vendidas por sus familias por dinero o por alcohol. «Ellas huían de sus casas y venían con nosotras donde se refugiaban, luego se extendió la voz y hemos llegado a tener a 150 chicas que hoy son mujeres con cargos y han podido hacer su vida», señala Manso.

Se han encargado de que aprendan un oficio o que estudien. Algunas dedican su vida a Dios. Hoy en día en la misión hay cinco hermanas africanas. «No queremos que se dediquen a la misión, buscamos que se busquen un oficio, que se formen, pero algunas deciden quedarse», explica. Ahora son 18 las niñas que atienden con el miedo a que, aun manteniéndose la tradición de utilizar a las hijas como moneda de cambio, estas buscan otra salida. «Ahora muchas van al norte, dicen que ganan dinero, nosotros preferimos que se formen para valerse por sí mismas y tener un futuro», lamenta.

tracking