"Pensaban que eran petardos, hasta que vieron la sangre. Entonces llegó el pánico"
El escenario del tiroteo que envió a un hombre herido grave al HUBU amanece con normalidad. Apenas unas manchas en el suelo dan fe de un suceso cuyo desenlace "podría haber sido peor", dada la afluencia de gente en la zona a la hora del suceso

Tiroteo en el bar Ni Contigo de Gamonal.
Una familia desayuna con calma. A su lado, una joven apura un café mientras consulta el móvil. Otra, recién llegada, pregunta a la camarera si tiene leche de avena. En el otro extremo de la barra, dos hombres ya jubilados hacen un alto en su paseo matinal para entrar en calor y leer la prensa. Laura atiende a todos con soltura y una sonrisa, al tiempo que habla por teléfono por el auricular sobre los pedidos pendientes. La escena es similar cada mañana, seguramente. Ayer, sin embargo, la jornada se prestaba, cada poco, a comentar lo sucedido allí mismo apenas unas horas antes, cuando la irrupción en el local de un hombre ensangrentado congelaba el trasiego habitual de la tarde de los jueves.
Una veintena de clientes se encontraban en el bar Ni Contigo al filo de las 20.30 horas. "Oyeron los tiros. Pensaban que eran petardos, hasta que entró el herido y vieron la sangre. Entonces sí comenzó a cundir el pánico. Él gritaba que llamaran a la policía y se metió hasta la cocina para esconderse", relata la camarera, que reconstruye lo sucedido a partir de la versión de su compañera Melisa, testigo directo que a causa del estrés del momento se encuentra ahora de baja laboral.
Laura no llegó a ver a la víctima del tiroteo y eso que, informada de lo ocurrido, se presentó con rapidez en el establecimiento. "Ya se lo habían llevado", indica, para estimar que la intervención policial en la zona culminó sobre las 22 horas. Fue entonces, recabados los testimonios de todos los presentes, cuando pudieron comenzar a limpiar el estropicio.
Los restos visibles se limitan ahora a la calle Vitoria, donde un evidente reguero de sangre muestra el recorrido efectuado por la víctima de los disparos desde el banco frente al portal 163 hasta el local en el que se refugió de su agresor. Acaparan estas gotas las miradas de los que pasean por allí conocedores del suceso, aunque también los hay que ni saben qué pasó y se inquietan al escuchar el relato de los que ya estaban al tanto. Julio es de los segundos. Se detiene y mueve la cabeza con desaprobación. Escuchó el frenesí de las sirenas de policía y ambulancias y supo que algo gordo había ocurrido, pero no le extrañó, afirma con pesar, porque de un tiempo a esta parte "hay por la zona mucha mafia", sentencia.
Apunta en su relato a algunos negocios del entorno de las llamadas Bernardillas, en las inmediaciones de la calle Francisco Grandmontagne y la plaza Roma, como epicentro de los problemas que detecta. Allí, asegura, se celebran fiestas nocturnas "a persiana cerrada" que culminan incluso a primera hora del día siguiente y derivan en "jaleo" por las calles aledañas. "Salen de allí borrachos y a voces", indica, para vincular esta circunstancia con el ajuste de cuentas que al parecer motivaba el tiroteo en plena vía principal de Gamonal.
Porque la dantesca escena que recogen varios vídeos que circulan en redes sociales tenía lugar en el paso de cebra más transitado del barrio, en una hora de intenso trasiego, con algunos comercios aún abiertos. El ubicado junto al 163 de la calle Vitoria, sin ir más lejos. Rubén, empleado, estaba en el almacén cuando sucedió todo. "Fue tan rápido que cuando me avisaron y salí ya no había nadie", comenta, para explicar, resignado, que "tarde o temprano iba a pasar algo así, lo ves en televisión todos los días en lugares distintos y tenía que llegar". Confía, eso sí, en que sea un hecho puntual y aislado.
Lo mismo exactamente espera Rocío, dependienta de otro negocio de la zona, todavía con el susto en el cuerpo pese a que no vio el incidente, pues habían cerrado unos minutos antes de que ocurriera. La noticia la llegó por la noche y lo primero que pensó es que fue una "suerte" que hubiera ninguna desgracia adicional. Empuñar y disparar un arma en una calle tan frecuentada y cerca de un bar que a esas horas suele estar lleno "es un peligro enorme", subraya, para celebrar que no haya que lamentar más víctimas entre los transeúntes.
A la misma conclusión llegan todos los que, cada poco y alertados por las mencionadas gotas de sangre del suelo, paran y comentan la jugada, sorprendidos. Prosiguen su camino todos tras la escueta charla y la normalidad regresa de nuevo al punto que la tarde anterior se tornó en escenario "casi de película", con estampida incluida tras asumir los presentes la situación. "Por lo que nos cuentan, fue tremendo", zanja Laura, antes de poner el siguiente café.