Estaciones vacías, trascendencia divina
De nuevo en Burgos, el pintor abulense Ricardo Sánchez aterriza en la sala Pedro Torrecilla de la Fundación Círculo con una exquisita selección de espacios desangelados y un homenaje al alegórico 'Pájaro solitario' de San Juan de la Cruz

Ricardo Sánchez, en la sala Pedro Torrecilla de la Fundación Círculo Burgos.
La obra de Ricardo Sánchez, no toda pero sí gran parte, nace de lo inhóspito. De aquellos lugares que, a simple vista, tienden a generar rechazo y temor. Una fábrica abandonada, cualquier edificio en ruina o la típica estación, de esas que tanto abundan en España, por la que jamás circularán más trenes. Espacios desangelados que el pintor abulense transforma, sin renunciar a su ímpetu realista, hasta dotarlos de «una belleza que a menudo pasa desapercibida».
De esta célebre serie ferroviaria se pueden extraer múltiples conclusiones. Y qué mejor manera de hacerlo que en persona, de cerca, gracias a la exposición que se inaugura este viernes en la sala Pedro Torrecilla de la Fundación Círculo Burgos. Abierta al público hasta el 21 de junio, se organizarán visitas guiadas y un concierto multiinstrumental, el sábado 30 de mayo, a cargo de Diego Varona.
El recorrido que plantea Sánchez en esta muestra bien podría definirse como «la poética del viajero como metáfora del paso del tiempo, de la espera y de la ausencia». Así lo estima la directora general de la Fundación Círculo, Laura Sebastián, consciente del reto que el creador se marca y logra con creces: «emocionar antes que describir».
Mucho, y estupendamente bien, se ha escrito de este cronista del paisaje gris con alma incandescente. El poeta José Hierro, rendido a su obra, dijo de él que «contempla las estaciones como ruinas que desencadenan la melancolía». Frente al «dinamismo» que tanto ansiaban los impresionistas, «nada importa que sea la electricidad lo que mueve estos trenes; ni que los vagones sean del más moderno diseño». Al fin y al cabo, «todo está en estos lugares en silencio».
El propio Sánchez, presente en la víspera de la inauguración de la muestra en Burgos, lo expresaba con el rigor y la humilde serenidad que arroja su legado. «He sacrificado al ser humano dentro de la obra por el ser humano espectador». No hace falta explicar mucho más. Lo conveniente es que cada cual observe, analice y se deje llevar por la «belleza inhabitada» de esos espacios, lúgubres en apariencia, donde la «soledad, la luz y el vacío» convergen con lo divino desde lo terrenal.
Dentro de la exposición, que suma un total de 76 obras fielmente representativas de su trayectoria artística y vital, también emerge el mismísimo San Juan de la Cruz. A través de la serie Pájaro solitario, curioso a la par que magnífico contrapunto al resto de la propuesta, el pintor abulense no solo evoca la metafórica búsqueda de Dios a través de la naturaleza. Del mismo modo, celebra con júbilo la amistad de sus años mozos con infinidad de poetas que le descubrieron, para su sorpresa y fascinación, los místicos versos de su paisano más universal.
«Mi poesía son los pájaros que dibujo, con eso me conformo». También sus estaciones, puro simbolismo de quien penetra en la psique del mundo material para extrapolarla a un plano metafísico. No es de extrañar, por tanto, que Pepe Carazo compare a Ricardo Sánchez con San Agustín al señalar que «nos informa de los tres niveles necesarios para el desarrollo del hombre: manual, intelectual y espiritual».