La maleza sepulta de nuevo San Román tras un lustro sin trabajo sobre el terreno
Quince años después de que comenzaran las investigaciones para localizarla, la excavación de la iglesia ubicada en la ladera del Castillo sigue paralizada, pese a la exitosa campaña de 2021. La arqueóloga Fabiola Monzón defiende retomar su puesta en valor, dado el interés histórico del enclave y su potencial como hito turístico

Tras esta valla y bajo la frondosa vegetación se oculta ahora la excavación de la iglesia de San Román.
Apenas un vallado, eclipsado por la vegetación, da pie a sospechar que algo se oculta en ese punto concreto de la subida al Castillo. Quizá los autóctonos, y solo quizá, recuerden lo que allí late, sepultado una vez más, en esta ocasión por la obstinada maleza, antaño por toneladas de tierra. Tan solo una pista sucinta queda de lo que hace unos años era el emblema de una ciudad empeñada en recuperar otro fragmento de su rico pasado. Así al menos se ‘vendió’ en 2011 la apuesta por localizar, sacar a la luz, investigar y poner en valor la oculta iglesia de San Román. La excusa entonces fue su vínculo con la destrucción de la vecina fortaleza durante la Guerra de la Independencia. Se aproximaba el bicentenario de la contienda y la ocasión se prestaba a invertir en la iniciativa. Nacía así un propósito sin materializar quince años después, pese a los miles de euros invertidos en sondeos previos, campañas de excavación y estudio de materiales.
La cuantía exacta enterrada por la falta de continuidad del necesario respaldo municipal es difícil de concretar. La hemeroteca recoge varios presupuestos y contratos puntuales que, en suma, superarían los 85.000 euros: 12.000 euros anunciados por el Ayuntamiento en 2011 para las primeras catas; 60.000 euros presupuestados para los trabajos desarrollados entre octubre de 2014 y marzo de 2015, que incluyeron tres sondeos; y 14.883 euros correspondientes al contrato municipal de 2024 para la gestión y estudio del material recuperado, a los que habría que añadir la mano de obra proporcionada por distintos planes de empleo de la Junta de Castilla y León. Su desaparición, de hecho, cortó de raíz la actividad sobre el terreno. A finales de 2021 culminaba la tercera y última hasta el momento campaña de excavaciones. Desde entonces, solo las desbrozadoras han vuelto a recorrer este punto en un par de ocasiones.
Y no por falta de frutos. El dinero invertido daba lugar a hallazgos de calado, incluso inesperados. Las primeras campañas cumplieron el propósito inicial y permitieron localizar con precisión la iglesia y empezar a reconstruir la planta y la evolución de un templo cuyos orígenes se remontan al siglo XI. En 2015 aparecieron muros de gran potencia, pilares, elementos de las fases góticas y restos relacionados con la destrucción de 1812. Sobre las ruinas se identificó además un terraplén defensivo levantado durante la ocupación francesa, una huella física de la Guerra de la Independencia que ayudó a explicar la relación entre el templo y el episodio bélico que había impulsado inicialmente la investigación, de la mano de Foro para el Estudio de la Historia Militar de España.
La campaña de 2021 elevó las expectativas. La excavación sacó a la luz la capilla de San Andrés, vinculada a la familia Quintanadueñas, y una cripta cuya existencia se desconocía. Aparecieron además más de medio centenar de estructuras funerarias y un muro de unos 2,60 metros de espesor. Lo que comenzó como búsqueda de una iglesia desaparecida revelaba ya un edificio de notable entidad y un espacio funerario, pero, sobre todo, nuevas preguntas por responder.
¿Dónde está exactamente la cabecera de San Román? He ahí la incógnita principal, que no la única. ¿Qué queda por descubrir en la capilla de los Quintanadueñas? ¿Cuál era la planta completa del templo? ¿Qué relación existe entre las diferentes fases constructivas? ¿Quiénes están enterrados en esos espacios funerarios y cómo se utilizaron? Resolver estas y otras cuestiones arrojaría luz sobre la dimensión real de este inmueble perdido, así como de sus vínculos con la sociedad burgalesa de su tiempo.
Ansía atar esos cabos sueltos Fabiola Monzón, la arqueóloga responsable de las excavaciones y el posterior estudio del material recuperado, que tiene clara la necesidad de reactivar los trabajos y pensados los siguientes pasos a dar en el caso de que el Ayuntamiento recoja el guante. Sobre lo primero no alberga dudas. De hecho, asegura que hace aproximadamente un año llegó a existir una previsión para retomar la actividad, acompañada de un presupuesto estimado que debía incorporarse a las cuentas municipales. La iniciativa, sin embargo, no pasó de esa fase.
La idea que se manejaba entonces, según relata la arqueóloga, era compatibilizar la finalización de la excavación pendiente con la apertura del enclave al público. El movimiento inicial pasaría por ampliar el vallado actual. Es necesario, explica, «para poder acceder a la capilla de los Quintanadueñas, continuar la excavación e intentar localizar la cabecera del templo». Tocaría después abordar la consolidación de los restos y su puesta en valor, cada vez más lejos dado el abandono.
Al hilo, Monzón lamenta que la interrupción de las excavaciones haya ido acompañada de una pérdida de visibilidad de un yacimiento que ni siquiera puede reconocerse hoy desde el exterior. De quedarse así, «se habrá perdido tiempo y dinero, y una gran oportunidad», resume. Y es que para ella el valor de San Román trasciende la propia investigación arqueológica. La iniciativa de rescatar esta iglesia nació «como un elemento de conexión entre la ciudad y el Castillo y permite contar varios momentos de la historia de Burgos, desde sus orígenes medievales y las transformaciones posteriores hasta el asedio y la destrucción vinculados a la Guerra de la Independencia», recuerda, para subrayar que la capital burgalesa carece de yacimientos que permitan compartir ese pasado con el público.
Sostiene, además, que la reciente rehabilitación de la fortaleza hace que recuperar San Román tenga todavía más sentido. Propone para ello, de entrada, instalar una pasarela que permita contemplar la excavación desde arriba, dada la difícil accesibilidad del enclave, solo visible ahora desde una carretera en uso, la que enlaza la calle Fernán González con el propio Castillo. En paralelo, habría que «estudiar una solución que permita proteger el lugar y convertirlo en un recurso visitable», tal y como se contempló allá por 2020. Llegó incluso a comprobarse su valía en este sentido. Durante la campaña de 2021, el Ayuntamiento puso en marcha el programa educativo ‘Wellington ataca’, que permitió a distintos centros escolares visitar el enclave, conocer los resultados de la excavación y observar sobre el terreno cómo se desarrolla una intervención arqueológica. La idea «fue todo un éxito», explica Monzón, y mostró que el yacimiento podía convertirse también en un espacio de divulgación.
Mientras llega el momento, los restos recuperados descansan catalogados en el Museo de Burgos, que hace una década mostró como pieza relevante la clave de nervadura gótica policromada encontrada en la fructífera campaña de 2015. Se presentaba así en sociedad un destello de un tesoro escondido en las entrañas de la ciudad antigua, a las que, si quien puede no lo impide, se vuelve a encaminar.

De sepultar el único cartel que ubica el yacimiento se han encargado los vándalos.
La iglesia de San Román languidece bajo la vegetación.

El entonces alcalde, Javier Lacalle, y el responsable del IMC, Fernando Gómez, en el encuentro con José María Espinosa de los Montero, presidente del Foro para el Estudio de la Historia Militar de España.
La colaboración con la que en 2011 nació un propósito.

El concejal de Cultura, Fernando Gómez, y el alcalde, Javier Lacalle, atienden a las explicaciones de la arqueóloga Fabiola Monzón en la presentación de los resultados de la primera campaña de excavaciones.
Una campaña inicial prometedora.

Fabiola Monzón muestra parte de los descubrimientos a Fernando Gómez en agosto de 2015.
El terraplén defensivo francés, y más.

Corría 2020, el concejal de Turismo de aquel momento, Levi Moreno, y la arqueóloga Fabiola Monzón recorrían la zona de excavaciones de la iglesia de San Román.
Tras la pandemia, arranca una nueva fase con ganas de aprovechar el tirón turístico.

En 2021, con otra edil al mando, Rosario Pérez Pardo, Monzón muestra los nichos hallados.
Últimos hallazgos, nuevos interrogantes y visitas escolares.

Vista actual del punto exacto que se observa en las anteriores imágenes de archivo.