El Correo de Burgos

El hombre que asesinó a su suegro en Aranda dice no recordar nada: «Pedí disculpas por lo que leí en los periódicos»

La defensa de Javier Lázaro Hernando se escuda en un «trastorno mental» agravado por una «intoxicación terrorífica de cocaína» para argumentar que no era consciente de sus actos. Los hijos de la víctima aseguran que la familia tiene «miedo» de que salga de prisión

Javier Lázaro, en la primera sesión del juicio por asesinar a su suegro en Aranda de Duero.

Javier Lázaro, en la primera sesión del juicio por asesinar a su suegro en Aranda de Duero.SANTI OTERO

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«Para mí, la lógica no existía». En esta frase se fundamenta la versión de Javier Lázaro Hernando sobre lo ocurrido antes, durante y después de asesinar a su suegro, Valentín López Saiz, asestándole una docena de puñaladas con dos cuchillos diferentes en Aranda de Duero el 3 de octubre de 2024. Hierático en el banquillo de los acusados durante la primera sesión del juicio celebrado este martes en la Audiencia Provincial de Burgos, ha asegurado en todo momento que no recuerda «nada» de lo sucedido salvo el «calambrazo» de una pistola Táser cuando la Policía Nacional le arrestó, al día siguiente, en las inmediaciones de Carabias (Segovia). 

El acusado, que se enfrenta a más de 30 años de cárcel (21 por asesinato), insistió a preguntas del Ministerio Fiscal que no se acuerda «bien de las cosas» porque en aquella época mantenía una exacerbada adicción a la cocaína. Hablando lento, con ciertos dejes de somnolencia, subrayó que «ese verano todo son lagunas», inclusive cuando fue ingresado en el área de Psiquiatría del Hospital Universitario de Burgos (HUBU), donde permaneció casi una semana, tras sufrir un brote psicótico. Ya fuera, pidió prestados 3.000 euros a su esposa y a su hermano para pagar una presunta deuda con un camello y se hizo con «100 gramos».

«Estaba intentando destruirme», deslizaría a continuación refiriéndose a la ruptura con su expareja, quien abandonó el domicilio que ambos compartían en la capital ribereña junto a su hija de 11 años para trasladarse a la vivienda de sus padres. Sin embargo, Lázaro Hernando aceleraría posteriormente su capacidad de oratoria por momentos, llegando incluso a mantener cierta disputa verbal con el abogado de la acusación particular. Sobre todo cuando éste se interesó por sus supuestos celos. La respuesta -«¿Qué me estás contando?»-, a modo de réplica, le valdría el reproche de la magistrada María Dolores Fresco. 

Variando el tono en función de las preguntas planteadas por las partes, el encausado insistió una y otra vez en que por aquella época tomaba una medicación que le dejaba «doblado» y que a día de hoy, aunque lleve dos años sin consumir drogas y se encuentre «de maravilla», muchas veces «no sé ni de lo que estoy hablando». 

Pese a reconocer que el asesinato de Valentín fue una «barbaridad de tamaño monstruoso», la defensa también incidió en que no era consciente de lo que estaba haciendo debido al «cóctel explosivo» provocado por una «intoxicación terrorífica de cocaína» y la medicación recetada tras el brote. Según su letrado, actuó como «un animal herido cargado de adrenalina» cuya huida, carente de planificación a su entender, se produjo «en estampida». Su objetivo, por lo tanto, es rebajar la pena sin pasar por alto que «atenuarle de una responsabilidad no es irse de rositas». 

Aparte de remarcar que su representado era «una persona normal hasta que empieza a consumir droga como un imbécil» y que su «psicosis» se vio «agudizada por una patología previa», la defensa pretende rebajar su condena amparándose en el «arrepentimiento» y la «reparación del daño» mediante la venta de activos y la solicitud de una «invalidez total» que le permita percibir la pensión por incapacidad laboral que antaño percibía para ponerla «a disposición de las víctimas». 

Precisamente, Lázaro Hernando remitió una carta dirigida a los hermanos de su exmujer. La envió al domicilio en el que ella reside junto a su madre, María Pilar Simón, pese a la prohibición de comunicarse con quien fuese su pareja durante 20 años. Según los hijos de la víctima, el acusado sabía de sobra que ninguno de los dos vivía allí por mucho que él lo negase en el juicio. 

En dicha misiva, que uno de los hermanos leyó una única vez ante el resto de la familia, el asesino de Valentín decía sentirse arrepentido. De acuerdo a su relato ante la Audiencia, con el fin de sustentar su amnesia de principio a fin, «pedí disculpas por lo que leí en los periódicos». 

Tampoco recuerda el acusado haber enviado un audio a Valentín el día de los hechos indicando «mira lo buena que es tu hija», con gemidos, ni un vídeo sexual a su propio hermano. «Yo estaba en casa siempre», adujo tras manifestar que su exesposa «siempre ha hecho lo que ha querido» y limitándose a esgrimir, en relación a las preguntas de la Fiscalía, que «solo me falta darme de cabezazos». 

«Mala persona» y «celoso compulsivo»

Ni el Ministerio Público ni la acusación particular compran la tesis de que Lázaro Hernando sufrió un brote o trastorno que le nubló la razón. Para el abogado de la familia de Valentín, el acusado era una «mala persona» que ejercía una «esfera de control absoluto» sobre su pareja hasta que ella dijo basta. «No la dejaba salir y si un amigo le daba un beso en la mejilla se volvía loco», apuntó el letrado tratando de describir a un «celoso compulsivo» capaz de lograr que su mujer sufriese el «síndrome de la luna de miel» al creer que sería capaz de «curar a su maltratador». 

En relación al ingreso hospitalario de finales de julio, la acusación hizo hincapié en que permaneció «tres días seguidos sin dormir» por la ingesta de elevadas dosis de cocaína. De hecho, «cuando le dan el alta no consta que tuviera un brote por enfermedad mental sino por un consumo de drogas excesivo y fulminante». 

Al margen de aquel episodio, el abogado de la familia López da por sentado que Lázaro Hernando lanzaba «cebos» a su exmujer para que fuera a verle. Y eso es lo que hizo el 3 de octubre de 2024 bajo el pretexto de entregarle una carta certificada. Al ver que no respondía a sus llamadas, se personó en el domicilio de Valentín y María Pilar. Por aquel entonces, «tenía perfectamente premeditado lo que quería hacer». 

Tal fue la insistencia del acusado que su otrora esposa fue a buscarle, pero cambió de opinión al verle acechando su vehículo. Media hora más tarde, Valentín recibió el citado audio y al cabo de un rato su hija entregó a Lázaro Hernando una tarjeta SIM con unas pinzas largas a través de un ventanuco al temer por su integridad física. Después, Valentín salió de casa, se encontró con quien fuera su yerno y ambos se dirigieron a la casa él. Una escena, a priori carente de peligro, que María Pilar observó desde la terraza. 

Una vez cometido el asesinato, el acusado robó el móvil y las llaves a Valentín dejando un cuchillo clavado sobre su espalda. Con otra arma blanca escondida en la manga, accedió al domicilio de sus suegros. Allí, según la acusación, se topó con una mujer «combativa» que descubrió que portaba un objeto cortante. No en vano, lo «más importante» era hacerse con el teléfono de su expareja para eliminar «pruebas que le incriminaran aún más». 

Ya de madrugada, mientras la Policía le pisaba los talones, Lázaro Hernando formateó el teléfono de su ex y creó una cuenta de correo con su nombre y el calificativo de «puta». A juicio de la Fiscalía y de la acusación particular, una persona que no está en sus cabales no sería capaz de llevar a cabo tal acción, menos aún en plena huida. 

Otro aspecto sobre el que las acusaciones pusieron el foco es la «destreza» que demostró el encausado cuando era perseguido por la Policía. Desde ese punto de vista, la «gran sangre fría» de la que hizo gala robando el móvil y las llaves de su víctima se replicó al sustraer un vehículo de la empresa en la que trabajaba para dirigirse a Carabias, pueblo natal de su madre. Asimismo, tampoco tuvo reparos en embestir un vehículo policial, lesionando a dos agentes, ni manifestar en el momento de su detención -tal y como puntualizó el abogado de la familia López- que «era yo o vosotros». La defensa, en cambio, asevera que lo único que dijo su cliente a los policías fue si le buscaban «por lo de la droga». 

«La niña lo presenció todo»

Con un biombo para no ver la cara del asesino de su marido, María Pilar Simón relató ante la jueza que la relación con Lázaro Hernando siempre fue «normal», al menos de cara a la galería, hasta que su hija descubrió que consumía cocaína de manera compulsiva y decidió cortar la relación porque «vio que no se iba a curar». A partir de ese momento, su nieta tenía «miedo». Valentín, sin embargo, nunca lo tuvo y por eso no dudó en acompañarle hasta su domicilio el día de los hechos. 

Cuando el acusado abrió la puerta de la vivienda familiar tras haber matado a Valentín, abuela, madre y nieta se pusieron «muy nerviosas». «La niña lo presenció todo», apostillaba María Pilar tras afirmar que «quiso esconderse y fue a por ella». Acto seguido, empujó y golpeó a su exmujer antes de tirar un vaso. 

Los hijos de Valentín nunca imaginaron que su cuñado se drogaba. Tampoco que fuese alguien celoso y controlador, de lo cual se enteraron a raíz de lo ocurrido por boca de su hermana. Según Ricardo López, «desde el primer día» se comportó como una persona «seria, callada y distante». Por otro lado, no le cabe duda de que envió la carta aposta al domicilio de María Pilar porque «tenía intención de que nos llegase a todos». En el texto, según rememoró, «decía que ojalá estuviese él muerto y no nuestro padre». 

Exactamente lo mismo piensa el otro hermano, Óscar,  convencido de que pretendía «hacernos daño y decir 'yo también estoy aquí'». Jamás percibió «ningún atisbo de violencia» en quien fuese su cuñado, aunque más tarde supo, a tenor de lo que le contó su hermana, que ejercía una «manipulación constante» mientras ella intentó ayudarle «hasta el último momento». 

«Mi familia tiene miedo a que salga. Es jodido, pero la que tiene más miedo es su hija». Así remataba Ricardo López su testimonio, una vez respondidas las preguntas de las partes, minutos después de manifestar que su padre, en última instancia, era el que «mejor se llevaba  con él de la familia». 

Previamente, Lázaro Hernando culminaba su declaración con un amago de llanto que no llegaría a ser tal aduciendo que «he perdido todo lo que tenía: una mujer y una hija maravillosa». De ahí su intención, según trasladó en sede judicial, de «intentar remediar lo que he hecho como pueda». 

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