Toda una vida endulzando paladares
Heredero de una tradición confitera con 65 años de historia en Burgos, Félix Dieste Vivanco mantiene vivo el legado familiar con sus trufas como santo y seña

Félix Dieste Vivanco junto a Luis Vicente, su hijo, con sendas bandejas de trufas y cerezas.
Poco antes de abrir su primera tienda, en la calle del Cid (hoy Cardenal Segura), los hermanos Dieste elaboraron unas palmeras. En aquel momento, Félix Dieste Vivanco descubrió «un mundo distinto» al que conocía. Al cabo de un tiempo, la familia abandonaría el transporte de pasajeros para dedicarse en exclusiva a la confitería. Y Félix, que por entonces era un crío, empezó a repartir paquetes según salía del colegio. A veces en bicicleta, alucinado al observar a dos chavales que hacían los portes «sin manos», y otras en autobús.
12 de febrero de 1961. Seis décadas y media, que se dice pronto, endulzando el paladar de miles de burgaleses y visitantes. El baúl de los recuerdos, repleto de alegrías y algún que otro sinsabor, encierra multitud anécdotas que merece la pena recordar. Desde la otrora calle del Cid y los establecimientos venideros hasta la bombonería que Dieste Vivanco abrió, por cuenta propia, en el número 6 de la calle de La Paloma a principios de los 90.
«He visto a un chileno comerse 18 trufas seguidas y salir llorando de la emoción. Decía que era la primera vez que las probaba y que seguramente sería la última», rememora antes de pasar a otra historia que le encogió el corazón. La de una mujer, «de luto riguroso», que entró en la tienda a por el producto estrella de la casa después de enterrar a su marido porque el hombre, según le contó, «solo había comido mis trufas durante sus últimos 15 días de vida».

Trufas de Félix Dieste Vivanco.
Resulta, por si todavía no ha quedado claro, que las trufas son el santo y seña de Dieste Vivanco. En su día, un delegado de Nestlé se personó en el negocio familiar para enseñarles cómo se hacían. En aquella época «solo había de nata y chocolate, nada más». A día de hoy, este veterano confitero burgalés elabora, junto a su hijo Luis Vicente, una decena de variedades. De orujo, mandarina, fantasía de café, limón, caramelo, menta, piñones.... Y una especial, a modo de «sorpresa», recién creada para conmemorar el 65 aniversario.
De las trufas de Félix Dieste Vivanco dio buena cuenta en su día la actriz Pepa Aniorte. «Me sonaba su voz, pero al principio no caí. Me pidió unas trufas y le pregunté si era la ‘Choni’ de Los Serrano. Me dijo que sí, estuvimos hablando y me pidió que saliese para darme un par de besos». A continuación, se hicieron una foto que luce estupendamente en el local. De hecho, de vez en cuando acude algún paisano de su tierra y al verla comentan: «¡Qué maravilla de mujer!».
Mucho más atrás en el tiempo, cuando el negocio familiar llevaba el nombre de El Cid, el escritor Álvaro de Laiglesia cató unos dulces de coco y después plasmó sus impresiones en La Codorniz. Según sus propias palabras, aquel postre era «locamente tan conocido como el Papamoscas». Por si fuera poco, quiso dejar claro que «no puede decirse que se conoce bien Burgos si no se ha visitado la Catedral, la Cartuja de Miraflores, la iglesia de San Nicolás o no se han probado los cocos de El Cid».

Reseña en 'La Codorniz' sobre la confitería El Cid.
Cómo olvidar, además, el Diploma de Honor concedido por el Ayuntamiento de Burgos a El Cid, el 4 de octubre de 1965, por su «destacada participación» tres meses antes en la primera Exposición de Arte Culinario. Otro galón que, sin duda, da fe del potencial gastronómico de la saga familiar.
Mucho ha cambiado el negocio desde la década de los 60 hasta la actualidad. La peatonalización de la calle de La Paloma no benefició precisamente a las pastelerías que antaño convivían en la zona. La mayoría bajaron la persiana porque «muchos clientes te llamaban para que les preparásemos los pedidos y recogerlos en coche». Por otro lado, los gustos del consumidor poco o nada tienen que ver con los de antes. «Antiguamente el pastel era mucho más pesado, pero hoy se tiende a hacer cosas más ligeras». Por eso, precisamente, «la trufa tiene tanto éxito». No es por nada, pero «suele ser más apetecible que comerte un tocho de bizcocho».
Aparte de las trufas, Dieste Vivanco también conquista a la clientela (dentro y fuera de Burgos) gracias a sus cerezas de Las Caderechas con chocolate y orujo. Lo corrobora Luis Vicente, tercera generación, formado como cocinero en la Escuela de Hostelería La Flora. Su idea, de entrada, era montar su «propia empresa». Un «bar gourmet, algo más exótico», aunque tampoco se lo pensó «dos veces» cuando vio la «oportunidad» de participar en el negocio. Ahora, su principal objetivo es «innovar con ciertas elaboraciones que no están todavía en auge». A través de su «marca personal», bautizada como Vintagulache, sueña con emular a algunos de sus referentes culinarios; desde Juan Mari Arzak y Martín Berasategui hasta Carlos Arguiñano.

Cerezas de Las Caderechas con chocolate y orujo.
Pasión por el motor
Cuando era niño, Dieste Vivanco no tenía pensado dedicarse a esto. Lo suyo era la gasolina. De ahí su intrínseca debilidad por los coches antiguos, afición que cultiva con mimo e incluso con fines solidarios en más de una ocasión.
Fue él, de hecho, quien organizó las dos primeras salidas del Club Burgalés de Vehículos Históricos para recaudar fondos a favor de la Asociación Española contra el Cáncer (AECC). No esperaba, ni de lejos, la gran acogida por parte del público. Tal fue la respuesta que, según confiesa, «nos sobrepasó». No en vano, la iniciativa se ha consolidado y el número de participantes no deja de aumentar año tras año.
A bordo de su Jaguar del 82 (clásico) o de su Buick del 39 (antiguo), acude a algún que otro evento. Menos que antes, pero con la pasión intacta. Y aunque no pudo dedicarse al mundo del motor, lo cierto es que puede enorgullecerse del prestigio adquirido a través de su postre por antonomasia. Al fin y al cabo, desde muy joven supo que la clave del éxito reside en «intentar hacerlo lo mejor posible». Dicho y hecho, hace ya mucho tiempo que la clientela dictó sentencia a su favor.