El Curpillos, en imágenes. La tradición mantiene el pulso
Cientos de burgaleses arroparon la fiesta solemne en su punto álgido. La procesión que reúne a autoridades civiles, religiosas y militares y exhibe el pendón de la batalla de las Navas de Tolosa por el barrio de Huelgas conserva su atractivo pese a la lejanía de la jira

El general jefe de la División San Marcial del Ejército de Tierra en Burgos, Mariano Arrazola, porta la réplica del pendón de la batalla de las Navas de Tolosa. Junto a él, la nueva gerente de Patrimonio Nacional, Ana María Robles .
Repican las campanas. El sol luce, sin estragos gracias a ese viento fresco tan propio. Huele a incienso. Y el barrio de Huelgas, ese que mira al insigne monasterio que lo alumbró, palpita. Es su día y ni las circunstancias logran impedirlo. Lo limitan, sin duda, pero nada más. Mantiene, pues, el pulso el Curpillos solemne lejos de la jira festiva acampada en La Quinta. De reanimarlo se encargaron un año más, y van tres, de momento, los fieles del evento, que son legión, y algún novato (incluso forastero) atraído por la singularidad de una cita en la que solo el marco ya vale un potosí. Porque incomparable (como demuestran las imágenes, tan tradicionales como el acto en sí) es el regio cenobio en el que sucede esta Fiesta de Interés Turístico Regional.
Suenan las campanas. Y el Himno a España. El reloj marca las doce y media y cientos de personas abrigan la procesión, encaramados a los bordillos de la calle Alfonso VIII. Por la calzada discurre una comitiva que lideran, gallardos, Gigantones y Gigantillos, tetines y danzantes. Tras ellos, la Cruz Alzada y los estandartes: el de la Virgen del Rosario de la propia abadía de las Huelgas y el de la vecina cofradía de San Antonio Abad. Los grupos de adoración nocturna y perpetua, también con sus banderas, daban paso a la réplica del pendón de la batalla de las Navas de Tolosa, en manos del general jefe de la División San Marcial del Ejército de Tierra en Burgos, Mariano Arrazola, junto a la nueva gerente de Patrimonio Nacional, propietaria del recinto, Ana María Robles. La pieza recuerda, de hecho, el verdadero origen de la festividad con más acervo del calendario burgalés, vinculada a la victoria en la citada contienda, de la que Alfonso VIII, precisamente, se trajo el tapiz almohade que mejor se conserva en la actualidad.
Tañen las campanas y un aplauso recibe al séquito. Reina el gozo, como debe ser en el Corpus Chico. El arzobispo emérito Fidel Herráez porta al Santísimo bajo palio. Diputados nacionales, provinciales, concejales, los representantes de la Junta de Castilla y León y el Gobierno de España, Roberto Saiz y Pedro de la Fuente, el presidente de la Diputación, Borja Suárez, un buen puñado de sacerdotes y una docena de niños y niñas de Primera Comunión en compañía de sus padres nutren un desfile que remata la alcaldesa de la ciudad, Cristina Ayala, de sobrio atuendo, como manda un protocolo del que, con mayor o menor fortuna, nadie se desmarca. Las más osadas elegían tacones y añadían emoción a la experiencia. "A ver si así, sufriéndolo en sus carnes, alguien se da cuenta de la falta que hace arreglar esta calle", deseaban Leonor y Gabriel, matrimonio residente en el barrio, hartos de lidiar con un empedrado que se desmorona. Señalaban como claro ejemplo (lo más indecoroso de la jornada, sin duda) los socavones de la calzada.
Volteaban incluso las campanas un par de horas antes para llamar a filas, cuando aún ni siquiera se había cortado el tráfico de la vía que en el momento álgido concentra el ir y venir de la procesión, hasta la parroquia de San Antonio y vuelta por el Compás de Adentro. Lejos queda en ese momento el bullir de antaño, con las parrillas calentando ya a escasos metros. La efervescencia se circunscribe ahora al momento culmen, tras una misa siempre con el aforo completo, eso sí, en la que Herráez anunció que el titular de la plaza, Mario Iceta "ha recuperado su salud" y que, tras un breve periodo más de convalecencia (después de meses apartado de la primera fila por enfermedad), "retomará su actividad pastoral".
Enmudecían en ese punto las campanas. Mientras en la calle sonaba el Guri Guri y el grupo de danzas de Mari Ángeles Saiz amenizaba la espera a quienes ya se apostaban junto al recorrido del posterior cortejo, el prelado burgalés defendía la eucaristía como "verdadera señal subversiva" en una sociedad marcada por "el individualismo, la competencia y el querer triunfar por encima de todo y de todos" y reivindicaba "la sabiduría de la solidaridad y de la común unión". "No basta la fiesta. Celebrar y adorar exige traducir la fe en compromiso concreto, servicio y atención a quienes más lo necesitan", apostilló.
No tardaron en volver a rasgar el aire las campanas, permanente banda sonora jubilosa que daba paso, al filo de la una y media, al colofón de siempre, renovado para la ocasión. Y es que el Compás de Afuera se convertía por primera vez en escenario de la despedida del general Arrazola (agradecido por el "honor de formar parte de una tradición tan ancestral") a la tropa presente, que recorría después las inmediaciones ya casi desiertas a ritmo de marcha militar. Concentrar en el recinto a los devotos que aguantaron hasta el final era, de hecho, el objetivo del cambio de guion, punto y seguido de un Curpillos que sigue latiendo.

La misa del Curpillos se celebró en la iglesia del monasterio de las Huelgas.
El Curpillos mantiene el pulso

Mientras Fidel Herráez daba la misa, el grupo de danzas de Mari Ángeles Saiz amenizaba a los pocos que llegaron con antelación para ubicarse en primera fila. Nada que ver con el bullicio de antaño a primera hora.
El Curpillos mantiene el pulso

Sacerdotes burgaleses durante la procesión.
El Curpillos mantiene el pulso

Un momento de la procesión del Curpillos por el barrio de Huelgas.
El Curpillos mantiene el pulso

La procesión, a su llegada a la parroquia de San Antonio Abad.
El Curpillos mantiene el pulso

Detalle de Herráez con el Santísimo.
El Curpillos mantiene el pulso

Los danzantes contagian de su alegría al barrio, engalanado para la ocasión.
El Curpillos mantiene el pulso

El sol apretó lo justo y permitió disfrutar del tradicional evento.
El Curpillos mantiene el pulso

Parecía que no pero finalmente las aceras de la calle Alfonso VIII se llenaron de fieles del Curpillos.
El Curpillos mantiene el pulso

Los espectadores no perdían detalle, más de uno móvil en mano para retratar la réplica del pendón de la batalla de las Navas de Tolosa.
El Curpillos mantiene el pulso

Mayores y pequeños, el fervor por el Curpillos se transmite de generación en generación.
El Curpillos mantiene el pulso

Parada de la procesión ante las religiosas de las Huelgas.
El Curpillos mantiene el pulso

El cenobio se erige año tras año en marco de excepción de la fiesta.
El Curpillos mantiene el pulso

Los hubo que aguantaron varias horas para asistir a la cita completa.
El Curpillos mantiene el pulso

Alfonso VIII, que da nombre a la calle, se trajo de la batalla de las Navas de Tolosa el tapiz almohade cuya réplica se exhibe en el Curpillos.
El Curpillos mantiene el pulso

Aquí ya se acercaba el momento culmen, y la afluencia crecía.
El Curpillos mantiene el pulso

Grupo de espectadores 'tempraneros' recompensados con primera fila y sombra.
El Curpillos mantiene el pulso

La sorpresa de la jornada fue la ubicación de la despedida del general a la tropa. Esta vez tuvo lugar en el Compás de Afuera, para concentrar al público, que ya a última hora era escaso.