De la heroína a las adicciones digitales: 35 años de Proyecto Hombre en Burgos

Cuatro terapeutas contra la pandemia de la heroína y la desinformación dieron los primeros pasos de Proyecto Hombre en los 90. Hoy los usuarios presentan «un policonsumo, más adicciones sin sustancia y más brotes psicóticos». 67.683 personas han rehecho sus vidas con este apoyo.

El equipo de Proyecto Hombre tras la celebración de sus 35 años de actividad.

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Burgos

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Cuatro terapeutas, un pequeño despacho y un movimiento vecinal en contra. Así fueron los primeros días de actividad en Proyecto Hombre. Eran los tiempos en los que la heroína rompía familias y vidas. Eran muy jóvenes, con un gran deterioro físico, con VIH, viviendo en la calle…

«Este proyecto se pone en marcha precisamente para ayudar en medio de esa pandemia que dejaba a personas en una situación de crisis absoluta, familiares desesperados, delincuencia … Aquí se dio una respuesta inmediata, de calidad, haciéndose cargo de las personas y acabó poniéndose en valor», reconoce la directora de Proyecto Hombre, Marta González.

Los inicios no fueron fáciles. Arrancaron cuatro personas con el objetivo de ayudar a recuperarse a quien tomara la iniciativa de decir adiós a la adicción. En un edificio junto al actual, en una zona poco urbanizada y al lado de un colegio. Entre esos cuatro estaba la técnica de Intervención en Adicciones Puri Díez. Hoy sigue prestando atención a quienes toman la decisión de decir adiós a las adicciones y hola a una nueva vida, reconociéndose y aceptándose.

«La adicción, al final, es el síntoma de algo que le ocurre a las personas. Cuando lo descubren genera sufrimiento, pero también mucha liberación y se encuentran consigo mismos», explica.

Eso lo saben ellos. Lo sabe la sociedad de hoy, 35 años después. Pero a principios de los 90 no. «Había mucha desinformación, mucho miedo y lo sufrimos al principio», recuerda Díez.

El primer despacho de Proyecto Hombre amaneció más de una vez con pegamento en la cerradura para impedir que se pudiera abrir. Las concentraciones agresivas frente al edificio, las protestas vecinales que se acumulaban haciendo pasillo a los técnicos … «Fue duro», reconoce Puri Díez, emocionada. «Había gente a favor y otros en contra. Te hacían un pasillo por el que casi no podíamos pasar para entrar a trabajar…».

«Era el tiempo en el que se pensaba que se daban caramelos de heroína a la puerta de los colegios. Había mucha desinformación, mucho miedo que, con el tiempo, la gente ha visto que era una obra buena, un servicio que hacía falta en la sociedad y que esto era para hacer el bien», señala González.

Cuatro fueron los primeros chicos y el equipo. «Aparte de las protestas, teníamos mucha ilusión por empezar». Desde entonces, Proyecto Hombre ha atendido a 67.683 personas. en un proceso que ha cambiado con el tiempo.

Pronto se quedó pequeño

Al principio venían familias de fuera de la provincia, de otras ciudades, y se les acogía en un piso. Los usuarios hacían allí su terapia en solitario o con sus familiares. Aquello se quedó pequeño pronto. Abrieron otro. Una estancia para los usuarios que venían solos acabaría convirtiéndose, con el tiempo, en Proyecto Joven.

«Entonces había tres fases: acogida, comunidad y reinserción. Ahora solo tenemos comunidad y reinserción, además del tratamiento ambulatorio», explican. Todo ha cambiado para adaptarse a las personas más que ello al itinerario.

Las estancias también han cambiado. El proceso entonces podía llegar a durar tres años: nueve meses en la acogida, un año en la comunidad terapéutica y la fase final de reinserción en un piso, con la búsqueda de trabajo y el alta. Hoy el proceso se ha acortado a un año y sigue un patrón muy personalizado. Depende de cada situación y de cada contexto personal.

«Entonces las personas venían muy deterioradas, sin acompañamiento familiar, y el proceso de recuperación era mucho más rígido. Ahora nos adaptamos a la realidad de cada persona con un tratamiento más individualizado», explica la terapeuta.

Añade la directora de Proyecto Hombre que la actitud de las familias también ha cambiado. «La sociedad ha cambiado, las familias también. Antes veías a un chaval con familia, se picaba, se olvidaba de ellos, arruinaba a todo su entorno hasta que le convencían para venir al centro. Muchos pasaban… Ahora la gente viene más concienciada de la situación de su hijo, se llega antes a pedir ayuda y hacen lo que haya que hacer para encauzar su situación».

Policonsumos

Si antes la heroína era la adicción principal y se llegaba en un momento muy complicado y avanzado de la adicción, ahora el usuario toma conciencia antes de su situación, pero tiene muchos frentes abiertos. En cada caso hay más de una adicción presente.

De izquierda a derecha: Puri Díez, técnico de intervención en adicciones, Javier Serrano, voluntario en la comunidad terapeutica, y Marta González, directora de Proyecto Hombre.SANTI OTERO

«Antes la heroína era el motivo para venir aquí. Ahora nos encontramos mucho policonsumo. En mayores está muy presente la cocaína (45% de los ingresos del año pasado) y el alcohol mezclado con juego. En jóvenes, cannabis (69,04%) y adicciones sin sustancia, donde lo más común son problemas de conducta (46,15%) y la adicción a las Tecnologías de la Relación, la Información y la Comunicación (TRIC) (28,2%)», explica Marta González.

La ludopatía es más visible. «Antes se ocultaba y no llegaban, y ahora tenemos en comunidad terapéutica algún caso de adicción al juego que necesita separarse de su entorno».

Otra cosa que ha cambiado es el incremento de los brotes psicóticos. En la comunidad terapéutica se ha pasado de un 5% de usuarios con este factor psicológico, que determina el proceso de recuperación, al 30% hoy en día, y cada vez más jóvenes.

«En todo esto hay una parte biológica en la que todos podemos tener una predisposición, pero puede que nunca se den sucesos precipitantes que induzcan a un brote psicótico. En el caso de las sustancias, que condicionan nuestro sistema nervioso, se genera una mezcla perfecta que hace que lo que antes no pasaba ahora sí salga», concluyen.

Hoy en día las adicciones pueden ser con sustancia o sin sustancia y el acceso, especialmente a las segundas, se ha universalizado con las nuevas tecnologías. Esos sucesos precipitantes están más cerca. «Hay una tormenta perfecta para que todo se precipite», lamentan.

Comunidad terapeutica

La atención puede ser en régimen ambulatorio: se acude a consulta y terapia y se lleva el proceso desde casa; o en la comunidad terapéutica. Una casa en un pequeño pueblo de Burgos que se convierte en el descanso del guerrero que quiere enfrentar sus fantasmas.

Allí se comprometen a alejarse de las adicciones, aprenden a conocerse mejor y a desarrollarse en la vida sin la muleta de su adicción. Hay quienes necesitan aislarse de todo y de todos para volver a encontrarse. «En la comunidad terapéutica somos como una gran familia, funcionamos como una familia», reconoce Puri Díez.

Allí están los terapeutas, los usuarios y los voluntarios, una «pieza fundamental que está entre unos y otros y que, sin ellos, sería todo mucho más difícil», señala Marta González.

Entre ellos está Javier Serrano, que llegó hace diez años y valora «el esfuerzo que hacen por salir adelante. Es tremendo. Hay de todo, claro, pero estar allí es un reto para ellos y trabajan muchísimo», explica. Como otros tantos voluntarios, reconoce que «recibimos más de lo que damos: enseñanzas de vida». La casa se convierte en un sitio seguro para todos ellos. Un espacio para volver a encontrarse.

«Es un lugar donde encuentran seguridad, pero también tiene que haber normas. Ser firme en muchas cosas, pero también dar mucho afecto. Hay que combinar la estrategia de trabajo con la firmeza y el cariño porque el conflicto, como en todas las familias, se da y hay que gestionarlo», añade la gerente de Proyecto Hombre Burgos.

Conflictos por cualquier cosa porque «allí las emociones están a flor de piel. Están descubriendo qué ha pasado en su vida, cuál es el trauma que traen, porque las adicciones no vienen solas: son el síntoma de algo. Y cuando lo descubren, se dan cuenta de las cosas y aceptan su historia, es cuando están muy sensibles».

A día de hoy el tratamiento en el centro terapéutico suele ser de un año y cuentan con 32 plazas. Están completas casi siempre porque, si hay plazas libres, vienen usuarios de otros puntos del país. Hay provincias donde este servicio no se presta o solo se ofrece de lunes a viernes. Es costoso. En Madrid, por ejemplo, este tipo de atención puede tener un coste de 6.000 euros porque no es gratuita. Se optó por la atención ambulatoria.

En caso de necesitar aislamiento ante procesos de agotamiento personal, psicológico , físico y económico toca esperar. La demanda de esta atención, que en Burgos sostiene Fundación Candeal y sus patronos a través de Proyecto Hombre, es una salida para recuperar la vida.

La atención social está cambiando, los contratos públicos también. La situación de la Casa de Acogida a Víctimas de Violencia de Género, donde empresas de servicios entran en competencia con asociaciones que han desarrollado el proyecto y ganan, es una sombra que persigue al resto. Por el momento «la parte de financiación se mantiene, no cae y somos afortunados». De esta manera, el Ayuntamiento ha incrementado un 10% su aportación este año. También están la Diputación Provincial de Burgos, Cáritas y Maristas.

«Es un patronato fuerte y fue clave en su momento. Fue un soporte jurídico para abrir todo esto, que sirvió para demostrar hace 35 años que esto no era un grupo de iluminados que querían abrir algo, sino que había un apoyo detrás y una necesidad que entonces era absoluta».

La entidad cuenta con un presupuesto de 1,2 millones de euros para prestar el servicio y con 26 trabajadores especializados en recibir, acompañar y comprender a los usuarios, además de realizar labores de prevención. En total registraron 286 altas terapéuticas el año pasado.

La prevención de la adicción en jóvenes

El mejor resultado de 35 años de trabajo en adicciones y de adaptación a las nuevas caras que esta presenta se ve en la tendencia a la baja en la atención a adultos. Tras el pico de casi 1.030 adultos atendidos en 2022, se ha bajado a 769 en 2025.

«El Proyecto Joven es una labor de prevención de conductas de riesgo que acaben en adicción en el futuro y lo hemos visto en jóvenes a los que luego ves de mayores, ya adultos hechos y derechos, que te dicen emocionados que gracias porque en el peor momento de su vida supieron poner freno», señala Marta González.

En Proyecto Joven se han atendido en 2025 a 3.353 personas y sus familias. En total, 51.540 personas en 35 años de actividad. «Vienen por sus padres, preocupados porque ven conductas de riesgo, violencia en las relaciones… Si vas trabajando con ellos tienen un mensaje de autocrítica, de claridad sobre adónde pueden llevarles esas conductas y, de adultos, tienen las herramientas para poder evitarlas», defiende.

Los datos hablan por sí solos. Tres cada año pueden volver al centro tras haber acudido a las terapias de Proyecto Joven. «El reto es parar el proceso antes de que se agrave», remarca.

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Otra cosa es la atención a mujeres. «Tardan más en llegar. Sus problemas no son visibles, con problemas tremendos, con más estigma, más culpa, con menos ayuda social y con un tratamiento que se tiene que especializar en las circunstancias específicas de la mujer», señala González. El reto, en todos los casos, sigue siendo el mismo: ayudar a recomponer vidas.